El Santo del día es el espacio donde encuentras la reseña histórica de los santos guardados en la memoria de la Iglesia Católica.

Este programa cuenta cómo cada uno de ellos ayudaron a la humanidad durante su vida. 

Conoce los Santos de esta semana 18 al 24 de Octubre

18 de Octubre

SAN LUCAS EVANGELISTA

Tras catorce días de navegación a la deriva a causa de una violenta tempestad que azotó sin tregua al barco y como los viajeros ya estaban resignados a su suerte, el apóstol Pablo (que viajaba en compañía del médico Lucas y era conducido a Roma como prisionero para ser juzgado allí), se levantó y los tranquilizó diciéndoles: “Lleváis ya catorce días esperando, en ayunas, sin comer nada; os aconsejo que comáis algo, que os vendrá bien para vuestra salud; pues ni un cabello de vuestra cabeza se perderá” y a continuación tomó pan, dio gracias a Dios, lo partió, comenzó a comer, todos los imitaron y una vez satisfechos, lanzaron al mar la reserva de trigo que había en la bodega para aligerar el buque que aún peligraba, pero tal medida no fue suficiente porque al amanecer divisaron una isla a la que con mucho esfuerzo dirigieron la nave, sin embargo en sus proximidades una fuerte corriente la empujó contra un banco de arena en el que encalló la embarcación y mientras el fuerte oleaje destruía la popa, los pasajeros ganaban a nado la playa cercana de la isla de Malta. Ayudados por los nativos, los doscientos setenta y seis pasajeros, ilesos, se reunieron alrededor de varias fogatas y para atizar el fuego de una de ellas, Pablo recogió un haz de leña del que surgió una víbora que se aferró a su brazo y lo mordió varias veces, pero al ver que el veneno no le hizo efecto, todos reconocieron que era un hombre de Dios.

Al oír la noticia, los lugareños enfermos –incluido el padre de Publio, dueño de la finca en donde estaban refugiados–, acudieron a él y fueron curados por sus oraciones e imposición de manos. Gracias a esta salvación milagrosa, de san Lucas, hoy podemos contar en el Nuevo Testamento con los dos libros más exquisitos y bien documentados históricamente, sobre la vida de Jesús y de sus discípulos: El Evangelio de San Lucas y Los Hechos de los Apóstoles, en el que precisamente consignó esta odisea suya y del Apóstol de los Gentiles.

Lucas nació en fecha desconocida –según la mayoría de los historiadores en Antioquía–, pero su educación básica y parte de su formación como médico y pintor, la recibió en Grecia y ello se refleja en el profundo conocimiento de la cultura griega y su impecable redacción en esta lengua, lo que de paso reafirma que fue el único escritor bíblico que no era de origen judío y su contacto con la fe cristiana –de acuerdo con la tradición– se produjo alrededor del año 40 DC, cuando conoció a san Pablo, quien en compañía de san Bernabé, predicaban por aquella época en Antioquía. Desde entonces se convirtió en su médico, secretario y confidente; en esa condición, lo acompañó en sus viajes apostólicos por Grecia y aunque por encargo del apóstol permaneció varios años predicando solo, en algunas ciudades de ese país, volvieron a unirse para regresar a Jerusalén, en donde al parecer, Lucas estuvo con varios de los discípulos de Jesús: Santiago el Mayor, Pedro y probablemente con la Virgen María, de quien habría recibido información directa sobre los hechos más sobresalientes de su vida y de la infancia del Niño Jesús. No desamparó a san Pablo en su cautiverio en Jerusalén y se unió a él en su tortuoso viaje a Roma, ciudad en la que se mantuvo a su lado durante los dos años que padeció en la cárcel san Pablo, antes de ser ejecutado en el año 67.

En todo ese tiempo y a partir de la información que recolectó entre los testigos de primera mano de la vida y muerte de Jesús, empezó Lucas a redactar el tercer evangelio (el más extenso y bien escrito) del Nuevo Testamento, en el que se decantó hacia la historicidad del Salvador y por eso en este libro, san Lucas, retrata de manera magistral, pulcra, amena y con rigurosidad investigativa, la personalidad de Nuestro Señor Jesucristo: hace énfasis en su misericordia, amabilidad, dulzura, compasión y ternura; resalta su inmenso amor por los más pobres y vulnerables; destaca la importancia que Jesús le concedía a la oración en sus momentos más difíciles; reconoce y encomia el papel de las mujeres en la vida pública de Jesús; es el único de los evangelistas que describe minuciosamente el papel protagónico de la Virgen María (narra con reverencia y devoción: La Anunciación, la encarnación, la concepción y alumbramiento de Juan el Bautista, la visita a su prima Isabel, el Magníficat, el nacimiento del Niño Dios, la adoración de los pastores, la profecía de Simeón, la circuncisión, la presentación en el templo, su desaparición a los doce años y su encuentro entre los Doctores de la Ley). Mejor dicho: la mitad del Evangelio de san Lucas, contiene hechos y palabras que Mateo, Marcos y Juan, no incluyen en los suyos. Por ejemplo: reseña la tercera parte de todos los milagros realizados por Jesús y refiere las tres cuartas partes de todas las parábolas usadas por el Maestro.

