El Santo del día es el espacio donde encuentras la reseña histórica de los santos guardados en la memoria de la Iglesia Católica.

Este programa cuenta cómo cada uno de ellos ayudaron a la humanidad durante su vida. 

Conoce los Santos de esta semana del 23 al 29 de enero

23 de enero

SAN ILDEFONSO

El 18 de diciembre del año 665, el clero y el pueblo avanzaban en solemne procesión por las calles de Toledo, entonando himnos a la Virgen María y al llegar al atrio de la catedral, la multitud encandilada –por la deslumbrante luminosidad que se irradiaba desde el interior de la iglesia–, se dispersó confundida. El único que no perdió la compostura fue el obispo Ildefonso, que apuró el paso e ingresó al resplandeciente templo seguido por dos diáconos de confianza que se debatían entre el miedo y el deber de protegerlo, pero por más que se esforzaban para alcanzarlo no lo lograban, porque el prelado ahora no caminaba sino que corría hacia el altar como succionado por un imán y ya en el presbiterio se detuvo estupefacto porque desde su silla episcopal la Virgen María lo miraba tiernamente y al cabo de unos instantes con un ademán de su cabeza lo llamó a su lado.

Entonces el obispo sin dudarlo se acercó, se prosternó ante la Santísima Virgen y después de un corto silencio –de acuerdo con el relato que aparece en el Acta Santorum del Concilio de Toledo–, ella le dijo dulcemente: “Tú eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla, que mi hijo te envía de su tesorería”. A continuación se la puso sobre sus hombros y le advirtió que debía usarla en todas las celebraciones marianas. Los sucesores del obispo Ildefonso conservaron esta prenda hasta la invasión árabe, época en la que desapareció, al ser convertida la catedral en mezquita.

Ildefonso (nacido en el 607, en Toledo), pertenecía a una noble familia visigoda que le confió su educación a un tío suyo, el clérigo Eugenio, que le impartió una meticulosa formación literaria, humanística, filosófica, teológica y le imprimió una profunda vocación religiosa que lo indujo a ingresar en el 633, al monasterio de los santos Cosme y Damián de Agali, después de ser consagrado diácono por el obispo Eladio de Toledo. Allí, Ildefonso se distinguió por una vida plena de oración, austeridad y su ejemplo marcó el rumbo monástico de este claustro del que llegó a ser abad y más adelante con su herencia, fundó un convento para religiosas a las que también dirigió espiritualmente hasta que falleció su tío Eugenio (sucesor de Eladio) a quien en el 657, Ildefonso reemplazó en el episcopado de Toledo, al que reorganizó administrativamente: redistribuyó sus rentas en favor de los pobres; ejerció una evidente influencia en los asuntos del estado toledano; combatió a pie firme la simonía (delito que consiste en la compra y venta de sacramentos y cargos eclesiásticos) y enraizó en la España medieval, la acendrada devoción mariana, que es el sello distintivo de esta nación y por eso fue nombrado “Fiel Notario de la Virgen”, título que le otorgó la misma Madre de Dios, en su memorable aparición del 18 de diciembre del 665, día en el que se celebraba la fiesta de Santa María de la Expectación (conocida también como Espera del Nacimiento de Cristo), que el mismo Ildefonso había introducido en el Décimo Concilio de Toledo, efectuado nueve años antes.

El merecido prestigio alcanzado por Ildefonso le confirió una evidente autoridad moral que aceptó el pueblo, acató el clero y respetaron a los reyes visigodos, quienes a pesar de ser arrianos, no interfirieron en su labor pastoral, lo que le permitió al prelado sentar las bases de la nueva Iglesia española a través de sus escritos en los que incluyó directrices sobre la administración de los sacramentos, como se evidenció en su Comentario sobre el conocimiento del bautismo, en el que Ildefonso señaló los pasos a seguir en esta ceremonia y fijó como pauta primordial y válida, hacerlo “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, argumento que derrumbó la teoría arriana según la cual, no existía la Trinidad.

