El Santo del día es el espacio donde encuentras la reseña histórica de los santos guardados en la memoria de la Iglesia Católica.

Este programa cuenta cómo cada uno de ellos ayudaron a la humanidad durante su vida. 

Conoce los Santos de esta semana del 3 al 9 de octubre

3 de octubre

SAN REMIGIO

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El solemne cortejo, flanqueado por los apiñados y asombrados habitantes de Reims, avanzó lentamente el día de Navidad del año 496, bajo el interminable arco de guirnaldas que unían al palacio con la catedral y al llegar a ella, el obispo Remigio (que presidía la procesión compuesta por tres mil guerreros catecúmenos, con sus respectivas cruces al hombro), condujo al rey Clodoveo, hacia la pila bautismal, le ayudó a despojarse de su túnica blanca de penitente y antes de sumergirlo en la fuente, le dijo con voz estentórea: “Humíllate príncipe; desde este momento adora lo que has quemado y quema lo que has adorado”. A continuación vertió agua sobre su cabeza y lo bautizó en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y en ese instante el prelado se percató de que no había óleo para ungirlo, y enviar por el aceite implicaría que su mensajero tendría que atravesar media ciudad –de ida y regreso–, por entre la abigarrada multitud que abarrotaba las calles y el templo, lo cual retrasaría considerablemente la ceremonia. Entonces el obispo Remigio, invocó la ayuda del Espíritu Santo –según cuentan sus biógrafos, san Gregorio de Tours y el obispo Hincmaro de Reims–, y al instante, una blanquísima paloma que portaba en su pico una ampolleta llena del Santo Crisma, descendió suavemente y la depositó sobre sus manos ante la mirada estupefacta del monarca y de los demás candidatos al bautismo.

Al abrir el recipiente un delicado aroma se esparció por toda la iglesia y con su contenido fueron ungidos Clodoveo, sus dos hermanas y los tres mil soldados catecúmenos que con la asistencia de varios sacerdotes fueron bautizados aquel día. El contenido de esta “Santa Ampolla” –como fue llamada en adelante–, conservada en la Abadía de San Remigio, alcanzó para consagrar a todos los reyes franceses en la catedral de Reims (iglesia en la que por ley tenían que ser coronados), hasta la revolución francesa, cuando el recipiente fue destruido.

Remigio (nacido en Laon, Francia, en el año 437), procedía de una acomodada y piadosa familia galo-romana, que incentivó su innata inclinación a la oración y estimuló su preclara inteligencia, poniendo a su disposición a los mejores preceptores de la ciudad y con ellos avanzó brillantemente en el estudio de la retórica, la gramática, la filosofía y especialmente en teología y Sagradas Escrituras. Esos conocimientos adquiridos precozmente los puso al servicio de su elocuencia natural, que según san Sidonio Apolinar –su compañero de juventud–, dejaba asombrados a sus maestros y por eso a los 18 años ya era considerado como el mejor predicador de la comarca, pero dada su natural modestia eludía los elogios y prefería refugiarse en un lugar recóndito de su casa, en el que se dedicaba a orar sin pausa.

Así nació la fama de santidad que el clero y los habitantes de Reims, esgrimieron para proclamarlo obispo de esa ciudad cuyo prelado había muerto recientemente y aunque Remigio argumentó que no podía aceptar porque no tenía los 30 años que los cánones de la Iglesia exigían para acceder a tal dignidad, una dispensa especial lo habilitó y con apenas 22 años ocupó la sede vacante. En poco tiempo se ganó la fidelidad de sus sacerdotes (a los que con su ejemplo y constantes prédicas les reverdeció el celo apostólico), la confianza de la feligresía a la que exhortaba con firmeza y el afecto de los pobres a los que servía con incondicional misericordia, pero toda la sabiduría y los esfuerzos del obispo Remigio, no fueron suficientes para convencer al rey Childerico, quien a pesar de que lo respetaba, admiraba y tenía en cuenta sus opiniones, no se dejó convertir al catolicismo.

