El Santo del día es el espacio donde encuentras la reseña histórica de los santos guardados en la memoria de la Iglesia Católica.

Este programa cuenta cómo cada uno de ellos ayudaron a la humanidad durante su vida. 

Conoce los Santos de esta semana 17 al 23 de Enero

17 de Enero

SAN ANTONIO ABAD

Ya mediaba la estación seca y los cocodrilos que infestaban el canal de Arsínoe estaban listos para aparearse y por eso su agresividad crecía, en la misma medida en que aumentaba la cantidad de machos que cortejaban a las pocas hembras disponibles y para obtenerlas se enzarzaban en sangrientas e interminables luchas, de ahí que quienes intentaran cruzar por ese campo de batalla serían inexorablemente despedazados por los temibles pretendientes. Así las cosas, los avezados barqueros se negaban a transportar a los viajeros por muy urgidos que estuvieran, pero la tenaz resistencia de los boteros, no detuvo esa tarde estival Antonio Abad, que ignorando las reiteradas advertencias de los experimentados navegantes, se adentró en el estrecho a paso firme y mientras caminaba sobre las aguas, comenzaron a cercarlo los feroces cocodrilos, mas cuando estaban a punto de abalanzarse sobre él, Antonio Abad los atajó con su mano e instantáneamente se aquietaron y le hicieron calle de honor hasta que alcanzó la otra margen. Una vez a salvo en la orilla y sin mirar atrás, Antonio Abad continuó su viaje hacia el monasterio cercano en el que debía instruir a unos monjes novicios; entretanto, los frenéticos galanes reanudaron la batalla campal.

Antonio Abad (nacido en Egipto, en el 251), provenía de una acomodada familia campesina, cuyos padres murieron antes de que cumpliera 20 años y por lo tanto heredó una considerable fortuna que repartió entre los pobres (luego de escuchar aquel texto del capítulo 19, versículo 21, del evangelio de Mateo, en el que Jesús dice: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; después, ven y sígueme”) y la parte correspondiente a su pequeña hermana, se la entregó en fideicomiso a la superiora de un convento cercano, para que se encargara de su protección y educación; luego emprendió el camino hacia el silencio, la soledad y la oración en un yermo de la periferia del pueblo y allí comenzó a frecuentar a un anciano ermitaño que le enseñó a leer, lo introdujo en las Sagradas Escrituras, lo instruyó en las bases de la contemplación, la oración, el ayuno y la mortificación corporal; cuando consideró que su aprendizaje era suficiente se alejó aún más, se enclaustró en un cementerio abandonado, dormía en un sepulcro y durante mucho tiempo permaneció encerrado allí. Cuenta su biógrafo san Atanasio, que en ese lapso libró una dura batalla contra el maligno que lo castigaba físicamente, le tendía toda suerte de trampas, trataba de seducirlo con la aparición de hermosas y seductora mujeres, le ofrecía dinero, poder y cuando no cedía a sus instigaciones lo apaleaba, arrastraba y lo dejaba al borde de la muerte, pero Antonio Abad, nunca cedió un palmo de su fe y confianza en Dios.

Más adelante se mudó a un escarpado fortín abandonado en el corazón del desierto, tapió su puerta y en los siguientes veinte años, Antonio Abad no tuvo contacto con ningún ser humano y solo recibía una exigua porción de pan que un conocido suyo le lanzaba por encima del muro cada tanto; más su paz se vio turbada por un creciente grupo de jóvenes que deseaban imitarlo y desde afuera le pedían a gritos que los dirigiera espiritualmente y de tanto escucharlos decidió aceptarlos, salió de su cubil, les permitió construir sus propias celdas en las cercanías de su fortín, los reunía semanalmente para instruirlos y así se convirtió en el padre del movimiento monacal, pues en cuestión de pocos años el desierto quedó sembrado de austeros monasterios dirigidos por Antonio Abad y el modelo de vida y las reglas instauradas por él rigieron los destinos de todos los conventos medievales y fueron el referente de las constituciones y reglamentos de las principales congregaciones y órdenes religiosas fundadas desde entonces. A pesar de su senectud, tuvo arrestos para saltar a la palestra de Alejandría, en la que combatió con denuedo y argumentos sólidos a los arrianos que por entonces empezaban a abrir brechas en las trincheras cristianas, convirtió a muchos de ellos y retornó a su fortín del monte Kolzim, cerca del Mar Rojo, en el que murió el 17 de enero del año 356, cuando contaba 105 años. Por eso hoy, día de su festividad, pidámosle a san Antonio Abad, que nos dé paciencia y fortaleza para perseverar en la oración.