En los Hechos de los Apóstoles (que según el concepto de los expertos, es una continuación de su evangelio, pues este texto está escrito con la misma técnica narrativa y comienza por el final del libro anterior), san Lucas es testigo directo de los acontecimientos que siguieron a la muerte, resurrección y ascensión del Maestro. Describe con largueza el nacimiento, conformación y consolidación del grupo apostólico y narra con lujo de detalles la forma como los apóstoles se fueron disgregando en función de las misiones encomendadas a cada uno, pero se centra especialmente en las figuras más relevantes de la naciente Iglesia: Pedro y Pablo. Dada su cercanía con san Pablo –a quien sigue incondicionalmente hasta su muerte–, narra en primera persona y se incluye como protagonista de las peripecias que le tocó vivir a su lado y tras la ejecución del apóstol de los gentiles en el año 67, desaparece de la escena, pero –según san Ireneo, san Jerónimo, Eusebio de Cesárea, san Clemente de Alejandría y Orígenes–, continúa su labor apostólica evangelizando en Roma, La Galia, Dalmacia, Macedonia y en Beocia (Grecia). Dice la tradición que murió a los 84 años, como mártir. Por eso hoy 18 de octubre, día de su festividad, pidámosle a san Lucas, que a través de su evangelio, nos conduzca al Padre, por los caminos de Jesús.

19 de Octubre

SAN PABLO DE LA CRUZ

Los impresionados habitantes de Vetralla no salían de su estupefacción al ver a esa magra figura avanzando por las calles del pueblo con una rústica y pesada cruz a cuestas, con un dogal al cuello, con los pies descalzos lacerados por el terreno áspero y el rostro ensangrentado a causa de la corona de espinas que rasgaba sus sienes, e iban formando un solemne cortejo que entre curioso y sobrecogido lo seguía hacia la plaza a la que llegó bajo el calcinante sol de agosto y en medio de un silencio sepulcral tronó su voz jadeante reclamando penitencia y arrepentimiento. Mayor fue el asombro y el recogimiento de los lugareños al reconocer al padre Pablo de la Cruz, quien sin recuperar el aliento describió tan vívidamente la pasión de Nuestro Señor Jesucristo (y de tanto en tanto se flagelaba la espalda con un fuste de varios ramales con pequeñas bolas de hierro en las puntas), que los pobladores cayeron de rodillas y en medio del llanto y arrepentimiento general prometieron enmendar sus vidas, recibieron la absolución y en adelante, la meditación sobre la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, se convirtió en el centro de su vida cristiana. Y sin recuperarse, el padre Pablo de la Cruz continuó su evangelización por la región, con su cruz a cuestas.

Pablo Francisco Danei Massari (nacido en Ovada, Italia, el 3 de enero de 1694), era el mayor de 16 hijos y fue alentado por su madre a comparar sus pequeñas dificultades con el indecible sufrimiento de Jesús en la Cruz y por eso desde muy pequeño centró su vida, piedad y meditación en la pasión y muerte de El Salvador y en consonancia con el dolor del crucificado, empezó a ayunar, a infligirse castigos corporales idénticos a los que sufrió Jesús y a permanecer arrodillado orando días y noches enteras. A los 21 años quiso formar parte de la cruzada convocada por el papa Clemente XI, para combatir a los moros, pero Dios le hizo saber que no lo necesitaba blandiendo la espada, sino la cruz y le dejó entrever que debía fundar una orden dedicada a recordarle a la humanidad que la pasión de Cristo había sido el mayor acto de amor de toda la creación y por tanto merecía que todos los hijos de Dios se hicieran partícipes de su sufrimiento.

