El Santo del día es el espacio donde encuentras la reseña histórica de los santos guardados en la memoria de la Iglesia Católica.

Este programa cuenta cómo cada uno de ellos ayudaron a la humanidad durante su vida. 

Conoce los Santos de esta semana del 22 al 28 de Febrero

22 de Febrero

SANTA MARGARITA DE CORTONA

Esa tarde de 1273, Margarita, fiel a su costumbre, tejía con sus criadas unos chales que repartiría al día siguiente entre varias mujeres pobres de la cercana población de Palazzi, cuando entró jadeando al aposento el lebrel que nunca desamparaba a su amante –que había salido muy temprano a visitar algunas de sus propiedades– y sin darse ningún respiro, comenzó a halar el borde del vestido de Margarita, mientras gañía lastimeramente e iba hasta la puerta y volvía a tirar del ruedo de la falda de su ama que, alarmada por la insistencia del can, lo siguió hacia las profundidades del bosque de Petrignano, hasta que el perro se detuvo en una hojarasca que había junto a un roble y comenzó a escarbar desesperadamente, dejando al descubierto el cadáver de Guillermo de Pécora, padre de su hijo, al que unos asaltantes habían asesinado. Desolada, lloró durante un buen rato y luego de rodillas le pidió perdón a Dios, porque entendió que su muerte era la señal divina que esperaba desde hacía tiempo para recomponer su vida manchada por el amancebamiento que sostenía desde hacía nueve años con el acaudalado noble feudal.

Margarita (nacida en Laviano, Italia, en 1247), era hija de un agricultor toscano llamado Tancredo de Bartolomei, quien al fallecer su piadosa esposa, volvió a casarse y entonces la áspera madrastra la emprendió contra ella –que apenas contaba ocho años– y le hacía la vida imposible, por lo que la atemorizada niña se escabullía frecuentemente y se refugiaba en las casas de sus mejores amigas, con las que aprendió el arte de la coquetería y cuando cumplió 17 años, el marqués de Montepulciano, Guillermo de Pécora, seducido por su exquisita belleza y su encanto natural, comenzó a cortejarla con espléndidos regalos y promesas de amor eterno a las que la oprimida Margarita sucumbió y se fue a vivir con él, en el opulento castillo de Montepulciano rodeada de lujos y criados dedicados exclusivamente a satisfacer todos sus caprichos.

No obstante, Margarita era infeliz, porque su condición de concubina reñía con los principios cristianos que su piadosa madre le había inculcado y por eso trataba de expiar sus culpas, distribuyendo a manos llenas dinero y bienes entre los pobres, los ancianos, los huérfanos y protegiendo con especial celo, a las mujeres abandonadas u oprimidas. Aún así, Margarita era la comidilla de las comadres y blanco de los ataques de algunos sacerdotes, que la acusaban de ser un mal ejemplo para las jóvenes del feudo y como la maledicencia era su tortura, le pedía constantemente al marqués que se casara con ella, mas él, –a pesar de que era un hombre excelente y estaba profundamente enamorado– siempre aplazaba su decisión; esa obstinada negativa de Guillermo de Pécora, hería profundamente a Margarita y le alimentaba su pertinaz idea de abandonarlo, pero tuvo que desistir cuando nació su hijo.

Por eso tras el asesinato de su amante, le prometió al Señor, que desde ese momento sólo le pertenecería a Él y para hacer realidad su juramento, le devolvió a la familia del marqués sus bienes, alhajas y todos sus vestidos, vistió un tosco sayal, tomó a su hijo y descalza emprendió el camino de su conversión, cuya primera parada fue el hogar paterno en el que su padre y su madrastra le negaron el perdón y la acogida. Sin saber qué hacer, se sentó bajo un árbol y de pronto escuchó una voz que le ordenaba presentarse ante los franciscanos de Cortona, lo cual hizo con presteza y allí la recibió el padre Giunta Bevegnati (que en el acto se convirtió en su protector, director espiritual y más tarde biógrafo) y de su mano comenzó un ardoroso apostolado con las mujeres desamparadas; asistía a las parturientas, promulgaba la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y, al cabo de tres años en 1276, adoptó el nombre de Margarita de Cortona y fue aceptada en la Orden de los Frailes Menores Franciscanos.