18 de Enero

SAN JUAN DE RIBERA

Tras conocer la noticia de su designación como arzobispo de Valencia, Juan de Ribera hizo un inventario de sus pertenencias (bienes, dinero, alhajas) y las repartió entre los pobres de su amada diócesis de Badajoz. Para evitar su propia tristeza y el dolor que para sus feligreses suponía su partida, emprendió el camino al amparo de la noche y solamente hizo un alto en Sevilla, para visitar a su padre y recabar de él algunos recursos que le permitieran sufragar los gastos del viaje hasta su nueva arquidiócesis, a la que después de varios días de marcha también llegó al anochecer y con el fin de eludir los festejos que le tenían preparados, se detuvo en el Convento del Socorro de San Agustín, en los arrabales de la ciudad, dentro de la cual, sus habitantes, al saber que no llegaría esa noche, prefirieron realizar una vigilia espontánea en las calles y templos, estimulados por la fama de santidad de su nuevo pastor y reforzada –según consta en actas notariales conservadas en el archivo histórico de la comunidad valenciana–, por el evento sucedido el día anterior cuando a la catedral –en la que el clero arquidiocesano oficiaba un Tedeum, en acción de gracias por la llegada de Juan de Ribera–, entró un enorme toro hasta el altar mayor, se detuvo ante él, luego recorrió al trote la nave de los apóstoles, dio la vuelta por el portal de la Trinidad y salió del templo rumbo al río Turia, en donde se perdió y repuestos de la confusión, los fieles que llenaban la iglesia, hicieron toda clase de conjeturas sobre el significado de la visita del astado y sus dudas fueron despejadas por el superior de los jesuitas que presidía la ceremonia, quien en su sermón afirmó que ese toro representaba al protestantismo que desafiaba a la Iglesia católica, pero aunque intentara atacarla, allí en Valencia –en donde ya estaba penetrando ese movimiento–, sería vencido por la sabiduría y unción del nuevo arzobispo, Juan de Ribera. Y en efecto así fue.

Juan de Ribera (nacido en Sevilla, España, el 27 de diciembre de 1532), era hijo de Perafán de Ribera, duque de Alcalá, virrey de Cataluña y virrey de Nápoles, que debido a su temprana viudez se apersonó de la formación del pequeño y dada su encumbrada posición social –con la idea de que fuera su heredero político–, lo matriculó desde muy temprano en la universidad de Salamanca (la más prestigiosa de España), en la que Juan de Ribera se destacó por su prudencia, ponderación, vida piadosa y su aguda inteligencia que le permitió adquirir vastos conocimientos de humanística, literatura, retórica, metafísica, jurisprudencia y filosofía; se graduó como bachiller en artes y obtuvo el título de doctor en teología, en mayo de 1554, e inmediatamente fue nombrado catedrático de Salamanca, pero pudo más su vocación religiosa y antes de cumplir los 30 años, con el incondicional apoyo de su padre, Juan de Ribera recibió la ordenación sacerdotal.

Al poco tiempo por solicitud del rey Felipe II, el papa Pío IV, lo nombró en mayo de 1562, obispo de Badajoz y sin perder tiempo preparó a sus sacerdotes para enfrentar el protestantismo que penetraba furtivamente en su jurisdicción; puso las rentas diocesanas a disposición de los pobres pero como no eran suficientes, vendió las vajillas de su casa, los manteles, cortinas y en general todo lo que pudiera ayudar a la manutención de los desvalidos; visitó todas las parroquias y a los curas les ordenó que los dineros recolectados en sus iglesias debían ser utilizados para socorrer a los necesitados y les exigió que permanecieran de tiempo completo en sus sedes. Luego de cinco años de encomiable labor, en 1568, el papa Pío V, lo designó como Patriarca Latino de Antioquía y dos meses después, lo elevó a la dignidad de arzobispo de Valencia.

