Por qué ocurren los desastres naturales
¿Un castigo de Dios?
Padre Jorge Humberto Peláez S.J
Director general de la Congregación Mariana
Si alguna vez te has preguntado por qué ocurren tragedias desgarradoras en un mundo creado por un Dios amoroso, no estás solo. Descubre nuestro verdadero papel ante las crisis.
Amigas y amigos, durante los últimos meses nos hemos sentido profundamente afectados por los desastres naturales: los terremotos de Colombia y Venezuela, la avalancha de Nepal, el intenso fenómeno de El Niño, todo esto con su secuela de muerte, destrucción y pobreza.
¿Es el sufrimiento un castigo divino?
Ante tanto dolor, muchas personas se preguntan: ¿Cómo Dios, en su infinita misericordia, permite estos desastres? ¿Será que Dios nos castiga por nuestros pecados? Estas preguntas son absolutamente legítimas. Pero no caigamos en la trampa de las respuestas fáciles.
Muchas personas desearían un Dios intervencionista y controlador que esté monitoreando continuamente los volcanes o regulando el régimen de lluvias para que no haya inundaciones y sequías o impidiendo que el adolescente consuma sustancias nocivas para la salud.
El mito del Dios controlador e intervencionista
Ese Dios intervencionista y controlador no existe. Dios creó a los seres humanos con una libertad. Y esa libertad puede tomar las decisiones más nobles o las más crueles. Dios respeta la libertad humana y permite que vayamos aprendiendo por ensayo y error.
Dios, en su infinita sabiduría, creó el universo que apenas estamos empezando a conocer. Y este universo está regido por unas leyes físicas que siguen su curso.
Cambio climático y la verdadera responsabilidad humana
Ahora bien, estos desastres naturales que tanta impresión nos causan, deben llevarnos a un profundo examen de conciencia. Empecemos por el cambio climático, que muchas personas no toman en serio a pesar de las aterradoras consecuencias que conlleva. Este no es culpa de Dios, sino de nuestra irresponsabilidad en la explotación de los recursos naturales.
Muchas de las víctimas pertenecen a los segmentos más pobres de la población y por eso han construido sus viviendas en terrenos muy peligrosos. La culpa no es de Dios sino de nosotros con nuestras estructuras económicas injustas. Muchas de las construcciones se desplomaron por fallas en el diseño y por la mala calidad de los materiales. La culpa no es de Dios sino de nosotros que no cumplimos las normas y que, por ambición, no utilizamos los materiales adecuados.
Un llamado a la solidaridad y al examen de conciencia
Amigas y amigos, la sociedad colombiana ha dado muestras de una extraordinaria solidaridad. Demos un paso adelante y, llevados de la mano de Nuestra Señora, examinemos qué responsabilidades debemos asumir en medio de estas tragedias que tanto nos impactan.