Con la ayuda de otras monjas que se unieron a su voluntariado, fundó la congregación de las Hermanitas Pobrecitas y abrió en 1286, un hospital –que al mismo tiempo era su convento– para atender a todos los desvalidos, pero muy especialmente a las madres en trance de parto. Así Margarita de Cortona se convirtió en el ángel de la guarda de Cortona y la fama de su misericordia, santidad y don de sanación, atrajo a peregrinos y enfermos de toda Italia, que siempre recibían su consuelo, su consejo y la salud. Debilitada por su extenuante trabajo y por la rigurosa disciplina que se impuso: ayuno permanente, penitencia constante, poco sueño y demasiada oración, Margarita de Cortona, se retiró a una casucha, junto a la iglesia de san Basilio templo –que ella misma reconstruyó– y allí murió apaciblemente el 22 de febrero de 1297. Fue canonizada en 1728, por el papa Benedicto XIII. Por eso, hoy, día de su festividad, pidámosle a santa Margarita de Cortona, que nos ayude a enmendar nuestras vidas.

23 de Febrero

SAN POLICARPO, OBISPO Y MÁRTIR

Cuando ese viernes llegaron hasta la casa en donde se había refugiado –por abrumadora petición de sus fieles– Policarpo recibió con dulzura a los soldados que iban a prenderlo, los invitó a comer y les pidió que le permitieran orar antes de salir rumbo a su martirio; dos horas después al terminar su oración, esa noche del 23 de febrero del año 155, mansamente se dejó montar en un asno y la comitiva emprendió el camino de regreso a la ciudad de Esmirna, de la que era obispo.

Policarpo, a sus 86 años, era el último testigo directo de las enseñanzas de los apóstoles de Jesús, pues en su juventud había sido discípulo del evangelista san Juan, quien precisamente lo consagró como obispo de Esmirna; por lo tanto, su predicación, clara y sencilla, procedía de la fuente más pura y auténtica del cristianismo; aparte de ello, se le consideraba –además de sabio– un santo viviente: por su mansedumbre, su humildad, por el halo luminoso que irradiaba su persona y los milagros que se suscitaban en su presencia.

Cuando ya declinaba el reinado del emperador romano Antonino Pío, se recrudeció la persecución contra los cristianos, especialmente en Asia Menor, región en la que florecía una vigorosa comunidad cristiana, que ponía en peligro el culto a los dioses romanos, entre los cuales se contaban varios predecesores del propio emperador. Así las cosas, el botín más preciado (símbolo y encarnación del movimiento), era el patriarca Policarpo; entonces al cortar esa cabeza, suponían los romanos, que el resto del cuerpo –la Iglesia–, se derrumbaría o emprendería la huida.

Cuando le prendieron fuego a la hoguera, las llamas –en forma de arco– rodeaban, pero no tocaban a Policarpo, mientras él alababa a Dios y le daba gracias por concederle el privilegio de morir mártir; como a su cuerpo no llegaba el fuego, el gobernador Quadratto ordenó que lo atravesaran con una lanza y su sangre brotó con tanta fuerza, que apagó la fogata. Por eso hoy, 23 de febrero, día de su festividad, debemos reafirmar nuestra fe –sin temor al martirio– haciendo gala de la misma valentía con que lo hizo san Policarpo.

24 de Febrero

SAN MOISÉS

Cuando golpeó dos veces la roca en Meribá, de ella brotó el agua que el pueblo demandaba airadamente y, mientras los israelitas y sus animales se saciaban, Moisés prorrumpía en amargo llanto, por haber desobedecido la orden de Dios, al golpear la piedra con la vara, en vez de hablarle como el Señor se lo había mandado. Aún así, Yahvé lo respaldó; pero al volver al tabernáculo, le dijo a Moisés que por su falta de fe y confianza en Él, no entraría en la tierra prometida y debía contentarse con verla desde un monte cercano.

A punto de morir, sentado sobre una piedra en la cima del monte Nebo, desde la que divisaba, por fin, esa tierra de leche y miel –que Dios le había prometido antes de salir de Egipto– Moisés, con lágrimas en sus ojos, recordó y agradeció todos los prodigios que el Señor obró, para liberar a Israel a lo largo de los 40 años que duró la travesía: las diez plagas, el paso del mar rojo, las victorias sobre pueblos militarmente superiores y el maná y las codornices que caían del cielo para alimentar al pueblo, entre otros. Tras hacer el repaso minucioso, arrepentirse y pedirle perdón a Yahvé, suspiró y expiró dulcemente. Y fue Dios mismo, quien lo enterró en un lugar desconocido hasta hoy.