Aunque el peso de sus responsabilidades en la nueva arquidiócesis era mucho mayor, Juan de Ribera mantuvo su rígida austeridad cotidiana que contemplaba largas jornadas de oración, ayuno constante, muy pocas horas de sueño y extenuantes sesiones de escritura en las que consignaba sus reflexiones, (más adelante compiladas en 91 volúmenes compuestos por más de noventa y un mil páginas) producto de las 2.715 visitas pastorales que hizo a sus 290 parroquias entre 1569 y 1610; realizó siete sínodos que le permitieron implementar las directrices del Concilio de Trento; fundó y regentó personalmente el Real Colegio Seminario Corpus Christi, del que egresaron varios cardenales, arzobispos, obispos y decenas de sacerdotes. Además Juan de Ribera sacaba tiempo para impartir el catecismo a los niños en trance de hacer su primera comunión y como si fuera poco tan ingente labor, en 1602, el rey Felipe III, lo designó virrey y capitán general de Valencia.

Concentrados en sus manos los poderes religioso y civil, Juan de Ribera se dedicó a mejorar la calidad de vida de los valencianos: emprendió ambiciosas obras públicas, impulsó la construcción de hospitales, escuelas y hospicios para desamparados, creó tribunales integrados por jueces justos y probos que impartían justicia con equidad que él supervisaba personalmente; depuró las costumbres disolutas: prohibió los juegos de azar, cerró los burdeles y combatió el adulterio. Construyó 33 conventos, un crecido número de iglesias y logró erradicar el protestantismo.

Después de 42 años de sabio episcopado y ocho de pulcrísima administración virreinal, san Juan de Ribera, falleció en olor de santidad, a los 78 años, el seis de enero de 1610. Fue canonizado por el papa san Juan XXIII, en 1960. Por eso hoy, 18 de enero, día de su festividad, pidámosle a san Juan de Ribera, que nos enseñe a invertir bien nuestro tiempo en la obra del Señor.

19 de Enero

SAN MACARIO DE ALEJANDRÍA

Acuciado por el deseo de perfeccionar la rigurosidad de su disciplina diaria, el ermitaño Macario de Alejandría se disfrazó de campesino y emprendió el camino hacia el monasterio de Tabennisi, que tenía fama de ser el claustro más severo e inflexible del incipiente movimiento monacal y por lo tanto quienes fueran capaces de adaptarse a la inclemencia de sus preceptos podrían dominar sus debilidades y alcanzar el ideal de la vida eremítica, pero sus esperanzas se desvanecieron porque –quien lo recibió–, el abad Pacomio, consideró que su edad y apariencia daban la impresión de que no podría soportar tal austeridad. Entonces, Macario de Alejandría se sentó en las afueras y durante siete días oró en profundo silencio mientras desde adentro lo observaban atentamente; al terminar la semana, el mismo san Pacomio le permitió entrar –temporalmente–, pero le advirtió que tenía las mismas obligaciones de los demás: disposición para soportar toda suerte de mortificaciones corporales, obediencia absoluta, oración constante y trabajo sin descanso.

Justamente su llegada coincidió con el comienzo de la cuaresma, lapso en el que los monjes estaban obligados a ayunar la mayor cantidad de días posibles y ninguno pasaba de cuatro, sin probar alimentos, pero a pesar de su aparente fragilidad, Macario de Alejandría ayunó los cuarenta días –solo comía un pequeño manojo de yerbas y dos sorbos de agua los domingos– y mientras oraba sin pausa, trabajaba de sol a sol fabricando cestos. Al finalizar este período de prueba, los asombrados anacoretas, le pidieron al abad Pacomio que lo retirara de la comunidad porque a juicio de todos, el extraordinario ejemplo del desconocido ermitaño desanimaría al resto que no sería capaz de emularlo y por lo tanto muchos abandonarían el monasterio. Acosado por sus subalternos, pero regocijado por el santo que Dios le había enviado, Pacomio no sabía si acogerlo o enviarlo de vuelta a su gruta; entonces mediante la oración pudo dilucidar el asunto, pues en sueños le fue revelada la identidad del extraño eremita y al saber que era Macario de Alejandría, le dijo que allí no aprendería nada y por el contrario desde su retiro podría ayudar al crecimiento de muchos. Así las cosas, Macario de Alejandría emprendió el regreso y desde ese momento se convirtió en el faro del desierto monástico de Egipto.