Al morir Childerico en el 481, ascendió al trono su hijo Clodoveo, que a pesar de ser un adolescente de quince años, muy pronto mostró su temple y con temerario valor sometió a todos sus vecinos, extendió su dominio sobre buena parte de la actual Francia y así se convirtió en el primer rey francés de la historia. Sobre él, tenía un evidente ascendiente Remigio, de quien recibía consejos y sugerencias pero no se dejaba evangelizar. Sin embargo la gran oportunidad se dio cuando al quedar viudo, Clodoveo, le pidió una candidata para casarse y Remigio, ni corto ni perezoso, le recomendó a la joven Clotilde –hija del rey de los Burgundios–, una hermosa y piadosa princesa cristiana, de la que Clodoveo, se enamoró perdidamente y desposó en el año 492. Entre Clotilde –también santa, cuya fiesta se celebra el 22 de diciembre– y Remigio, lograron atemperar al impulsivo rey, que en adelante apoyaba las obras que su esposa, en combinación con el santo obispo, adelantaba en favor de los pobres: le financiaba la construcción de hospitales, hospicios, albergues (para asistir a los huérfanos, ancianos, viudas y mujeres abandonadas) y la edificación de templos en todo el reino, pero persistía en su paganismo a pesar de que Clotilde y Remigio le insistían vehementemente en su conversión, la cual se presentó por fin cuando en la batalla de Tolbiac, el desesperado Clodoveo, que estaba rodeado por sus enemigos y a punto de morir, invocó a Nuestro Señor Jesucristo, prometiéndole que si lo salvaba se convertiría y luego de obtener una clamorosa victoria cumplió su promesa el 25 de diciembre del 496, y a su bautismo, el de sus hermanas y el de sus tres mil guerreros, siguió el de todo su pueblo, hecho que convirtió a Francia –de acuerdo con el título que le confirió La Santa Sede–, en “La Hija Primogénita de la Iglesia”.

A partir de ese momento, Remigio, con las manos libres y el apoyo total de la Corona, se dedicó a afianzar la fe católica en todo el reino con su amorosa elocuencia, su indeclinable misericordia, sus continuos milagros y sus sabios consejos, que atendidos y puestos en práctica por Clodoveo, consolidaron a Francia, como un país, justo, próspero, equitativo y ejemplo para las demás naciones que la aceptaron como la primera potencia de Europa. Cumplida con creces su misión, el peso de los años y los achaques doblegaron a san Remigio y en el año 533, murió en medio de la veneración del pueblo de Reims, a los 96 años de edad y 70 de episcopado. Por eso hoy, 3 de octubre, día de su festividad, pidámosle a san Remigio, que nos enseñe a ser fieles a nuestra Santa Iglesia Católica.

4 de octubre

SAN FRANCISCO DE ASÍS

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Después de que el Crucifijo ante el que oraba en la iglesia de san Damián le ordenara tres veces: “Francisco repara mi iglesia que está en ruinas”, Francesco Bernardone fue al almacén de su padre, tomó una buena cantidad de rollos de tela y partió hacia Foligno, en donde los vendió, retornó a pie –pues también enajenó su caballo– y le entregó el dinero al párroco de san Damián, que lo acogió en su casa, mas no aceptó la donación por temor a la ira de su padre, Pietro Bernardone, quien en efecto, al enterarse de lo ocurrido se llevó a su hijo a rastras, lo golpeó, le puso grilletes en los tobillos y lo encerró en una habitación, pero su madre lo liberó y Francesco retornó a la misma iglesia en la que se escondió unos días. Al saber que su progenitor lo buscaba como aguja en el pajar y pretendía desheredarlo si no le devolvía el importe de las telas, salió a su encuentro y ante el obispo Guido de Asís, le reintegró el dinero, se despojó de sus ropas y también se las entregó arguyendo que tampoco le pertenecían y por lo tanto en adelante solo reconocería, aceptaría y dependería exclusivamente de Dios, que era su verdadero padre. El obispo, conmovido por su proclama y su desnudez, lo cubrió con la vieja túnica de uno de sus labradores y como le quedaba muy holgada se la amarró con un lazo; ese hábito raído fue el que vistió durante muchos años san Francisco de Asís.