Inclusive en una visión, la Santísima Virgen, le mostró el hábito negro –que habría de usar su congregación– con un corazón en el que estaba engastada una cruz blanca y debajo el nombre de Jesús, vestimenta que empezó a usar –con su nuevo nombre, Pablo de la Cruz– en 1720, cuando le fue impuesta por el obispo Gattinara e inmediatamente viajó a Roma y fracasó en su primer intento por lograr su aprobación. Entonces se fue a vivir como eremita con su hermano menor Juan Bautista, al monte Argentario, desde el cual volvieron a Roma, estudiaron teología, evangelizaron, atendieron enfermos en los hospitales y al cabo de algún tiempo fueron recibidos por el papa Benedicto XIII, que se entusiasmó con el proyecto, los ordenó sacerdotes en 1727, y les dio un permiso oral para su fundación. Entonces volvieron a Argentario, abrieron su primer monasterio, que pronto tuvo suficientes monjes y por fin en 1741, fue aprobada oficialmente por el papa Benedicto XIV, La Congregación de la Santísima Cruz y Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, denominación, que pronto se abrevió como “Pasionistas”.

A medida que Pablo de la Cruz iba fundando nuevos conventos, curando milagrosamente enfermos –inclusive a distancia, mediante el don de la ubicuidad–, predicaba con su cruz a cuestas en todos los pueblos por los que pasaba y recogía la generosa cosecha de conversiones que transformó la espiritualidad de Italia, en el siglo 18. Al final de su estoica vida, tuvo tiempo para fundar la congregación femenina “Pasionista”. A punto de expirar, san Pablo de la Cruz, le pidió en 1772, la bendición al papa Pío VI, pero el pontífice no le dio permiso de morirse –porque la Iglesia lo necesitaba–, entonces se mejoró y aplazó su muerte, hasta el 18 de octubre de 1775, cuando falleció en olor de santidad, en Roma y fue canonizado por el papa Pío IX, en 1867.

Por eso hoy, día de su festividad, pidámosle a san Pablo de la Cruz, que nos dé entereza para aplicar su frase: “Señor: yo te seguiré y perseguiré mientras me quede un hilito de vida”.

20 de Octubre

SAN PEDRO DE ALCÁNTARA

A pesar del cansancio producido por la larga jornada que lo traía de Coria, el padre Pedro de Alcántara no aflojaba el paso y embebido en la lectura, avanzaba hacia la localidad de Galisteo. Sin darse cuenta, llegó a la confluencia de los ríos Jerte y Alagón, volteó la página, continuó leyendo y a paso largo se adentró en el gigantesco cauce, que estaba reforzado por una de esas impredecibles crecientes invernales que hacían imposible su paso. Desde un promontorio en la otra orilla, un grupo de personas que esperaban a que descendiera el nivel del caudal, le gritaban que se detuviera, porque de lo contrario se ahogaría, pero el padre Alcántara sin percatarse de lo que ocurría siguió metido en su libro, caminando sobre las aguas ante la mirada angustiada de los curiosos y del pánico de su asistente que se quedó anclado en la ribera, mientras el santo llegaba a salvo y seco al otro lado y sin parar, prosiguió su camino. Al llegar al convento de Galisteo, el padre Pedro de Alcántara, se preguntaba preocupado, en dónde se habría quedado su compañero de viaje.

Juan de Garavito y Vilela de Sanabria (nacido en Alcántara, España, en 1499), era un niño reservado, dado a la oración desde muy pequeño y se apegó más a ella, cuando quedó huérfano a los siete años. Con ello se ganó el cariño de su padrastro, quien en 1511, lo envió a la Universidad de Salamanca, en donde se destacó en sus estudios de filosofía y derecho, pero durante unas vacaciones en 1515, impresionado por la adustez de dos frailes que pasaban por su casa, se fue tras ellos e ingresó –con 16 años–, al convento de los franciscanos de Majarretes y tomó el nombre de Pedro de Alcántara. De ahí en adelante desempeñó los oficios más humildes y por su aplicación al estudio, su inconcebible predisposición para la penitencia, la mortificación corporal, el ayuno y la precoz sabiduría de su prédica, fue ordenado sacerdote en 1524 y ratificado como superior del monasterio de Badajoz, cargo que ya desempeñaba desde 1521 y luego con las mismas funciones pasó a los conventos de Robledillo, Plasencia, Lapa y además fundó otros, entre los cuales, el más pequeño del mundo: El Palancar, que apenas tenía 30 metros cuadrados, incluida su capilla.

Al margen de sus incisivas predicaciones, sus sabias orientaciones como director espiritual (fue confesor de santa Teresa de Jesús e impulsor de su reforma carmelitana) y de su indiscutible sapiencia para regir los monasterios que abrió y los que estuvieron a su cargo, lo realmente conmovedor de san Pedro de Alcántara, era su heroico misticismo que lo llevó más allá de los límites de la naturaleza humana: sólo comía cada tres días pan negro seco con algunas hierbas amargas –a veces pasaba hasta una semana sin probar bocado–; apenas dormía acurrucado hora y media diaria en una celda en la que no cabía ni acostado ni de pie; Pedro de Alcántara podía resistir hasta ocho horas de rodillas orando y algunas veces dormitaba en esa posición apoyando la cabeza contra la pared. Como no tenía sino un tosco sayal, le tocaba desnudarse para lavarlo y aún escurriendo agua, se lo ponía de nuevo en medio de los inviernos más crudos; siempre iba descalzo y sin protección en la cabeza; Pedro de Alcántara se flagelaba dos veces al día y por eso siempre estaba lacerado; al verlo daba la impresión de estar frente a un ser de otro mundo cuyo rostro irradiaba luz y según santa Teresa de Jesús: “Su cuerpo era tan flaco, que más parecía hecho de raíces y cortezas de árbol, que de carne”.