Macario nació en Alejandría, en el año 300 y orientado por su madre se inclinó desde muy temprano hacia la oración y el silencio, pero la necesidad de aportar a la precaria economía familiar lo indujo a trabajar como pastelero; aunque la profesión era lucrativa, pudo más su sed de Dios y antes de cumplir los 30 años se retiró al Alto Egipto y allí en el desierto de la Tebaida, comenzó su vida de ermitaño de la mano de san Antonio Abad, quien por esa época se encontraba en ese sitio compartiendo con san Pablo Ermitaño, decano de los anacoretas de la región. Una vez adquiridas las bases necesarias Macario de Alejandría se trasladó al Bajo Egipto y se instaló en una gruta del desierto de Celles, en donde se impuso una disciplina tan drástica que –de acuerdo con su biógrafo el monje Paladio–, ni los más experimentados eremitas se le medirían: durante siete años solo comió raíces amargas, una vez al día, acompañadas de dos sorbos de agua y en los tres años siguientes su dieta consistió en tres onzas diarias de pan untadas de aceite; trabajaba en la tierra o confeccionando cestos sin descansar un solo instante; por la noche, después de orar de rodillas sobre un lecho de ásperas piedras hasta la madrugada, se acostaba en él y antes de despuntar el sol, Macario de Alejandría ya estaba de nuevo orando.

Su ejemplo de vida atrajo a muchos monjes que se acomodaban en cuevas cercanas o construían sus propias celdas independientes esparcidas en ese erial y Macario de Alejandría –después de ser ordenado sacerdote a pesar de que se consideraba indigno de ese honor– los guiaba y se reunía con ellos para celebrar la eucaristía los fines de semana.

Cuenta su biógrafo, el monje Paladio, que aunque la vida espiritual de Macario de Alejandría era admirable, él se sentía inútil y por eso decidió viajar a Roma, para dedicarse a cuidar enfermos y atender a los más abandonados, pero cuando estaba a punto de partir, entendió que su decisión no era más que un secreto deseo de que se le reconociera su virtud y santidad, entonces para expiar su pecado de soberbia, se echó al hombro dos sacos de arena y con ellos caminó veinte días por el desierto, sin descansar, hasta que sintió que había vencido su vanidad. En adelante se retrajo mucho más; no obstante, la fama de su santidad llegó a oídos de Lucio el obispo arriano de Alejandría, que lleno de envidia lo desterró a una pequeña isla del delta del Nilo, en compañía de Macario el Viejo –otro de los padres del desierto, con el que Macario de Alejandría sostenía desde hacía muchos años una relación de amistad y consejería espiritual– y entre ambos catequizaron a todos sus habitantes.

Al enterarse el obispo Lucio de lo que habían hecho, los devolvió a sus grutas y en la suya san Macario de Alejandría, continuó siendo el faro del desierto monástico de Egipto, hasta que a los 94 años se apagó, en el año 394. Por eso hoy 19 de enero, día de su festividad, pidámosle a san Macario de Alejandría, que nos ayude a dominar nuestra soberbia espiritual.

20 de Enero

SAN FABIÁN Y SAN SEBASTIÁN

Después de vender su cosecha en el mercado romano, Fabián se disponía a volver a su granja en las afueras de Roma, pero sus amigos lo convencieron para que los acompañara a la asamblea permanente en la que el clero y los fieles debían elegir al nuevo papa que reemplazaría a san Antero, que a principios de ese mes de enero del año 236, había sido condenado y ejecutado por orden del emperador Maximino Tracio y como ese martirio pesaba en el ánimo de los candidatos que temían correr la misma suerte, los escogidos preferían hacerse a un lado, lo que de hecho desesperaba a los electores y desconcertaba a la grey, que huérfana de pastor, se sentía más vulnerable que nunca ante la permanente persecución desatada por el Estado contra los seguidores de Cristo.

A pesar de que era un buen cristiano, Fabián aceptó la invitación, más por curiosidad que por convicción, pero al llegar a la explanada en la que deliberaban los asambleístas, se sintió sobrecogido por la piedad con la que todos los presentes oraban a Dios pidiéndole que les enviara al pastor más idóneo, entonces, Fabián cerró los ojos, se unió fervorosamente a esas plegarias y permaneció embebido en ellas un buen rato hasta que sintió un aleteo sobre su cabeza y al abrir los ojos observó que una paloma revoloteaba a su alrededor, lo que la asamblea interpretó como una señal del cielo e inmediatamente lo proclamaron papa y este humilde granjero sin oponer resistencia, fue ordenado –ese mismo día–, sacerdote, obispo y entronizado como el vigésimo papa de la historia.