Giovanni di Pietro Bernardone (nacido en Asís, Italia, en 1281), era hijo del comerciante de telas Pietro Bernardone, que por ser un enamorado de la cultura francesa le puso al pequeño, el mote de Francesco –que significa francesito– y lo educó en consonancia con el refinamiento de la nobleza de ese país que solo pensaba en la diversión, el hedonismo y la vida muelle, la cual practicó con pasión durante su juventud, salvo breves temporadas de trabajo en los almacenes de su padre y como era lógico, esa vida disipada lo saturó; entonces Francesco Bernardone, buscando nuevas emociones, se sumó al ejército de su ciudad que entró en guerra contra Perugia, pero en la batalla de Ponte San Giovanni, en 1202, fue capturado, permaneció encarcelado un año y al salir enfermó gravemente.

Aunque en esa larga convalecencia se cuestionó sobre el sentido de su existencia, al aliviarse pudo más su sed de aventura y de nuevo tomó las armas para defender al papado en su enfrentamiento con los germanos, más en el camino hacia Apulia, en donde debía reunirse con el grueso del ejército, se tuvo que rezagar, porque volvió a enfermarse y, mientras se reponía, una voz celestial lo exhortó a que en adelante le sirviera al amo y no a los siervos, entonces retornó confundido, sobre sus pasos y como no entendía el mensaje se dedicó a meditar hasta que la respuesta le llegó varias semanas después cuando cavilaba sobre el asunto en las afueras de Asís, y de repente se encontró con un repulsivo leproso al que en principio le sacó el cuerpo, no obstante una poderosa fuerza interior lo empujó hacia él y lleno de ternura besó sus llagas. Este acto de amor, cambió su vida para siempre.

A partir de ese momento empezó a visitar a los enfermos en los hospitales, a compartir especialmente con los leprosos, a donar lo que tenía a los pobres y arrepentido de su vida pasada le preguntaba a Dios qué debía hacer. En una de esas largas jornadas de oración, en la iglesia de san Damián, fue cuando El Señor le ordenó que restaurara su casa y Francisco se despojó hasta de su ropa y empezó a pedir limosna para reconstruir esa iglesia; luego hizo lo propio con el templo de san Pedro y más adelante con el de la abandonada Porciúncula, que pertenecía a la abadía benedictina de Monte Subiaso, en la que se radicó. Allí, el 24 de febrero de 1209, la lectura del capítulo 10 del evangelio de Mateo, le dio la clave de su misión al decirle: “Id proclamando que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis. No llevéis oro, ni plata, ni dinero en vuestras fajas; ni alforjas para el camino, ni dos túnicas, ni calzados, ni bastón”.

Y desde entonces eso fue lo que hizo, literalmente. El contraste entre su opulencia pasada y su desprendimiento total, más su sentida predicación llamando al arrepentimiento y proclamando el nombre de Dios, que causó curiosidad y repulsa –en principio–, entre los habitantes de Asís, se transformó en admiración y varios jóvenes (entre ellos Bernardo de Quintavalle, Pedro de Cataneo, el hermano Gil y fray Junípero), se le unieron y con ellos armó una sorprendente revolución espiritual, cuyo eco se extendió hasta Roma y les precedió, porque a su llegada con doce compañeros, el cardenal Hugolino (que luego fue papa con el nombre de Gregorio IX), le abrió la trocha ante el papa Inocencio III, que impresionado por la santidad y humildad de Francisco y aun contra el parecer de varios cardenales, lo consagró diácono, aprobó oralmente la creación de la Orden de los Frailes Menores y con el permiso de los benedictinos, dueños de la Porciúncula, estableció en ella el cuartel general de la Orden y desde allí Francisco envió a sus hermanos –de dos en dos–, a predicar y dar ejemplo de pobreza, oración y servicio a los desvalidos. Así, la congregación se abrió paso por toda Italia, España, Alemania, Hungría y continuó creciendo como espuma.