Pero esa magra figura producía recogimiento, devoción, ternura y respeto. Más que un hombre de palabras, era un milagro viviente, porque por donde pasaba quedaban las huellas de sus prodigios: atravesaba los ríos caminando, sin darse cuenta; celebraba misas al descampado y aunque lloviera a cántaros, la multitud permanecía seca; creaba manantiales golpeando las rocas para calmar la sed propia o de varias regiones y con mirarlos o bendecirlos, se curaban los enfermos. Consumido por el amor de Nuestro Señor Jesucristo, el 18 de octubre de 1562, y como no podía ser de otra manera, murió de rodillas diciendo: “Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor”.

Fue canonizado por el papa Clemente IX, en 1669. Por eso hoy, 20 de octubre, día de su festividad, pidámosle a san Pedro de Alcántara, que nos dé firmeza para sacrificar todo por amor a Dios.

21 de Octubre

SANTA LAURA MONTOYA

A medida que avanzaba la frágil canoa, el caudal del río Sucio aumentaba alimentado por la torrencial lluvia y no les daba tregua a los ateridos pasajeros que como marionetas eran zarandeados de orilla a orilla por la fuerza de la corriente. Por eso los avezados bogas trataban de mantener la endeble embarcación navegando junto a las riberas, pero los brazos de los árboles que se adentraban en el río, los obligaba a mantenerse agachados. Así continuaron río abajo a merced de la embravecida corriente. Sin perder la serenidad, la madre Laura Montoya, la hermana María de la Inmaculada, el padre Peña y el padre Elías, rezaban fervientemente y cuando ya oscurecía, al llegar adonde se juntaban el río Sucio y el Mutatá, lograron recalar en una ensenada en la que desembarcaron y como no había un lugar seco se resignaron a pasar la noche de pie con el agua a las rodillas, pero uno de los barqueros descubrió en un recodo cercano un peñasco semioculto de varios metros de altura, sobre el cual había un rancho abandonado –que según los baquianos–, habría sido levantado por recolectores de tagua y con mucha dificultad se refugiaron en él.

Rendidos por el cansancio y las emociones se durmieron todos, menos la madre Laura, que se quedó velando y orando. Al poco rato amainó la lluvia, pero no el fragor de la creciente y la santa, sentada al borde del peñón, extasiada, le daba gracias a Dios al distinguir en la penumbra cómo el impetuoso torrente arrastraba árboles descuajados y enormes rocas que pasaban a su lado rozando el providencial islote sin hacerle daño. Casi al amanecer, la madre Laura, por fin se durmió beatíficamente arrullada por el apocalíptico estruendo de la riada.

Cuando María Laura de Jesús Montoya Upegui (nacida el 26 de mayo de 1874, en Jericó, Antioquia), contaba dos años, su padre, el médico y comerciante Juan de la Cruz Montoya, murió en la guerra civil de 1876 y ese fue el comienzo del calvario de Laura Montoya, porque la familia quedó en la ruina luego de que le fueran confiscados todos sus bienes y por eso con su madre María Dolores Upegui y sus hermanos Carmelina y Juan de la Cruz, se refugiaron en la casa del abuelo materno en Amalfi, de la que se trasladaron a Donmatías y entre separaciones, hogares alternos y algunos estudios básicos, cumplió los 16 años y por sus propios méritos obtuvo una beca en la Escuela Normal de Institutoras de la que egresó en 1893, volvió a Amalfi como maestra y de allí pasó a Fredonia.

A continuación, dirigió el recién inaugurado Colegio de la Inmaculada de Medellín, el mismo que por intrigas contra ella fue cerrado en 1905 y aunque en los siguientes años deambuló por varias escuelas más, su hambre de Dios la consumía y lo buscaba día y noche a través de la oración, la penitencia, el ayuno y la mortificación corporal, preguntándose qué quería Él de ella, hasta que descubrió que su vocación era la evangelización de los indios y para lograrlo enfrentó, Laura Montoya, la férrea oposición de la ultraconservadora sociedad medellinense y de una parte del clero, que no aceptaba el hecho de que una mujer fuera capaz de lo que los sacerdotes misioneros ni siquiera habían intentado: ir a la selva, convivir y catequizar a los indígenas, lo cual Laura Montoya hizo realidad a partir de mayo de 1914, cuando fundó la Congregación de Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena, y con cinco voluntarias –entre ellas, su madre–, comenzó su misión en Dabeiba.