Sin perder tiempo Fabián (nacido en Roma, en el año 200), puso manos a la obra, porque la incipiente Iglesia no contaba con una organización eficiente y por eso dividió la ciudad en siete distritos eclesiásticos y al frente de ellos puso como administradores a igual número de diáconos que a su vez se apoyaban en otros tantos subdiáconos que se encargaban de distribuir las ayudas entre los pobres y llevar un registro minucioso de los mártires, (que incluía los datos más relevantes de sus vidas y las torturas sufridas) y además tenían que inhumarlos en las catacumbas. Instituyó las cuatro órdenes menores: Ostiariado, Lectorado, Acolitado y Exorcistado; consagró a siete obispos entre los cuales a san Denis, a quien encargó de la evangelización de las Galias (actual Francia) y prohibió los matrimonios consanguíneos hasta el quinto grado.

En los 14 años de su pontificado, floreció la Iglesia: adquirió la fisonomía jerárquica que aún mantiene y las características administrativas que todavía la rigen y como su labor había robustecido la estructura de la Iglesia y acrecentado el número de prosélitos, el emperador Decio, acuciado por el temor de que la comunidad cristiana se estuviera convirtiendo en un estado dentro del estado, ejecutó el 20 de enero del año 250, al papa Fabián, porque consideró que cortándole la cabeza a él, se derrumbaría la Iglesia, pero se equivocó, pues la devoción suscitada por su martirio, preparó a los seguidores de Cristo para afrontar con valentía la abominable persecución que más adelante desató contra ellos Diocleciano.

Seis años después de la muerte de san Fabian, nació en Narbona, Sebastián, un joven aristocrático que educado para la milicia, obtuvo por su valentía y liderazgo una plaza de oficial del ejército imperial cuando apenas contaba 18 años y en poco tiempo escaló en la jerarquía militar hasta convertirse en comandante de la primera cohorte pretoriana, que era el cuerpo élite encargado de proteger la vida del emperador, privilegio que Sebastián, aprovechaba para cuidar, defender y catequizar a sus hermanos cristianos que, caídos en desgracia, esperaban la muerte en las lóbregas mazmorras de los sótanos del palacio de Diocleciano, que acababa de promulgar la terrible ley que decretaba una persecución general contra los seguidores de Cristo y autorizaba a los funcionarios encargados de la oprobiosa tarea, para que utilizaran todas las torturas, suplicios y tormentos que conocieran o que se ingeniaran los que a bien tuvieran, con tal de que los condenados sufrieran indeciblemente.

A pesar de que Sebastián sabía a lo que se exponía continuó consolando a los condenados y sus palabras de aliento reforzaban la temeridad de los reos que aceptaban la muerte en el nombre de Cristo con alegría y gracias a las intervenciones de Sebastián, varios nobles convertidos por él: los hermanos Marcos y Marcelino, Cástulo y Tiburcio, Claudio –prefecto de la ciudad– su esposa y sus dos hijos afrontaron el martirio con dignidad y euforia.

Naturalmente su osadía no pasó inadvertida y denunciado por algunos de sus compañeros, Sebastián fue llevado ante Diocleciano, para el que su audacia era una traición dado que lo tenía entre sus hombres de confianza y así las cosas, con mayor razón, debía pagar con su vida la felonía cometida. Entonces lo condenó a ser asaeteado y para el cumplimiento de la sentencia fue llevado a las afueras de Roma, atado a un árbol y después de acribillado a flechazos, sus verdugos lo dieron por muerto y abandonaron el lugar, pero un grupo de piadosos cristianos que estaban atentos a la ejecución, comprobaron que Sebastián estaba vivo, entonces lo escondieron en el palacio de una noble romana llamada Irene, quien lo cuidó con abnegación hasta que se recuperó y aunque le aconsejaron que abandonara la ciudad, decidió encarar al emperador y cuando éste presidía un sacrificio en el templo de Júpiter, Sebastián interrumpió la ceremonia e increpó a Diocleciano, por la injusta y cruenta persecución de sus hermanos de la fe y aprovechó para reafirmar su condición de seguidor de Cristo.

El tirano, que lo daba por muerto, se asustó en principio y luego en un acceso de ira, ordenó que fuera azotado hasta morir en el hipódromo Palatino, y glorificando a Dios frente a la multitud que colmaba el coliseo, san Sebastián, exhaló su último suspiro el 20 de enero del año 288, cuando apenas contaba 32 años. Como la muerte de estos dos mártires coincidió en la misma fecha con 38 años de diferencia, la Iglesia declaró al 20 de enero como el día de la festividad de ambos santos y por eso, hoy, pidámosles a san Fabián y a san Sebastián, que nos ayuden a mantener intacta nuestra fe, cuando ella peligre.