Entre todos los discípulos de san Francisco de Asís, se destacó Clara de Asís, una mujer excepcional, con la que fundó la orden de las Clarisas, a las que instaló en la iglesia de san Damián y más adelante –ante el entusiasmo suscitado por su movimiento–, se vio en la obligación de crear la Tercera Orden de San Francisco, compuesta por laicos que querían vivir y actuar según la regla franciscana, pero sin abandonar el mundo.

Aunque personalmente Francisco intentó evangelizar a los musulmanes en Tierra Santa, sus esfuerzos fueron vanos y debió contentarse con peregrinar a los lugares santos y al retornar, tuvo que lidiar con disensiones internas que casi acaban con la Orden y por eso convocó en 1219 a un capítulo al que asistieron más de 5 mil franciscanos que reorganizaron la comunidad, la dividieron en provincias y tras varios años de intensa lucha para mantener incólume el espíritu original de su obra, Francisco –aunque su ascendencia sobre el conglomerado se mantuvo intacta–, se hizo a un lado y la dirección la asumió el cardenal Hugolino, con Pedro Cataneo, como superior general.

Ya con las manos libres continuó alternando la predicación con largos períodos de silencio y oración y en uno de ellos, cuando se acercaba la Navidad de 1223, estando en Grescio, se le ocurrió recrear el nacimiento de Jesús de la manera más vívida posible y en una cueva cercana escenificó –con actores de carne y hueso–, la estampa de Belén y así nació la tradición del pesebre. Un año más tarde, el 17 de septiembre de 1224, mientras ayunaba y oraba en Monte Alvernia, aparecieron en sus pies, manos y costado, los estigmas de la pasión de Cristo, que dolorosamente lo acompañaron hasta el día de su muerte, acaecida en olor de santidad, el 3 de octubre de 1226. Su canonización fue decretada en 1228, por el papa Gregorio IX –que no era otro que el cardenal Hugolino–, cuando todavía no se habían cumplido dos años de su fallecimiento. Por eso hoy 4 de octubre, día de su festividad, pidámosle a san Francisco de Asís, que nos enseñe a entregarnos a los pobres, incondicionalmente.

5 de octubre

BEATO BARTOLO LONGO

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Bartolo Longo, inmerso en su angustia, le pedía a Dios que sacudiera su corazón, lo redimiera de sus culpas y le mostrará el camino a seguir. De pronto, desde el altozano en el que meditaba vio pasar un escaso cortejo fúnebre, que avanzaba en silencio hacia un lugar cercano que no tenía cara ni lustre de cementerio, pero que evidentemente servía para dejar los cadáveres abandonados a la buena de Dios y su perplejidad fue mayor al percatarse de que al muerto lo depositaron en una fosa recién abierta a la que cubrieron de tierra y sin que mediara oración alguna, los presentes dieron media vuelta y se dispersaron con indiferencia. Absorto en la dolorosa escena que acababa de presenciar, se preguntaba sobre el abandono al que estaban sometidas esas almas que ni siquiera en la hora de la muerte, merecían una plegaria y de pronto escuchó una voz que le decía: “Si quieres salvarte y salvar a este pueblo, propaga la devoción del Santo Rosario: es promesa de María”. Sin saber cómo, pero decidido a hacerlo, emprendió la cruzada de su vida.