De ahí en adelante empezó la cosecha de las renuentes almas aborígenes, que se rendían a los pies de Laura Montoya, por su dulzura, el respeto por sus tradiciones y costumbres y los prodigios que obraba a granel como la vez que gracias a sus oraciones –a petición del indio Juan de Jesús–, una nube de langostas que tenía asolada a Dabeiba desde hacía varios años, levantó el vuelo y desapareció misteriosamente de la región o cuando en pleno velorio recobró la vida Próspero Jumí, luego de que santa Laura orara por él.

Abierta esta trocha evangélica se metió por ella y estableció casas en las cercanías de todas las comunidades nativas, se aventuró por las selvas chocoanas, fundó casas en las montañas de Uré y a pesar de sus achaques mantuvo su vigor misionero hasta que sus piernas no le dieron más y quedó atada a una silla de ruedas los últimos 9 años de su vida, que aprovechó para afirmar su congregación y escribir más de 30 libros entre los que se destaca su biografía: Historia de la Misericordia de Dios en un alma. No obstante los sufrimientos causados por su enfermedad, santa Laura Montoya, murió con alegría el 21 de octubre de 1949 y dejó una obra ejemplar que ya abarca tres continentes en los que evangelizan 940 “lauritas”. Se convirtió en la primera santa colombiana, al ser canonizada por el papa Francisco en mayo de 2013. Por eso hoy, día de su festividad, pidámosle a santa Laura Montoya, que nos dé valentía para proclamar la verdad del evangelio.

22 de Octubre

SAN JUAN PABLO II

Por lo menos 40 mil peregrinos se apostaban en la Plaza de San Pedro esa tarde radiante del 13 de mayo de 1981, para escuchar la tradicional alocución de su santidad Juan Pablo II (en audiencia general de los miércoles), que versaba sobre el nonagésimo aniversario de la Encíclica Rerum Novarum, promulgada por el papa León XIII, en 1891. Ese día tenía un matiz especial, pues se cumplían 64 años de la primera aparición de la Santísima Virgen, en Fátima, y por eso, campeaba en la explanada un espíritu festivo amenizado por grupos musicales que formaban parte de las delegaciones que provenían de todo el mundo. De pronto se escuchó una estruendosa ovación que anunciaba la aparición del pontífice a bordo del campero que le servía de papamóvil y al terminar la primera vuelta los aplausos y los vivas ensordecedores encubrieron el sonido seco de los cuatro disparos que a quemarropa le descerrajó un hombre enjuto y de mirada fría, llamado Mehmet Alí Agca, que pretendió escabullirse entre la multitud, pero fue detenido mientras el papa Juan Pablo II, sangraba y se desvanecía con una expresión de beatitud inimaginable en un hombre en esas circunstancias. Un año después, el santo Padre engarzó en la corona de la Virgen de Fátima la bala que ella desvió para salvarle la vida.

Karol Józef Wojtyla (nacido el 18 de mayo de 1920, en Wadowice, Polonia), quedó huérfano a los nueve años y para entonces ya había fallecido su hermana. En 1932, perdió a su hermano mayor y en 1941, cuando ya vivía en Cracovia, su padre –que era suboficial del ejército polaco–, murió a manos de los nazis. Hasta ese momento se había destacado como estudiante, ajedrecista y pretendía estudiar filología en la universidad de Jagellonica, pero la invasión alemana lo empujó a trabajar en canteras, en fábricas de productos químicos y aunque estaba fichado por la Gestapo, logró eludirla refugiándose en una buhardilla. Este encierro reforzó su aplazada vocación religiosa que hizo efectiva en 1943 –en plena Segunda Guerra Mundial–, al ingresar al seminario clandestino del cardenal de Cracovia, Stefan Sapieha, que lo ordenó sacerdote en su propia capilla arzobispal el 1° de noviembre de 1946 y luego lo envió a estudiar al Pontificio Ateneo Angélico de Roma, en el que obtuvo su doctorado en Teología y retornó a Polonia en donde estuvo en varias parroquias, ejerció como profesor de teología en el seminario de Cracovia y en varias universidades de las que también fue capellán.