Y es que Moisés es el único mortal que se ha dado el lujo –durante cuarenta años– de hablar con Dios de tú a tú: lo cuestionaba, le reclamaba, intercedía por su pueblo, aplacaba su ira y caminaba junto a Él. Nunca antes de Jesús, nadie estuvo tan cerca del Padre, como Moisés. Pero, para lograr esa cercanía, tuvo que entregarse mansamente a Dios y acatar su voluntad sin dilación, a pesar de su desobediencia, al final de sus días. Por eso hoy, 24 de febrero, día en el que la Iglesia celebra la festividad de san Moisés, es oportuno acercarnos confiadamente al Señor, para escucharlo, hablarle al oído –como lo hacía Moisés– y pedirle que también nos lleve a su tierra prometida.

25 de Febrero

SANTA JACINTA

Y como si fuera un apartamento de soltera, Jacinta, (nacida el 16 de marzo de 1585 y bautizada con el nombre de Clarice), llenó su celda de lujos, que contrastaban con el ascetismo y pobreza de las de sus compañeras; pues confinada por sus padres en el convento de las Terciarias Capuchinas (contra su voluntad, debido a su actitud casquivana, mundana y fiestera), reclamaba el derecho de vivir de acuerdo con su condición social, dado que pertenecía a la familia Mariscotti, que era la más rica de Viterbo (Italia) y la principal benefactora del convento. Pero cuando una extraña y dolorosa enfermedad la atacó a los 30 años, pidió al padre Antonio Bianchetti que la confesara y él se negó a escucharla –al ver la fastuosidad en la que vivía– a menos que ella renunciara a la ostentación y se arrepintiera de verdad. Y lo hizo con creces.

Obtenida su absolución, Jacinta abandonó sus vestidos suntuosos y se enfundó el hábito raído de una religiosa que acababa de morir y de rodillas les pidió perdón a todas sus hermanas, besándoles los pies. En adelante durmió sobre un tronco con una piedra como almohada y en la celda más derruida y húmeda del convento. Realizaba los trabajos más humildes y servía a los más necesitados y enfermos, a los que curaba con tanta devoción y abnegación, que pronto su santidad trascendió los muros del monasterio y enfermos de toda Italia acudían a ella y regresaban sanos a sus casas.

Jacinta siempre estaba dispuesta a asistir a los desamparados, como ocurrió en una ocasión en la que un barco zozobraba cerca de Viterbo y la tripulación la invocó para que los salvara; en medio de la tempestad apareció Jacinta sobre la proa, detuvo la tormenta y condujo la nave hasta el puerto, del que salieron los marineros hacia el convento para darle las gracias y cuando –con autorización de la superiora– entraron, la encontraron orando profundamente y no se atrevieron a interrumpirla; de pronto, sin levantar la vista, Jacinta les dijo que se fueran en paz y que le dieran gracias a Dios porque era Él, quien los había salvado. En 1640, a los 55 años, murió orando de rodillas sobre el tronco que le servía de cama y fue canonizada por el papa Pío VII, en 1807. Por eso debemos aprovechar hoy, 25 de febrero, que es el día de su festividad, para– pedirle a santa Jacinta que nos enseñe a liberarnos de la vanagloria y del boato, para que arrepentidos –como ella– podamos caminar ligeros de equipaje hacia Dios.

26 de Febrero

SAN PORFIRIO

Y cuando Porfirio estaba a punto de ser linchado por los paganos que lo señalaban como el culpable de la sequía que azotaba a Gaza, una densa nube que se había acumulado durante la procesión presidida por él, se descargó con intensidad y los campos reverdecieron. Al recuperar sus cosechas, la mayoría de los aldeanos se convirtió al cristianismo. Así culminó el enfrentamiento entre los lugareños que defendían a sus dioses y el obispo que los evangelizaba con celo, penitencia, ejemplo y humildad.

A sus 25 años, este Porfirio (nacido en el año 347), dejó atrás en Tesalónica a su familia, su herencia y se refugió en una gruta en el desierto de Esquela, en Egipto. Cinco años después se instaló en una cueva cerca al río Jordán, desde la que (a pesar de los intensos dolores que sufría a causa del reumatismo contraído por la humedad, las insanas condiciones de su gruta y la magra alimentación que ingería), iba todos los días a los lugares santos de Jerusalén para orar y meditar. Su devoción y piedad empezaron a ser admiradas por los peregrinos que acudían a él, buscando consejo y salud.