En el mismo tratado, explica el Padrenuestro y afirma que el “Pan nuestro de cada día” es la comunión y por ello todo cristiano debe participar diariamente de la cena eucarística. Y en su obra más reconocida y estudiada: Sobre la virginidad perpetua de Santa María, –que se convirtió en el eje de la doctrina mariana–, defiende la integridad virginal de la Santísima Virgen, antes, durante la concepción y después del alumbramiento.

Asimismo san Ildefonso escribió una buena cantidad de himnos, sermones y cartas apostólicas que marcaron el derrotero de la Iglesia medieval española y su producción pudo ser mayor, pero su febril actividad que incluía el constante ayuno y largas jornadas de oración y vigilia, le cobraron tributo y murió a los 60 años, el 23 de enero del 667. Por eso, hoy día de su festividad, pidámosle a san Ildefonso, que nos impregne su amor hacia la Santísima Virgen María.

24 de enero

SAN FRANCISCO DE SALES

Como ya era su costumbre, después de deslizar –durante todo el día– por debajo de las puertas, los últimos escritos redactados por él (en los que pregonaba la verdadera fe y refutaba con mansedumbre y amor los postulados protestantes de los calvinistas), Francisco de Sales se adentró en el bosque esa noche decembrina de 1594 y se acomodó entre las estrías de la raíz de un árbol frondoso para resguardarse un poco del frío. Comenzó a orar fervorosamente, mas vencido por el cansancio, se sumió en un ligero sueño que al cabo de unos minutos fue interrumpido por los aullidos de una manada de lobos, inmediatamente se incorporó y trató de treparse, pero mientras más lo intentaba, más resbaladizo se tornaba el tronco recubierto de nieve cristalizada y cuando la jauría estaba a punto de abalanzarse sobre él, inexplicablemente retrocedió atemorizada y se alejó gañendo; entonces Francisco de Sales pudo subir sin apuros, se amarró con su cinto a una robusta rama y allí permaneció el resto de la noche dándole gracias a Dios. A la mañana siguiente unos campesinos que pasaban por el lugar lo bajaron aterido y lo llevaron a una casa cercana en la que tardó varios días en recuperarse, lapso que aprovechó Francisco de Sales para catequizar con la dulzura de sus sermones a los admirados lugareños, que se encargaron de esparcir la noticia sobre la extraña huida de los temibles lobos y encomiar la inigualable bondad del santo, rumor que le abrió todas las puertas y así logró la conversión masiva de los reticentes labradores calvinistas de toda la región de Chablais.

Francisco Buenaventura de Sales (nacido el 21 de agosto de 1567, en el castillo de Sales, en Saboya), tomado de la mano de su madre desarrolló desde muy temprano una profunda devoción a la Santísima Virgen, lo que de hecho fortaleció su precoz vocación religiosa, pero como su padre esperaba que mantuviera el prestigio de la familia en la administración pública, lo envió a París, en donde adelantó su instrucción básica en el colegio jesuita, de allí pasó a la universidad de Padua en la que se doctoró en Derecho Canónico y Civil; a la par y discretamente, se graduó en teología y perfeccionó sus conocimientos sobre los escritos de santo Tomás de Aquino y de san Agustín. Aunque con esa formación ya era apto para ser ordenado sacerdote, retornó a la casa paterna, acató la voluntad de su progenitor y durante algún tiempo ejerció su profesión de abogado, pero se negó a aceptar el cargo de senador y rechazó un ventajoso matrimonio que su padre le había concertado; en cambio, accedió a la dignidad de Deán de la catedral de Chambery, nombramiento que significaba, tácitamente, su ingreso oficial a la vida religiosa, decisión que su padre cuestionó, pero su resistencia fue vencida por la tenacidad de Francisco de Sales, quien poco después –en 1593– recibió la unción sacerdotal.

Desde ese momento Francisco de Sales comenzó a destacarse como un profundo orador que con el imán de sus palabras sencillas atraía a los indiferentes y redondeaba la faena con la mansedumbre, dulzura y humildad de su personalidad: jamás juzgaba a nadie, comprendía a todos, su sonrisa permanente era un bálsamo para los espíritus rebeldes y los enemigos de la Iglesia se rendían mansamente ante sus amorosos y sólidos argumentos doctrinales. Justamente por eso Francisco de Sales se ofreció como voluntario para catequizar a los agresivos calvinistas de Chablais, quienes en principio no solo lo rechazaron sino que en dos ocasiones intentaron asesinarlo, en vista de lo cual Francisco de Sales se dedicó a escribir afectuosas exhortaciones que deslizaba bajo los pórticos de las casas (fue en esa época en la que se salvó de los lobos).