21 de Enero

SANTA INÉS

En vista de que ni los halagos ni las amenazas quebraron la voluntad de la virtuosa Inés, el prefecto romano, Sinfronio, padre del pretendiente rechazado, decidió confinarla en un prostíbulo con el fin de que los jóvenes sementales romanos pudieran disponer de su virginidad –que ella le había entregado a Cristo– y para lograr el privilegio de desflorar a la más hermosa y casta doncella de la ciudad, hicieron fila desde la madrugada y la puja por ser los primeros se convirtió en un problema de orden público al verla llegar solo vestida por su exuberante cabellera (que según las narraciones de san Ambrosio, san Dámaso y el poeta Prudencio, milagrosamente creció hasta cubrir todo su cuerpo, pues el desalmado funcionario la hizo desfilar desnuda por las calles romanas), rompieron la puerta del lupanar e ingresaron atropelladamente.

El primero que logró traspasar el umbral de la habitación en donde confinaron a Inés, salió demudado y lo mismo le pasó a los siguientes, pues –de acuerdo con las narraciones de estos cronistas–, todos se quedaban encandilados y paralizados por la hermosura de la joven que rodeada de un deslumbrante halo de luz, lucía una radiante túnica blanca con la que un ángel la había vestido, pero un osado mancebo que no se dejó intimidar por los relatos de sus compañeros, se abalanzó sobre ella e inmediatamente cayó muerto; mas Inés, apiadada de él, oró fervientemente y al instante el atrevido mozalbete resucitó. Aunque los presentes cayeron de rodillas ante este milagro, pudo más el odio del prefecto Sinfronio, que la condenó a muerte.

Inés (nacida en el año 291, en Roma), aunque de origen noble, se inclinó hacia el cristianismo a muy temprana edad estimulada por una criada que clandestinamente la catequizó y fue tal su piedad, que a los doce años hizo votos de castidad perpetua. Dada su hermosura, discreción y pulcritud, se posaron en Inés las miradas de los herederos de las familias más distinguidas de la ciudad, entre los cuales el hijo del prefecto de Roma, Sinfronio, quien al conocerla se enamoró perdidamente de ella y aunque trató de seducirla con regalos suntuosos, le propuso matrimonio, le ofreció palacios y le prometió una rica dote para sus padres, lo rechazó tajantemente y cuando su insistencia se le hizo insoportable, Inés le confesó que su virginidad le pertenecía solamente a Cristo. Entonces el frustrado pretendiente la acusó de ser cristiana, ante su padre (nombrado poco antes por Diocleciano, como el máximo ejecutor de la persecución decretada por el cruel emperador contra los seguidores de Cristo), que ni corto ni perezoso, la mandó a comparecer ante él, e intentó cautivar a Inés con riquezas y honores para que abjurara de su fe y se casara con su hijo más la valiente doncella se mantuvo firme.

Entonces el prefecto Sinfronio ordenó que fuera llevada al prostíbulo más famoso de Roma para deshonrarla, pero de allí, milagrosamente, Inés salió indemne. Como su popularidad se tradujo en un crecido número de conversiones y ello fortificaba al movimiento cristiano, el despiadado persecutor la envió a la hoguera cuyas llamas no le hicieron daño y al ver esto, la hizo decapitar el 21 de enero del año 304, cuando Inés apenas contaba 13 años.

Por el hecho de que fuera degollada y su nombre proviniera del término “agnus”, que en latín significa cordero, la comunidad cristiana tomó su martirio como la inmolación del cordero pascual y de este simbolismo nació la costumbre de bendecir el día de su festividad a los corderos de los que se esquila la lana con la que se tejen los palios que lucen el papa, los arzobispos y los patriarcas de la Iglesia católica. Por eso hoy, 21 de enero, pidámosle a santa Inés, que sostenga nuestra fe en los momentos de duda y confusión.

22 de Enero

SAN VICENTE, diácono y mártir

A pesar de estar recostado sobre un lecho de piedras puntiagudas, con sus pies atrapados en agobiantes cepos, su cuerpo descoyuntado, flagelado, desgarrado, en carne viva y con severas, quemaduras, las exultantes alabanzas a Dios, que entonaba la voz estentórea del diácono Vicente, rompían la espesa oscuridad, el silencio opresivo y la fetidez de la sórdida mazmorra en la que por venganza lo había confinado su torturador, el airado prefecto Daciano, a quien había humillado al decirle: “Te engañas, hombre cruel, si crees afligirme al destrozar mi cuerpo. Hay dentro de mí un ser libre y sereno que nadie puede violar. Tú intentas destruir un vaso de arcilla, destinado a romperse, pero en vano te esforzarás por tocar lo que está dentro, que sólo está sujeto a Dios”, y justamente esa respuesta que recordaba en la negrura de su celda, le daba más fuerzas, confianza y alegría para seguir cantando salmos y glorificando a Dios con fruición.