Sin pedirle consentimiento, el obispo de Jerusalén lo ordenó sacerdote a los 40 años y poco después, en el año 393, fue consagrado –contra su voluntad– obispo de Gaza, población a la que llegó en medio de las protestas de los paganos, pero su mansedumbre se impuso y tras la rogativa con la que logró el milagro de la lluvia, consiguió la conversión de toda la ciudad y sobre las ruinas de los templos paganos, que la misma gente destruyó, construyó varias iglesias que, en pocos años, ya no daban abasto para contener la devoción de los nuevos cristianos.

Durante muchos años fue formando sacerdotes abnegados que multiplicaron las conversiones y el 26 de febrero del 420, rodeado de sus fieles, murió en olor de santidad e inmediatamente lo convirtieron en patrono de Gaza y sus milagros no se hicieron esperar; desde entonces cuando aparecen las sequías, al ser invocado san Porfirio, regresa el agua. Por eso hoy, día de su festividad, deberíamos pedirle a san Porfirio, que por su intercesión, Dios calme esta sequía espiritual que agobia al mundo y con su agua de vida, reverdezca nuestros corazones.

27 de Febrero

SAN GABRIEL DE LA DOLOROSA

Cuando regresaba de una cacería se encontró en el camino a un grupo de Camisas Rojas –seguidores del revolucionario italiano Garibaldi–, que pretendía tomarse a Spoleto, pero Francesco Possenti (nacido en Asís, Italia, el 1° de marzo de 1838), sin arredrarse, lo detuvo y disparó su escopeta con tal precisión, que la bala desarmó al jefe; con esta acción temeraria disuadió a los rebeldes y la ciudad se salvó. Ese era el talante de Francesco, un joven que siempre se destacaba por su sonrisa franca, su elegancia y sus dotes de actor y bailarín. Todo esto hacía suponer que sería un hombre veleidoso, pero en su interior, se debatía entre el éxito mundano y una extraña sed espiritual.

Y aunque Francesco Possenti coqueteaba con Dios y le prometía dedicarle su vida, pronto se olvidaba de Él y volvía a sus andadas, hasta que después de la muerte de su amada hermana María Luisa –que reemplazó a su madre fallecida cuando el niño contaba cuatro años–, las dudas sobre su vocación desaparecieron: en la tradicional procesión anual de la Sacra Icona, la antigua imagen de la Virgen –llevada en andas–, se quedó mirándolo fijamente por unos instantes y con inefable dulzura, le dijo: “Tú no estás llamado a seguir en el mundo. ¿Qué haces pues, en él?” Al día siguiente, el 10 de septiembre de 1856 –a sus 18 años–, ingresó al convento de los Pasionistas, en Morrovalle, y cambió su nombre por el de Gabriel de la Dolorosa.

Entregado en alma y cuerpo a la Virgen María, Gabriel de la Dolorosa asumió con tal determinación su nueva vida, que sus compañeros y superiores se quedaban admirados de su devoción y celo: oraba todo el tiempo, realizaba los oficios más humildes, ayunaba permanentemente y sometía su cuerpo a duras penitencias. La dureza de su disciplina al fin cobró su precio: después de recibir en 1861, las órdenes menores, enfermó de tuberculosis y se fue apagando lentamente, hasta que al amanecer del 27 de febrero de 1862, rezando el rosario, Gabriel de la Dolorosa esbozó una sonrisa plena y expiró dulcemente a sus escasos 24 años.

El papa Benedicto XV al proclamarlo santo, el 13 de mayo de 1920, lo designó como el “Santo Patrono de los Jóvenes”. Por eso hoy 27 de febrero, día de su festividad, queremos invitar a todos los jóvenes a caminar junto a san Gabriel de la Dolorosa y vivir como él, aceptando –según sus palabras– que: “La perfección no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en hacer bien lo ordinario”.

28 de Febrero

SAN LEANDRO

Muerto el rey visigodo, Leovigildo, que había impuesto un férreo molde arriano a la Iglesia de la España medieval, su hijo Recaredo, que lo sucedió en el trono, decidió enfrentar con firmeza esa herejía que se aferraba como sanguijuela a sus privilegios obtenidos durante el reinado de su padre y para el efecto acudió a su mentor, Leandro, arzobispo de Sevilla, que lo había catequizado pero no bautizado, para evitar que corriera la misma suerte de Hermenegildo, su hermano mayor, al que Leovigildo había ejecutado por haberse convertido al catolicismo. Entonces, Leandro le propuso la realización de un concilio, al que por orden del soberano (en aquella época los reyes tenían la prerrogativa de convocar a los prelados), tuvieron que asistir todos los obispos del reino.