Poco a poco las puertas se abrieron y terminó convirtiendo a todos los habitantes de ese territorio, labor que aprovechó el obispo Garnier, para nombrarlo su coadjutor y tras la muerte de éste, Francisco de Sales fue elegido obispo de Ginebra. A pesar de que esa ciudad estaba dominada por los calvinistas, se las arregló para administrar, reorganizar, fortalecer su diócesis, socorrer a los desvalidos, reverdecer la fe de sus sacerdotes y recuperar a los fieles perdidos en la herejía. En ese período Francisco de Sales conoció a santa Juana de Chantal, de quien era su director espiritual y aprovechando el liderazgo de esta baronesa viuda, le encomendó la fundación de la Orden de la Visitación.

Esa ingente labor apostólica de Francisco de Sales, se alimentaba con la oración y la meditación y de ellas extrajo su portentosa obra en la que se destacan entre otros textos: Controversias, una recopilación de los folletos con los que combatía doctrinalmente a los calvinistas y que metía bajo las puertas de Chablais; Coloquios espirituales, una compilación de las charlas que Francisco de Sales dictaba a las religiosas de la Visitación; Introducción a la vida devota (también conocida como Cartas a Filotea), que era un compendio de la correspondencia que sostuvo con su prima política la señora de Charmoisy; El tratado del amor de Dios, considerada su obra maestra y que a decir del papa Benedicto XVI, es toda una “Summa”, por su profundidad teológica.

25 de enero

CONVERSIÓN DE SAN PABLO

Aunque sumergido en la oscuridad por la ceguera, desfilaban ante los velados ojos de Saulo las imágenes de los furibundos integrantes del tribunal y sus esbirros, lanzando piedras al desnudo Esteban, cuyas ropas le habían entregado en custodia, escuchaba los insultos proferidos en contra del diácono y la andanada de guijarros que impactaban en su cuerpo desmadejado y se avergonzaba de su impasibilidad ante la crueldad del espectáculo; sentía remordimiento por la saña con la que durante mucho tiempo persiguió a los cristianos a quienes sacaba a rastras de sus casas y metía en la cárcel; lo atormentaba el recuerdo de los dignos rostros de mujeres, niños y ancianos que firmemente se proclamaban seguidores de Cristo y soportaban estoicamente los juicios amañados a los que eran sometidos y en los cuales él, actuaba como acusador; desconcertado y confuso veía discurrir una y otra vez el momento en que quedó ciego en el camino a Damasco y se aferraba a la oración y al ayuno a la espera de que le fuera devuelta la luz a sus ojos.

Poco antes y con el fin de perseguir a los cristianos y apresar a cuantos pudiera para llevarlos ante el tribunal de Jerusalén, en donde debían ser juzgados por los sacerdotes del templo –que le habían encomendado tan cruda misión en vista de que era el enemigo más fanático del cristianismo–Saulo de Tarso avanzaba hacia la ciudad de Damasco, cuando en sus cercanías y al filo del mediodía, según lo cuenta el mismo Saulo, en el capítulo 26 de los Hechos de los Apóstoles: “Vi en el camino, una luz venida del cielo, más brillante que la del sol, que me envolvió a mí y a los que iban conmigo. Todos caímos a tierra, y yo oí una voz que me decía en hebreo: Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues? Duro es para ti dar coces contra el aguijón. Yo dije: ¿Quién eres tú, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate y ponte en pie; que me he aparecido a ti para hacerte ministro y testigo de lo que has visto de mí y de lo que te voy a mostrar. Te voy a librar de tu pueblo y de los paganos, a quienes te enviaré a abrirles los ojos, para que pasen de las tinieblas a la luz y del poder de Satanás a Dios; para que, por la fe en mí, reciban el perdón de los pecados y la herencia entre los consagrados”.