Cuando más embebido se encontraba en sus cánticos, un coro de ángeles comenzó a acompañarlo en sus canciones y poco a poco se fue inundando de luz el lóbrego calabozo, las cortantes lajas se transformaron en suaves y olorosos pétalos que mitigaron sus tormentos y las melodías angelicales se convirtieron en un anticipo de la gloria celestial que Nuestro Señor Jesucristo le reservaba como premio a su fidelidad. Al enterarse Daciano de lo que estaba sucediendo, ordenó –para que se recuperara con el fin de que resistiera la próxima tanda de refinados suplicios–, que lo trasladaran a una habitación cómoda, pero una vez instalado en una mullida cama, el diácono Vicente murió en la paz del Señor.

Vicente (nacido en Huesca a finales del siglo III), era el primogénito de un alto funcionario del imperio romano, que lo tenía destinado a la política, pero su piadosa madre le confió su formación al obispo de Zaragoza, Valerio, quien estimuló su vocación religiosa con emotivos relatos sobre las vidas de los mártires, luego lo orientó en el estudio de las Sagradas Escrituras y una vez preparado le confirió el diaconado. Por su liderazgo, pulcritud, humildad y piedad, el obispo Valerio –que era tartamudo–, le confió la delicada misión de predicar en su lugar, labor con la que se ganó el corazón de los feligreses y muchos paganos seducidos por su fogosa elocuencia abrazaron la fe cristiana.

Como su labor ponía en peligro el culto romano centrado en la figura de Diocleciano, que se había declarado dios y dado que los cristianos se negaban a ofrecerle sacrificios, este emperador desató una feroz persecución contra ellos y para hacerla efectiva, envió al cruel Daciano, quien al llegar, enfiló su furia contra el obispo Valerio y su arcediano Vicente, que eran las cabezas visibles de los cristianos de Zaragoza, con la creencia de que si los vencía, los demás se acobardarían y renunciarían a su fe, pero se equivocó de medio a medio.

Como el obispo Valerio y el diácono Vicente eran muy respetados y queridos por todos los habitantes de Zaragoza, Daciano, en previsión de una posible revuelta por su captura, los hizo caminar descalzos hasta Valencia, sin concederles descanso, ni darles agua o alimento alguno y en las afueras de la ciudad se detuvo la caravana en un hostal en cuyo patio permanecieron atados a un poste toda la noche y al día siguiente fueron llevados ante el cruel prefecto que trató de seducirlos con honores y dinero, pero Vicente que hablaba en nombre de Valerio, le dijo: “No creemos en vuestros dioses. Sólo existen Cristo y el Padre, que son un solo Dios. Nosotros somos siervos suyos y testigos de esa verdad. Arráncame, si puedes, esta fe”. Entonces Daciano, al ver que el anciano prelado no representaba peligro, lo desterró y ordenó que a Vicente se le aplicaran los más variados suplicios comenzando por atarlo de manos y pies a cuerdas independientes de las que lo halaron en distintas direcciones hasta descoyuntarlo, pero como él no cesaba de alabar a Dios, le desgarraron el cuerpo con garfios de hierro y a pesar de ello seguía dando gracias al Señor, entonces lo colocaron sobre una parrilla al rojo vivo y encima le pusieron una plancha ardiente y aún en esas circunstancias extremas continuaba glorificando a Nuestro Señor Jesucristo. En vista de su obstinación y resistencia, decidió enviarlo a la mazmorra más tenebrosa de la prisión porque albergaba la esperanza de que la oscuridad, la fetidez, el silencio y el aislamiento doblegaran su altiva fe y esa misma noche, el cortejo de ángeles que lo visitó en su sórdida celda le abrió las puertas del cielo y no murió por las torturas, sino de alegría, el 22 de enero del año 304. Por eso hoy, día de su festividad, pidámosle a san Vicente (diácono y mártir), que no nos deje acobardar cuando tengamos que defender el nombre de Nuestro Señor Jesucristo.