A la par, desarrolló una valiente evangelización encubierta, debido a la persecución de que era objeto la Iglesia por el régimen comunista de la posguerra, lo que le mereció el reconocimiento del papa Pío XII, que en 1958 lo nombró obispo y en 1964, en pleno Concilio Vaticano II (en el que desempeñó un papel destacado en torno a la libertad religiosa y el ateísmo moderno) Pablo VI, lo designó arzobispo de Cracovia y tres años más tarde el mismo papa lo convirtió a sus 47 años, en el cardenal más joven del siglo XX.

Tras el breve papado de Juan Pablo I, Karol Wojtila resultó electo papa a los 58 años, el 16 de octubre de 1978. Con el nombre de Juan Pablo II, comenzó el tercer pontificado más largo de la historia (después de san Pedro y Pío IX), el primero de un no-italiano, desde Adriano VI, en 1522 y el más fructífero, pues a lo largo de los 27 años de su magisterio, Juan Pablo II acudió a 129 países en 104 viajes e hizo 144 visitas pastorales dentro de Italia; redactó 14 encíclicas; creó 232 cardenales; beatificó a 1340 personas, elevó a los altares a 483 santos –más que todos los canonizados en los cinco siglos precedentes–; sentó las bases de la iglesia moderna dándole vuelo al espíritu del Concilio Vaticano II, pero manteniendo intactos los principios milenarios del catolicismo; enfrentó con denuedo al comunismo y fue determinante en el derrumbe de ese sistema político en 1989. Además, le alcanzó el tiempo a san Juan Pablo II, para escribir varios libros, entre los cuales: Cruzando el umbral de la esperanza, Don y misterio, Tríptico romano, Meditaciones, Memorias e identidad y el de poesías: ¡Levantaos! ¡Vamos!

A pesar de padecer Parkinson y otras enfermedades derivadas del atentado que sufrió en 1981, san Juan Pablo II, se mantuvo estoicamente en la silla de san Pedro, hasta su fallecimiento ocurrido el 2 de abril de 2005 y, nueve años después, fue canonizado por el papa Francisco. Por eso hoy, día de su festividad, pidámosle a san Juan Pablo II, que nos enseñe a soportar con alegría los sufrimientos, para la gloria de Dios.

23 de Octubre

SAN JUAN DE CAPISTRANO

El imponente ejército de Mehmet II, que en 1453 se había tomado a Constantinopla, avanzaba tres años después como aplanadora hacia Hungría, cuya caída sería la puerta abierta para invadir a Europa central y por eso el papa Calixto III convocó a una Cruzada y comisionó al padre Juan de Capistrano, para que convenciera a los reyes cristianos de participar en ella, pero la mayoría de los monarcas se mostró reacia. Entonces el santo con su prédica apocalíptica, recorrió buena parte de los pueblos húngaros y reclutó a 35 mil campesinos, artesanos y siervos, que mal entrenados y con pocas armas, alcanzaron a llegar a Belgrado, cuando las huestes musulmanas ya levantaban la polvareda. Mientras esperaban a los enemigos, el padre Juan de Capistrano aprovechó para inculcarles tal fervor a sus soldados y a los de Juan de Hunyadi (el único señor feudal que lo secundó y aportó cincuenta mil hombres), que todos asistían a sus misas, se confesaban, comulgaban y rezaban el rosario. En el comienzo del asalto, la superioridad numérica de los invasores –en proporción de cinco a uno–, estaba desastillando la defensa a pesar del ardor místico de los soldados; entonces el padre Juan de Capistrano, enarbolando una cruz, parecía volar por toda la muralla animándolos, arengándolos, entonando el nombre de Jesús, levantando a los caídos y atendiendo a los heridos. Cuando la derrota parecía irreversible, ordenó la salida de las tropas cristianas, que con su intrépida arremetida, pusieron en desbandada a los moros y sólo quedaron en el campo 25 mil enemigos muertos. Después de esta batalla, los europeos pudieron dormir tranquilos ¡Gracias a Dios!

Juan de Capistrano (nacido el 24 de junio de 1386, en Capistrano, Italia), era hijo de un noble que estaba al servicio del rey Luis I, de Nápoles y por lo tanto pudo estudiar Derecho, en la Universidad de Perugia. Una vez egresado, fue nombrado juez de la ciudad y –dada su elocuencia e inteligencia–alcanzó pronto la posición de gobernador. Al poco tiempo contrajo matrimonio pero no tuvo tiempo de consumarlo, porque la misma noche de bodas, las tropas de Segismundo Malatesta, señor de Rímini, atacaron la ciudad, lo apresaron y lo encadenaron en una mazmorra en la cual permaneció varios meses, durante los cuales, reflexionó sobre la veleidad de la política y la frivolidad de la vida cortesana por lo que prometió que si salía con vida, se haría monje. Tras recobrar la libertad y obtener la anulación de su desposorio, cumplió su promesa e ingresó al convento franciscano de Perugia; en 1416 y superó con creces las ominosas pruebas a las que lo sometieron para refrendar su vocación y disipó todas las dudas dando muestras de una admirable humildad, una obediencia incondicional y una inclinación desmedida hacia el ayuno, la oración y a las crudas penitencias, sin descuidar su aplicación a los estudios, por lo cual fue ordenado sacerdote en 1420.