Como el potente resplandor lo dejó ciego, Saulo debió ser conducido por sus compañeros a Damasco y por orden del Señor fue llevado –tres días después–, ante el venerable Ananías, que le impuso sus manos y al instante, Saulo recobró la vista, vio la luz de su propia salvación, se hizo bautizar, cambió su nombre por el de Pablo y se convirtió en el apóstol de los gentiles, porque desde entonces el incipiente cristianismo que estaba circunscrito a los fieles de extracción judía, adquirió dimensión universal de la mano de san Pablo, quien llevó la Buena Nueva a Corinto, Tesalónica, Éfeso, Colosas, Salamina, Pafos, Perge, Antioquía, Pisidia, Galacia, Iconio, Listra, Derbe, Panfilia, Atalia, Filipos, Macedonia y Malta.

A varias de las iglesias fundadas por él –en algunas de estas ciudades– les dedicó san Pablo sus famosas cartas apostólicas que están contenidas en el Nuevo Testamento. Definitivamente san Pablo sí cumplió a cabalidad, –según los versículos 19 y 20 del capítulo 28 del evangelio de san Mateo–, la orden dada por Jesús Resucitado en su aparición de Galilea: “Id, pues, y haced discípulos míos en todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado”. Por eso hoy, 5 de enero, día de la festividad de su conversión, pidámosle a san Pablo, que nos muestre el camino de la salvación.

26 de enero

SAN TIMOTEO Y SAN TITO

Timoteo escuchaba fascinado la predicación de san Pablo, a cuyo lado, san Bernabé, permanecía callado y atento. De pronto, el Apóstol de los Gentiles observó entre la multitud a un cojo que intentaba incorporarse apoyado en sus muletas y perentoriamente le ordenó que las soltara y caminara, lo que hizo en efecto. La multitud que no daba crédito a lo que veía, creyó que Pablo y Bernabé, eran Júpiter y Mercurio en persona y trataron de ofrecerles dos toros en sacrificio, pero como ellos lo rechazaron categóricamente, aduciendo su condición de simples mortales, fueron atacados con palos y piedras por la airada turba que los dejó inconscientes y luego los arrojó fuera de la ciudad. Timoteo, impotente y bañado en lágrimas, esperó a que anocheciera y con algunos amigos, recogió los cuerpos exánimes, los llevó a su casa y con la ayuda de su abnegada familia, logró reanimarlos y los cuidó hasta que estuvieron en condiciones de viajar. Desde ese instante, se afirmó en san Pablo, el afecto y la confianza que desde tiempo atrás, ya sentía por Timoteo.

Timoteo, nacido en Listra, en el siglo I, fue criado dentro de la fe judía por su abuela Loide y su madre Eunice, pero al conocer a san Pablo, quien en su primer viaje por la región se hospedó en su casa en la que predicaba a la naciente comunidad cristiana, se dejó cautivar por el mensaje de Jesús y en poco tiempo ya era uno de los líderes más connotado de la incipiente congregación, a la que san Pablo, en su segundo periplo, -recordando cómo le había salvado la vida-, le consultó sobre la calidad moral y evangélica de Timoteo y gracias a las inmejorables recomendaciones de la grey lo tomó a su servicio y en adelante fue su compañero de viaje, discípulo amado, confidente, albacea de su pensamiento y lo acompañó en sus recorridos por: Frigia, Macedonia, Éfeso, Galacia, Corinto, Tesalónica, Filipos, Atenas y Jerusalén; actuó como su enviado para recomponer las comunidades de Corinto, Tesalónica y el mismo san Pablo, lo ordenó obispo de Éfeso y le dirigió dos cartas que podrían entenderse como su testamento espiritual; según la tradición, san Timoteo, participó en la redacción de las epístolas a los Filipenses, en la segunda a los Corintios y en la que le envió a Filemón. Inclusive san Timoteo, no se separó de san Pablo, mientras estuvo preso en Cesárea y luego acudió a Roma en donde se estaba juzgando a san Pablo y se constituyó en su soporte moral a lo largo del proceso que concluyó con su ejecución. Tras la muerte de su mentor, san Timoteo, asumió de nuevo el episcopado de Éfeso, completó la evangelización del pueblo, pero los paganos resentidos aprovecharon que san Timoteo, se fue lanza en ristre en contra de una fiesta en la que los participantes desfilaban en procesión con ídolos y a causa de ello, lo apedrearon hasta morir, en tiempos del emperador Domiciano.