23 de Enero

SAN ILDEFONSO

El 18 de diciembre del año 665, el clero y el pueblo avanzaban en solemne procesión por las calles de Toledo, entonando himnos a la Virgen María y al llegar al atrio de la catedral, la multitud encandilada –por la deslumbrante luminosidad que se irradiaba desde el interior de la iglesia–, se dispersó confundida. El único que no perdió la compostura fue el obispo Ildefonso, que apuró el paso e ingresó al resplandeciente templo seguido por dos diáconos de confianza que se debatían entre el miedo y el deber de protegerlo, pero por más que se esforzaban para alcanzarlo no lo lograban, porque el prelado ahora no caminaba sino que corría hacia el altar como succionado por un imán y ya en el presbiterio se detuvo estupefacto porque desde su silla episcopal la Virgen María lo miraba tiernamente y al cabo de unos instantes con un ademán de su cabeza lo llamó a su lado.

Entonces el obispo sin dudarlo se acercó, se prosternó ante la Santísima Virgen y después de un corto silencio –de acuerdo con el relato que aparece en el Acta Santorum del Concilio de Toledo–, ella le dijo dulcemente: “Tú eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla, que mi hijo te envía de su tesorería”. A continuación se la puso sobre sus hombros y le advirtió que debía usarla en todas las celebraciones marianas. Los sucesores del obispo Ildefonso conservaron esta prenda hasta la invasión árabe, época en la que desapareció, al ser convertida la catedral en mezquita.

Ildefonso (nacido en el 607, en Toledo), pertenecía a una noble familia visigoda que le confió su educación a un tío suyo, el clérigo Eugenio, que le impartió una meticulosa formación literaria, humanística, filosófica, teológica y le imprimió una profunda vocación religiosa que lo indujo a ingresar en el 633, al monasterio de los santos Cosme y Damián de Agali, después de ser consagrado diácono por el obispo Eladio de Toledo. Allí, Ildefonso se distinguió por una vida plena de oración, austeridad y su ejemplo marcó el rumbo monástico de este claustro del que llegó a ser abad y más adelante con su herencia, fundó un convento para religiosas a las que también dirigió espiritualmente hasta que falleció su tío Eugenio (sucesor de Eladio) a quien en el 657, Ildefonso reemplazó en el episcopado de Toledo, al que reorganizó administrativamente: redistribuyó sus rentas en favor de los pobres; ejerció una evidente influencia en los asuntos del estado toledano; combatió a pie firme la simonía (delito que consiste en la compra y venta de sacramentos y cargos eclesiásticos) y enraizó en la España medieval, la acendrada devoción mariana, que es el sello distintivo de esta nación y por eso fue nombrado “Fiel Notario de la Virgen”, título que le otorgó la misma Madre de Dios, en su memorable aparición del 18 de diciembre del 665, día en el que se celebraba la fiesta de Santa María de la Expectación (conocida también como Espera del Nacimiento de Cristo), que el mismo Ildefonso había introducido en el Décimo Concilio de Toledo, efectuado nueve años antes.

El merecido prestigio alcanzado por Ildefonso le confirió una evidente autoridad moral que aceptó el pueblo, acató el clero y respetaron a los reyes visigodos, quienes a pesar de ser arrianos, no interfirieron en su labor pastoral, lo que le permitió al prelado sentar las bases de la nueva Iglesia española a través de sus escritos en los que incluyó directrices sobre la administración de los sacramentos, como se evidenció en su Comentario sobre el conocimiento del bautismo, en el que Ildefonso señaló los pasos a seguir en esta ceremonia y fijó como pauta primordial y válida, hacerlo “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, argumento que derrumbó la teoría arriana según la cual, no existía la Trinidad.

En el mismo tratado, explica el Padrenuestro y afirma que el “Pan nuestro de cada día” es la comunión y por ello todo cristiano debe participar diariamente de la cena eucarística. Y en su obra más reconocida y estudiada: Sobre la virginidad perpetua de Santa María, –que se convirtió en el eje de la doctrina mariana–, defiende la integridad virginal de la Santísima Virgen, antes, durante la concepción y después del alumbramiento.

Asimismo san Ildefonso escribió una buena cantidad de himnos, sermones y cartas apostólicas que marcaron el derrotero de la Iglesia medieval española y su producción pudo ser mayor, pero su febril actividad que incluía el constante ayuno y largas jornadas de oración y vigilia, le cobraron tributo y murió a los 60 años, el 23 de enero del 667. Por eso, hoy día de su festividad, pidámosle a san Ildefonso, que nos impregne su amor hacia la Santísima Virgen María.

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Realización: Cristian Molina