Dotado de una elocuencia admirable, Juan de Capistrano comenzó a predicar y en cuestión de meses ya llenaba las plazas y su verbo encendido calaba de tal forma que los oyentes quemaban frente a él, sus amuletos, libros de brujería, cartas de juego y todo aquello que pudiera –según el santo–, ser ocasión de pecado. Con un ritmo febril (algo incomprensible, por su deplorable condición física), Juan de Capistrano evangelizó en toda Europa: Alemania, Austria, Hungría, Baviera, Sajonia, Polonia, Moravia, Saboya, Borgoña y Flandes.

Además fue legado de cuatro pontífices para recomponer las relaciones de las ciudades-estados –que se mantenían en guerra permanente–, a las que unió, para formar frente común contra los musulmanes que desistieron de atacar a Europa luego de la derrota de Belgrado. Pero esa victoria cristiana le costó la vida a Juan de Capistrano porque los cadáveres insepultos en el campo de batalla originaron una epidemia de tifo que diezmó la población de Belgrado y, entre sus víctimas, estuvo san Juan de Capistrano, que murió el 23 de octubre de 1456. Fue canonizado por el papa Alejandro VIII, en 1690. Por eso hoy, día de su festividad, pidámosle a san Juan de Capistrano, que nos ayude a enfrentar a los enemigos de la fe católica.

24 de Octubre

SAN ANTONIO MARÍA CLARET

Ese día había sido particularmente duro en su sermón contra los terratenientes que explotaban sin contemplación a los esclavos en las calcinantes zafras de la isla de Cuba y los conminaba a reemplazar la dureza de su yugo –por la misericordia cristiana–, so pena de excomunión, amenaza que también extendía a los practicantes de las religiones africanas que disfrazaban a sus dioses paganos con nombres de santos y así confundían la fe de los católicos. Al culminar la Eucaristía, el arzobispo de Santiago de Cuba, Antonio María Claret, salió de la iglesia por entre los conmovidos fieles que lo aplaudían a rabiar por sus contundentes críticas. En el atrio, se dispuso a recibir el acostumbrado besamanos y un fornido mulato que aguardaba pacientemente su turno, al llegar ante el prelado, en lugar de inclinarse para besar su anillo, sacó una navaja de afeitar (barbera), y trató de rebanarle el cuello, pero como el arzobispo tenía la cabeza inclinada y se tapaba la boca con un pañuelo, la cuchillada le abrió una profunda herida que surcó su rostro de la frente al mentón, bajando por la mejilla izquierda y se extendió por el brazo. En medio de la confusión escapó el agresor y varios feligreses llevaron en andas al arzobispo Antonio María Claret a su casa, en donde los médicos, después de contener la hemorragia y hacerle la primera curación, salieron desmoralizados por la gravedad de su estado, mas el santo no perdió la compostura ni la fe, se encomendó fervorosamente a la Santísima Virgen y se durmió. Al día siguiente, que debían operarlo –cuenta san Antonio María Claret en su autobiografía–, la herida había cerrado, las glándulas salivales que le fueron rasgadas, estaban cicatrizadas y en el brazo lesionado, aparecía delineada por el filo del cuchillo, la Virgen de los Dolores, imagen que permaneció allí –como un tatuaje–, durante muchos años.

Antonio María Claret y Clarat (nacido el 23 de diciembre de 1807, en Sallent, España), creció aferrado a los libros y a la devoción mariana transmitida por Josefa, su piadosa madre; pero al cruzar el umbral de la adolescencia su padre aprovechó su aguda inteligencia y lo introdujo en el telar familiar, en el que muy pronto dominó los procesos de fabricación y estampación de las telas hasta convertirse en el maestro textil del taller y con ansias de perfeccionar sus técnicas se matriculó en la prestigiosa Escuela de Artes de Barcelona, en la que se destacó de tal forma que le llovieron ofertas de trabajo y propuestas para abrir su propio negocio, mas en el fondo de su corazón, latía el viejo anhelo de abrazar la vida religiosa y por eso a los 21 años abandonó su prometedora carrera y tomó la decisión de hacerse cartujo, eso sí, después de obtener la ordenación sacerdotal y para lograrlo ingresó al seminario de Vic; allí, adelantó con notas sobresalientes sus estudios de filosofía, teología y Sagradas Escrituras y por fin en 1835, a los 27 años, fue ungido sacerdote e intentó enclaustrarse como cartujo, pero a causa de una terrible tormenta no pudo llegar al monasterio de Montealegre.