Por su parte Tito, griego de nacimiento y evangelizado por san Pablo, se ganó su cariño y respeto, dada su acendrada piedad, discreción, frugalidad y preclara inteligencia, por la cual el Apóstol de los Gentiles, lo exaltó como su secretario personal y en esa condición, recorrió con san Pablo, buena parte del Asia Menor y luego lo acompañó en el año 50, al Concilio de Jerusalén en el que se eximió a los cristianos de la circuncisión y de otras normas previstas en la ley mosaica. Gracias a sus dotes de conciliador, san Pablo envió a san Tito, a Corinto, para apaciguar los ánimos de dos facciones que se enfrentaban por el dominio de la iglesia y más adelante regresó allí para recolectar una copiosa ofrenda con destino a la comunidad cristiana de Jerusalén que se encontraba en lamentable estado. Preocupado san Pablo por lo que pasaba en Creta, ordenó obispo a san Tito y lo envió a esa isla con plena autoridad para organizar el episcopado y a evangelizar a sus incultos habitantes que además de paganos eran belicosos y de vida desordenada. Con su austeridad, ayuno, vida de oración, paciencia, amor apostólico, entrega incondicional a los pobres y apoyado en los lineamientos trazados por san Pablo en la carta apostólica que le escribió y aparece en el Nuevo Testamento, san Tito logró convertir la isla de Creta en un bastión del cristianismo en el mar mediterráneo y allí murió de edad avanzada y en santa paz. Por eso hoy, 26 de enero, día de su festividad, pidámosle a san Timoteo y a san Tito, que nos enseñen a cumplir con humildad, obediencia y devoción, la misión que Dios nos ha encomendado.

27 de enero

SANTA ÁNGELA DE MERICI

Por fin podría realizar el sueño de toda su vida: conocería la basílica del Santo Sepulcro, la de la Natividad y recorrería los caminos por los que anduvo Jesús, se postraría en ellos, besaría sus huellas y lo glorificaría como siempre se lo había imaginado. De eso hablaba a bordo del barco, Ángela de Merici, con su primo Biancossi y el veneciano amigo de éste, con quienes comenzaba la travesía ese mes de mayo de 1524. Todo parecía hecho a la medida de su ilusión, hasta que llegaron a Candía, en donde el buque hizo escala para recoger a otros pasajeros y mientras miraba en cubierta las algodonadas nubes que se movían grácilmente sobre el cielo que parecía un apacible lago azul, se apagaron sus ojos y supuso que se debía a la sal marina, pero pasaron los días y continuaba ciega.

Entonces lo puso todo en manos de Dios y sin perder su alegría, continuó el viaje. Al llegar a Tierra Santa, sus lazarillos la condujeron por los lugares sagrados y en ellos pudo ver con los ojos del alma, el sufrimiento del Salvador y sentir los dolores de su pasión y muerte, tan vívidamente, que –diría después–, la pérdida de la vista era lo mejor que le había ocurrido, porque de no haber sido así, no habría vivido la experiencia espiritual más hermosa de su vida. De regreso, la nave tuvo que fondear de nuevo en Candía y al tocar el puerto, Ángela de Merici recobró la vista milagrosamente.

Ángela de Merici (nacida el 21 de marzo de 1474, en Desenzano, Italia) se crio en un cálido y piadoso ambiente cristiano, en el que sus padres, a la caída del sol, reunían a sus hijos para narrarles las vidas de los santos y esos ejemplos la marcaron tan profundamente, que tras la muerte de sus progenitores –cuando Ángela contaba 13 años– y aunque Bartolomé, su tío materno que se hizo cargo de ella y de su hermana, les proporcionó un ambiente devocional similar al de la casa paterna, decidieron buscar un lugar retirado para vivir en oración y ayuno, como ermitañas, pero su protector las encontró en una cueva ubicada en la parte alta de una montaña cercana y para evitar futuras fugas, les construyó en la parte posterior de su casa, una austera celda con un pequeño oratorio y desde entonces las hermanas Merici se dedicaron a la penitencia, oración, silencio y escasamente, salían para asistir a misa y recibir la comunión.