Bartolo Longo (nacido el 10 de febrero de 1841, en Latiano, Italia), procedente de una familia burguesa que poseía una mediana fortuna, fue educado con esmero pues a los seis años su padre, el médico Bartolomé Longo, lo internó en un colegio de los padres Escolapios, en el que terminó su bachillerato; luego fue enviado a Nápoles en donde se graduó con honores como abogado a los 23 años y comenzó a ejercer su profesión con notable éxito, lo que le permitió codearse con la alta sociedad de la ciudad y acceder a un cerrado círculo espiritista. Una vez adentro se convirtió en un defensor acérrimo de estas doctrinas y férreo opositor de la Iglesia Católica a la que atacó inmisericordemente, pero con el correr del tiempo su salud comenzó a menguar y a la par se fue desencantando del espiritismo. Así, enfermo de cuerpo y alma, le pidió ayuda a su amigo el padre dominico Alberto Radente, que lo rescató de su oscuridad espiritual y entonces adoptó un estilo de vida austero, se dedicó a la oración y quiso retirarse a un lugar apartado, ocasión que le brindó Mariana de Fusco, una viuda rica, que lo contrató como asesor jurídico y administrador de sus propiedades en la cercana Pompeya –la mítica ciudad romana destruida por una poderosa erupción del Vesubio en el año 79 DC–, un lugar solitario cuyos habitantes vivían desperdigados por la región, sin Dios ni ley.

En vista de que los lugareños estaban alejados de Dios, el beato Bartolo Longo se dedicó a enseñarles a rezar el rosario en familia; al poco tiempo con la bendición del obispo de Nola, quien además le cedió un amplio terreno y con el patrocinio de su patrona Mariana de Fusco –que luego se convirtió en su esposa–, logró levantar en principio una ermita que estaba presidida por una imagen de la Virgen, que aunque raída y desvaída, era venerada con devoción y en el lugar comenzaron a obrarse milagros que atrajeron peregrinos de la región y luego de toda Italia, por lo que decidió levantar la iglesia de la Virgen del Rosario de Pompeya, que fue inaugurada el 6 de mayo de 1891 y en ese entonces alrededor del templo, ya se estaba extendiendo La Nueva Pompeya, poblado para el que el beato Bartolo Longo, habilitó vías, acueducto, alcantarillado, construyó viviendas para los trabajadores, hospital, llevó el telégrafo, abrió una escuela para acoger a los hijos de los presos –que eran discriminados y abandonados– y un hospicio para niñas huérfanas y abandonadas.

Para formar, atender y educar a estos niños y niñas, el beato Bartolo Longo, fundó la congregación de Las Hermanas Dominicas del Santo Rosario de Pompeya; montó una litografía en la que editaba su propio periódico llamado: El Rosario de la Nueva Pompeya, que aún se publica, escribió varias obras marianas entre las cuales: Los quince sábados del Santo Rosario, que hoy cuenta con más de cincuenta ediciones en diez idiomas. Pobre –porque todo lo regaló–, el beato Bartolo Longo, vivía en oración, penitencia, ayuno y esta extrema austeridad, acabó con su vida el 5 de octubre de 1926, en Pompeya. Fue beatificado por el papa san Juan Pablo II, en 1980. Por eso hoy, 5 de octubre, día de su festividad pidámosle al beato Bartolo Longo, que fortalezca en todas las familias el rezo del Santo Rosario.

6 de octubre

SAN BRUNO

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A la muerte del obispo Gervasio, su sucesor Manasés de Gournai, ratificó como canciller de la diócesis de Reims, al padre Bruno de Hartenfaust, quien –merced a su sabia, diligente y eficaz administración–, la había convertido en una de las más respetadas, próspera y apetecida por sus rentas. Por eso, precisamente, el nuevo prelado le había echado el ojo y mediante intrigas y pago de prebendas, obtuvo ese obispado e inmediatamente dio rienda suelta a su desbocada ambición y a través de la simonía (delito que consiste en negociar con todo lo sagrado: cargos eclesiásticos, indulgencias, sacramentos), se enriqueció en poco tiempo. El padre Bruno montó en cólera y respaldado por buena parte del clero diocesano lo denunció ante el delegado papal Hugo de Die, quien en el concilio de Autum, lo depuso, y Manasés respondió aferrándose a su silla: confiscó los bienes de la diócesis, arrasó las casas de sus adversarios y sólo cuando el pueblo se amotinó y el papa ratificó su separación del cargo, abandonó apuradamente la ciudad. Entonces el pontífice, el delegado papal y el clero, se pusieron de acuerdo para nombrar en su lugar al padre Bruno, pero antes de que se lo notificarán, él renunció al mundo y se alejó hacia la soledad la oración y el silencio.