Entonces retornó a Barcelona y fue enviado como coadjutor a la parroquia de su pueblo natal, Sallent, en donde desplegó una sorprendente capacidad oratoria que cautivó a sus coterráneos y atrajo la atención de los feligreses de toda la comarca –que acudían a escucharlo–, pero también la de los nuevos amos del poder que tras la muerte del rey Fernando VII, se apoderaron de los bienes de la Iglesia, quemaron conventos e inclusive mataron algunos clérigos, pero el padre Antonio María Claret continuó impertérrito su labor y como ardía en deseos de predicar en todas partes, pero la tenaz persecución que los religiosos sufrían en España se lo impedía, viajó a hacia Roma y en esa ciudad entró a la Compañía de Jesús, pero volvió a enfermarse y su superior le dio a entender que su misión estaba en España; entonces regresó y le asignaron la parroquia de Viladrau, en la que además de coadjutor, hizo las veces de médico y maestro.

En poco tiempo, Antonio María Claret transformó a Viladrau, en bastión de la Iglesia y su horizonte evangélico se redujo, en contraste con su ansia de esparcir la semilla de la Buena Nueva por todo el mundo. Esa oportunidad apareció providencialmente al recibir en 1841, el título de Misionero Apostólico que había solicitado durante su estancia en Roma, y libre de sus obligaciones, tomó su cayado, su breviario y a pie, por entre lodazales, climas tórridos y parajes peligrosos se dedicó a recorrer los caminos de Cataluña y por donde pasaba, dejaba una extensa estela de conversiones y milagros; entonces su fama de santo creció al compás de su celo apostólico y, así las cosas, la presencia de Antonio María Claret era reclamada en todas partes incluidas las Islas Canarias adonde viajó por invitación de su nuevo obispo, Buenaventura Codina, y en solo quince meses cambió la fisonomía religiosa de este archipiélago.

De regreso en 1849, fundó con otros cinco sacerdotes la congregación de los Misioneros del Inmaculado Corazón de María, pero cuando esa semilla apenas comenzaba a germinar, fue –a pesar de su tenaz oposición–, nombrado arzobispo de Santiago de Cuba, a finales de ese año y antes de partir, tuvo tiempo para crear la Orden de las Hijas del Inmaculado Corazón de María. En solo cinco años, le cambió la cara a la fe católica de la isla: erigió un seminario y obtuvo una sorprendente cosecha de sacerdotes; recorrió cuatro veces a pie y a caballo toda su arquidiócesis sin que se quedara por fuera ninguna parroquia ni poblado; abrió escuelas para los niños pobres; logró aliviar la terrible situación de los esclavos oprimidos por sus amos; combatió con denuedo las perniciosas influencias de las creencias africanas y por ello sufrió varios atentados de los que se salvó milagrosamente. En 1857, la reina Isabel II, lo escogió como su confesor, confidente, consejero y luego lo nombró presidente del Real Monasterio del Escorial, al que restauró y convirtió en la más prestigiosa y completa universidad católica de España, todo ello sin descuidar su razón de ser que era la predicación y por eso en los viajes con la reina, salía más gente a escucharlo a él, que a ver a la soberana.

Adelantado a su época, Antonio María Claret intuyó que la evangelización sería más efectiva mediante la divulgación del mensaje a través de libros y para el efecto escribió 81 opúsculos, 15 libros, entre los cuales El camino recto, el manual de piedad más leído del siglo XIX, y tradujo otros 27; fundó la Librería Religiosa y la Academia de San Miguel, en la que reunió a pensadores, literatos, pintores y periodistas, con los que se encargó de divulgar el pensamiento católico y lo consiguió con creces porque alcanzó a publicar más de dos millones ochocientos mil libros, otros dos millones de opúsculos y más de cuatro millones de hojas volantes, material que repartía gratuitamente y aún le quedaba tiempo para llevar una vida austera de oración, ayuno y meditación. Acosado por los enemigos de la reina –que la destronaron–, tuvo que refugiarse con ella en Francia en 1868; un año después a pesar de su precaria salud, asistió al Concilio Ecuménico Vaticano I, en el que se destacó por su fogosa defensa de la infalibilidad del papa y en el camino de regreso a París, lo sorprendió la muerte en el monasterio de Frontfroide, el 24 de octubre de 1870. Fue canonizado por el papa Pío XII, en 1950. Por eso hoy día de su festividad, pidámosle a san Antonio María Claret que nos conceda valentía para proclamar el evangelio.

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Realización: Cristian Molina