Tras la muerte de su hermana, ocurrida seis años después, Ángela de Merici vistió el hábito terciario franciscano, retornó a Desenzano, repartió la herencia familiar entre los pobres, se dedicó a ellos incondicionalmente y apesadumbrada por las misérrimas condiciones espirituales en las que vivían las jóvenes, reclutó a unas amigas y con ellas comenzó a educarlas, a catequizarlas y en poco tiempo extendió su radio de acción, lo que acrecentó la fama de santidad y de don de consejo de Ángela Merici, por lo cual comenzaron a llegar personas de todas partes para pedirle orientación espiritual y entre ellas la familia Pentagola, que le ofreció su apoyo para abrir una casa en Brescia, ciudad a la que se trasladó y en ella, Ángela de Merici fundó en 1535, con 28 jóvenes de la ciudad, una congregación que puso bajo el patronazgo de santa Úrsula y de ahí su nombre: Orden de Santa Úrsula, una comunidad revolucionaria para su tiempo, porque quienes pertenecieran a ella, permanecían en sus casas, observaban una rigurosa castidad, atendían a los pobres y dedicaban la mayor parte del tiempo a impartir educación a las mujeres sin opciones de vida.

El rápido crecimiento de la compañía, que se expandió por toda Italia, Alemania y Francia, condujo a la revaluación de la organización y por ello en 1537, Ángela de Merici fue exaltada como superiora y comenzó gradualmente el recogimiento de las Ursulinas en claustros, pero continuaron realizando una encomiable labor educativa por fuera de los conventos, constituyéndose en la primera orden femenina concebida específicamente para la educación de la mujer. A pesar de los esfuerzos, de Ángela de Merici, de su vida ejemplar, de su bien ganado prestigio como consejera y de la sabiduría con la que dirigió su congregación, murió el 28 de enero de 1540, sin ver aprobada oficialmente la Orden de Santa Úrsula, hecho que ocurrió por mandato del papa Pablo III, en 1544. Fue canonizada por el papa Pío VII, en 1807. Por eso hoy, día de su festividad, pidámosle a santa Ángela de Merici, que nos enseñe a conducir hacia Jesucristo, a quienes aún no lo conocen.

28 de enero

SANTO TOMÁS DE AQUINO

Con el sol en el cenit cayendo a plomo sobre sus tonsuras, el Maestro General de los Dominicos, Juan de Wildeshaussen, el novicio Tomás de Aquino y tres frailes más, que se dirigían a Bolonia, en el verano de 1244, se detuvieron en la fuente de Acquapendente en Toscana, para refrescarse y calmar la sed. Mientras partían la hogaza de pan que les serviría de almuerzo, un destacamento del ejército del emperador Federico II, llegó intempestivamente al sitio, apresó a Tomás y sus hermanos: Aimón, Felipe, Reinaldo y Adenolfo Aquino –que formaban parte del pelotón–, se lo llevaron prisionero al castillo familiar de Roccasecca, lo confinaron en la torre y aunque le prometieron la libertad, honores y dinero si se retiraba de esa orden, Tomás de Aquino afirmó que prefería la muerte antes que renunciar a ser dominico, sueño que había acariciado desde niño y como ninguna de las partes cedió, Tomás de Aquino, en vez de quejarse, aprovechó su reclusión para memorizar toda la Biblia, desentrañar toda la lógica y la metafísica de Aristóteles y compenetrarse profundamente con las Sentencias de Pedro Lombardo, que era el mejor y más completo tratado de teología de la época y texto fundamental de la doctrina de la Iglesia. Dos años después, tras la intervención del papa Inocencio IV, la familia lo liberó –a regañadientes– y por fin Tomás de Aquino pudo vestir el hábito dominico y convertirse en el teólogo que le cambió la cara a la Iglesia, para siempre.