Bruno de Hartenfaust (nacido en Colonia, Alemania, en el año 1030), pertenecía a una familia adinerada lo que le permitió estudiar retórica, gramática, latín, filosofía y luego en Reims, se especializó en teología, Sagradas Escrituras y así pudo cumplir su sueño –que alimentó desde muy niño–, de ordenarse sacerdote en 1055. Sus notas sobresalientes y su virtuosismo fueron la mejor carta de presentación para que el obispo Gervasio, vinculara a Bruno, como profesor de teología de la Escuela Episcopal –de la que había egresado– y al cabo de algunos años le confió la rectoría, con el encargo de supervisar todos los establecimientos educativos del obispado; dada su fecunda labor, veinte años después, en 1075, el mismo prelado nombró a Bruno, canciller de la diócesis a la que administró eficientemente hasta poco después de la muerte de Gervasio.

Ya con las manos libres, Bruno se retiró al convento de Molesme –que en 1098, sería la cuna de la orden de los cisterciences–, pero como su alma anhelaba más rigurosidad, se fue con seis compañeros hacia Grenoble, en donde su obispo, Hugo –que había sido su discípulo en Reims–, les permitió instalarse en un agreste paraje rodeado de cumbres nevadas, llamado Chartreuse –que en español se traduce como Cartuja– y allí, en cabañas separadas, comenzaron una vida de oración, mortificación, ayuno, consagración a la Santísima Virgen, pobreza radical y silencio absoluto de por vida (excepto para los aspectos esenciales de la administración de la comunidad), reglas que se convirtieron en la base de la congregación de los Cartujos –así se les conoce desde entonces–, que sin proponérselo ni desearlo, tuvo que fundar Bruno, cuando su estilo de vida y oración atrajo a muchos jóvenes a los que tuvo que recibir en su cartuja.

Muy a su pesar se vio obligado a abandonar su monasterio, seis años después, a solicitud del papa Urbano II –que también había sido su alumno en Reims–, para acompañarlo como consejero personal. Cuando creyó cumplida su misión le pidió permiso al pontífice de volver a su mutismo y le fue concedida la licencia con la condición de que no saliera de Italia –pues deseaba mantenerlo cerca– y para el efecto le cedió un lugar inhóspito de Calabria, en donde Bruno estableció otro convento cartujo, allí terminó de escribir unos magistrales comentarios exegéticos sobre los Salmos y profundos análisis de las cartas de san Pablo. A los 71 años, san Bruno, murió en absoluta mudez, el 6 de octubre del 1101. Aunque nunca fue canonizado oficialmente, el papa Clemente X, sí autorizó su culto en 1674. Por eso hoy, 6 de octubre, día de su festividad, pidámosle a san Bruno, que nos enseñe a mantenernos en silencio, para poder escuchar la voz de Dios.

7 de octubre

NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO

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Simón de Monfort, comandante de la cruzada que enfrentaba a los albigenses (herejía que defendía el principio, según el cual, en vez de un Dios único, existían dos: el de el Bien y el del Mal; del primero salían los espíritus buenos y del segundo, la materia corrupta), se encontraba en 1213, confinado dentro del castillo de Muret, asediado por el ejército Cátaro –como también se les llamaba a estos herejes– y no sabía qué hacer, pues sus fuerzas eran inferiores a las del enemigo en una proporción de cinco enemigos, por cada uno de sus hombres y de pronto recordó esa noche del 12 de septiembre, que su amigo santo Domingo de Guzmán, le había recomendado rezar el rosario en las vísperas de las batallas; inmediatamente reunió sus huestes y lo entonaron con tal fervor que el eco que escuchaban los adversarios en su campamento instalado cerca de la muralla, los llenó de temor. Cuando apenas comenzaba a despuntar el día, Monfort irrumpió con una carga furiosa de su caballería e infantería y puso en desbandada a los cátaros después de causarles muchas bajas. Y en agradecimiento, el vencedor construyó en el mismo sitio la primera capilla dedicada a Nuestra Señora del Rosario.