Presidido por el arzobispo Leandro y por Mausona –obispo de Mérida y el de mayor antigüedad–, comenzaron las deliberaciones del III Concilio de Toledo, el 4 de mayo del año 589 y, aunque la facción arriana era mayoría y quería dar la pelea, tras varios días de acaloradas discusiones dogmáticas en las que Leandro había permanecido callado, por fin tomó la palabra y su exhortación fue tan sentida, brillante, elocuente y profunda que los asistentes –entre quienes también se contaban los nobles y dignatarios de la corte–, prorrumpieron en llanto. Al terminar su intervención el rey Recaredo se levantó, abjuró de la confesión arriana, oficialmente abrazó la fe católica, juró lealtad al papa y, tras él, todos los presentes –incluidos los obispos arrianos más recalcitrantes–, hicieron lo propio. En cuestión de semanas, todo el pueblo instruido por sus pastores volvió al seno de la Iglesia católica y desde entonces, España se transformó en el bastión de la cristiandad.

Leandro (nacido en Cartagena, España, en el año 535), era hijo de Severino, alto dignatario del imperio romano, que por exigencias de su cargo, tuvo que emigrar a Sevilla, ciudad en la que Leandro adelantó sus estudios formales y en ellos se destacó por su aguda inteligencia, don de gentes y liderazgo, cualidades que aprovechó –tras la temprana muerte de su padre–, para educar a sus hermanos menores, que hoy forman parte del santoral católico: Fulgencio, que llegó a ser obispo de Ecija; Florentina, que fue abadesa benedictina, y el gran Isidoro de Sevilla, que lo sucedió a él, en el arzobispado sevillano. Una vez liberado de esa obligación ingresó a un monasterio, con la idea de dedicarse a la oración, la meditación y el ayuno, pero incapaz de callarse ante los arrianos, escribió contundentes argumentos para demostrar la falsedad de sus ideas, lo que derivó en su elección como obispo de Sevilla, en el año 578.

Dado que el Arrianismo había permeado todos los ámbitos del reino, el arzobispo Leandro creó una escuela en la que además de enseñar las materias habituales (latín, retórica, gramática, matemáticas, filosofía, etc.), desplegó una eficaz defensa de la fe católica mediante brillantes escritos teológicos contra la herejía arriana y realizó una convincente evangelización que logró sus mayores frutos con la conversión del príncipe Hermenegildo –gobernador de Sevilla, en ese momento–, que resueltamente desafió la autoridad de su padre el rey Leovigildo, que era un arriano convencido y por eso lo condenó a muerte y de paso desterró a Leandro, al que acusó de ser el instigador de la sublevación de su hijo. Durante su exilio en Constantinopla, Leandro trabó una profunda amistad con el futuro papa Gregorio Magno (que actuaba como embajador del papa Pelagio, en la corte bizantina), relación de la que se nutrieron doctrinalmente estos dos colosos, indiscutibles puntales de la Iglesia, en la edad media.

En el 585, Leandro volvió a Sevilla, cuando el carácter del irascible Leovigildo se había atemperado y de hecho el mismo monarca, le pidió que se encargara de la educación del nuevo delfín, el príncipe Recaredo, al que moldeó espiritualmente de tal forma, que cuando ascendió al trono tras la muerte de su padre y con la ayuda de Leandro, recuperó a todo el pueblo español para la fe católica. A continuación Leandro se dedicó a reforzar su escuela teológica y en ella formó una notable generación de sacerdotes y obispos, construyó parroquias, monasterios y diferentes obras sociales concebidas para ayudar a los pobres; a la par con esa intensa actividad pastoral, Leandro mantenía sus costumbres de monje y observaba estrictamente las reglas monacales basadas en la intensa oración, ayuno, penitencia y disciplina corporal, excesos que al final menguaron su salud y el 13 de marzo del año 601, murió en olor de santidad en su amada Sevilla. Fue canonizado por el papa Sixto V, en 1585. Por eso hoy, 28 de febrero, día de su festividad, pidámosle a san Leandro, que nos muestre el camino de la verdadera conversión.

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Realización: Cristian Molina