Tomás de Aquino (nacido en Rocasecca, Italia, en 1225), era hijo de Landolfo, Conde de Aquino, pariente cercano del emperador Federico II y dadas las muestras de su inteligencia excepcional recibió una esmerada educación básica en la abadía benedictina de Montecasino –de la que su tío era abad– y superados sus maestros por su agudeza intelectual, fue enviado en 1236 a la Universidad de Nápoles. Allí se formó en filosofía, letras, gramática, lógica, retórica, latín, moral, religión, matemática, geometría y astronomía, con tal brillantez, que sobrepasó en conocimientos a sus profesores. Al terminar ese ciclo, pidió su admisión en el convento dominico de Nápoles, en 1244, cuando contaba 19 años e inmediatamente fue aceptado y enviado a París, para completar el noviciado, pero en el camino fue interceptado por sus hermanos y tuvo que aplazar su sueño dos años, al cabo de los cuales, emprendió el camino a la capital de Francia y al poco tiempo se lo encomendaron a san Alberto Magno, a quien deslumbró con su sapiencia, por eso se lo llevó a Colonia como profesor; en esa ciudad fue ordenado sacerdote en 1250 y a la par, se dedicó a armonizar la lógica aristotélica con las enseñanzas de la Iglesia.

Por recomendación de su maestro, fue nombrado subregente del Studium Dominico de París, en el que desenmarañó como profesor, los intrincados conceptos teológicos de las Sentencias de Pedro Lombardo y se convirtió en una celebridad en el ámbito académico por la naturalidad y frescura de sus clases que eran frecuentadas por prelados, curas, políticos, sacerdotes y seminaristas y a los 31 años le fue conferido el Doctorado en Teología, meta a la que muy pocos llegaban, máxime a tan temprana edad.

Desde entonces su vida se convirtió en una vorágine, porque sin abandonar su frugalidad, la austeridad de sus hábitos y la oración constante, recorrió más de diez mil kilómetros, por toda Europa, la mayor parte a pie, dictando conferencias, enseñando en universidades, conventos y seminarios. Se lo disputaban los papas, cardenales, todos los eruditos de su tiempo lo consultaban y por eso es difícil explicar cómo pudo Tomás de Aquino producir la más vasta, sublime y profunda obra de que se tenga memoria en la iglesia: La Summa Teológica (su creación cumbre, que abarca todos los aspectos fundamentales de la teología de la Iglesia), la Summa contra los gentiles, Scriptum super sententias; nueve tratados para responder disputas académicas, nueve exégesis sobre las Sagradas Escrituras, once textos explicativos de los trabajos de Aristóteles, una variada colección de estudios sobre los escritos de los Padres de la Iglesia referentes a los evangelios, ocho tratados de teología y más de ochenta mil citas bíblicas escritas en los márgenes de sus obras como refuerzos de los textos y esta es una somera enumeración de su producción, que interrumpió abruptamente en 1273, año en el que se hicieron más frecuentes sus éxtasis, levitaciones y raptos místicos. Convocado al Concilio de Lyon, por el papa Gregorio X, Tomás de Aquino emprendió el camino, pero le fallaron sus fuerzas cerca de Terracina y fue llevado al convento cisterciense de Fossa Nuova, en donde murió a los 49 años, el 7 de marzo de 1274.

Santo Tomás de Aquino fue canonizado por el papa Juan XXII, en 1323; declarado Doctor de la Iglesia por el papa san Pío V en 1567 y proclamado en 1879, por el papa León XIII, como “Príncipe y Maestro de todos los Doctores Escolásticos”. Por eso hoy, 28 de enero, día de su festividad, pidámosle a santo Tomás de Aquino, que nos mantenga firmes en la fe.

29 de enero

SAN PEDRO NOLASCO

Durante quince años, con su propio patrimonio y la ayuda de sus amigos, había logrado rescatar de las manos de los moros a miles de prisioneros cristianos que se consumían en las mazmorras del norte de África, pero ya no tenía recursos para continuar con esta loable misión y por eso el comerciante Pedro Nolasco estaba a punto de tirar la toalla: la razón le advertía que la magnitud del problema era superior a sus esfuerzos, pero su corazón le recordaba constantemente las palabras de Jesús: “Estuve preso y me fuisteis a visitar. Todo el bien que le habéis hecho a cada uno de estos necesitados, lo recibo como si me lo hubierais hecho a mí mismo” y en medio de su desolación, puso sus esperanzas a los pies de la Virgen, que no tardó en responderle, porque la noche del 2 de agosto de 1218, se le apareció y le dijo que no tuviera miedo de fundar una orden dedicada a la redención de los cautivos. Al otro día, Pedro Nolasco se entrevistó con el rey Jaime I de Aragón, a quien quería transmitirle el mensaje y se quedó de una pieza al saber que el soberano había tenido la misma visión y juntos fueron a consultarle a san Raimundo de Peñafort, –que a la sazón era el archidiácono de la catedral de Barcelona– y cuál no sería el asombro de ambos, al saber que la Santísima Virgen le dio el mismo mensaje y a la misma hora que a ellos. Una semana después, el arzobispo de Barcelona, Berengario de Paulou, presidió la ceremonia de creación de la Orden de la Virgen María de la Merced de la Redención de Cautivos, cuyos miembros en adelante fueron conocidos como Mercedarios.

Pedro Nolasco (nacido en Barcelona, España, entre los años 1180 y 1182), creció en un piadoso ambiente cristiano y aunque tuvo una educación básica. Desde muy temprano aprendió de su padre la profesión de mercader, de tal forma, que cuando contaba quince años, al morir su progenitor, asumió la dirección del negocio familiar y en esa condición visitó el norte de África para negociar con los moros, por eso pudo constatar las deplorables condiciones en las que vivían los prisioneros cristianos, situación que le cambió la vida radicalmente, porque a su regreso a Barcelona –con el permiso de su madre–, Pedro Nolasco vendió buena parte de sus bienes y con lo producido logró rescatar a trescientos cautivos. Atraídos por su altruismo, varios mercaderes se le unieron y juntos destinaban buena parte de sus ventas para pagar los onerosos rescates, establecieron casas de acogida en las que los recién liberados recibían ropa, alimentos, cuidados médicos y asistencia espiritual hasta que se recuperaban física y espiritualmente. Pero luego de quince años de ardua y callada labor, el entusiasmo de los colaboradores y los recursos se agotaron y entonces Pedro Nolasco se vio enfrentado a la disyuntiva de renunciar a su misión e ingresar a un convento o seguir en su empeño, sin tener con qué. Fue entonces cuando se le apareció la Virgen.

Una vez constituida la Orden de los Mercedarios, –cuyos miembros debían tomar el lugar del cautivo si no tenían dinero para pagar el rescate– el rey Jaime I de Aragón, le donó a Pedro Nolasco, el Hospital de Santa Eulalia, que en adelante fue el cuartel general de sus operaciones y centro de acogida de los rescatados. El entusiasmo que despertó la obra, se tradujo en la ayuda masiva de la ciudadanía de Barcelona y de la de Valencia, que también le abrió sus puertas. En cuestión de pocos años, Pedro Nolasco –como superior general–, fundó 18 conventos y el número de monjes llegó a cien, eso le permitió crear una eficiente red de recolección de fondos en otras ciudades. Todo eso contribuyó para que el papa Gregorio IX aprobara oficialmente la Orden de los Mercedarios en 1235 y así la congregación amplió su radio de acción a Francia y a otros países, lo cual se reflejó en el aumento de los presos liberados, cuyo número –calculan los Mercedarios–, ascendió a 80 mil, cifra contada a partir del primer rescate efectuado por san Pedro Nolasco y hasta el día de su muerte acaecida en Barcelona el 6 de mayo de 1245. Fue canonizado por el papa Urbano VIII, en 1628. Por eso hoy, 29 de enero, día de su festividad, pidámosle a san Pedro Nolasco, que nos rescate de la prisión del pecado.

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Horario: Todos los dias 06:00 am

Realización: Cristian Molina