El rosario, que significa Corona de Rosas, es una devoción cuya propagación le fue encargada por la Santísima Virgen a santo Domingo de Guzmán, en 1208, cuando se le apareció con un rosario en su mano derecha y le enseñó cómo recitarlo, tarea a la que se entregó el fundador de la Orden de los Dominicos, que por aquella época trataba de evangelizar a los albigenses y, a pesar de que consiguió muchas conversiones por intermedio del santo rosario, no pudo rescatarlos a todos de su herejía, pero sí logró popularizar su práctica entre los católicos de Europa.

No obstante con el correr de los siglos comenzó a declinar esta devoción, pero el papa san Pío V le dio un nuevo impulso tras la victoria que sus huestes obtuvieron el 7 de octubre de 1571 sobre los musulmanes en la Batalla de Lepanto, triunfo que el pontífice pudo observar en el mismo instante en que ocurría a miles de kilómetros de distancia, gracias a que la Santísima Virgen se le apareció y le mostró el campo de batalla mientras el Santo Padre y todo el pueblo romano convocado por él, entonaba el Santo Rosario. Desde ese momento, san Pío V decretó que la festividad de Nuestra Señora de las Victorias, se celebrara en el aniversario de este memorable combate.

Más adelante en 1716, el príncipe Eugenio de Saboya se impuso a los musulmanes en la batalla de Temesvar, en Rumania, cuando los moros estaban a punto de apoderarse de esa ciudad, lo que les daría la posibilidad de invadir a toda Europa Central y de nuevo el Santo Rosario, entonado por sus tropas, le dio la victoria, por lo cual el papa Clemente XI, denominó a esta celebración como de categoría universal y obligatoria para toda la Iglesia con el nombre de Fiesta de Nuestra Señora del Rosario.

Desde entonces se popularizó el rezo del Santo Rosario hasta convertirse en la mayor devoción mariana y la más extendida en toda la cristiandad, hecho que se reforzó con las doce encíclicas que sobre la Virgen y el Santo Rosario, promulgó el papa León XIII y con las apariciones de la Virgen en Lourdes y Fátima, en las que les recomendó vehementemente a Bernardette Sobirous y a los tres pastorcitos, rezar el rosario en familia para obtener la redención de todo el mundo. Por eso hoy, 7 de octubre, día de Nuestra Señora del Rosario, pidámosle a nuestra madre, la Virgen María, que a través del Santo Rosario esté siempre presente en nuestros hogares y salve a todos los habitantes del planeta.

8 de octubre

SAN JUAN CALABRIA

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La mujer corría desesperada, mientras que un escuadrón de la Gestapo le pisaba los talones, precedido por los perros pastores alemanes que acicateados por sus amos olisqueaban umbrales, paredes y todo lo que encontraban a su paso. Estaba a punto de desmoronarse sobre la acera, cuando de pronto a pocos metros se abrió un portón y emergió un cura, que al sentir los ladridos de los sabuesos y ver en la distancia las siluetas de los temidos hombres de gabán, se abalanzó sobre la joven, la arrastró hacia el interior de la casona, cerró de un portazo, le puso el hábito de una de las Pobres Siervas de la Divina Providencia y se sentó a esperar. Al cabo de algunos minutos llegaron los de la Gestapo y empezaron a golpear la puerta, entonces con calma el padre Juan Calabria, abrió y los hombres irrumpieron, revisaron minuciosamente la capilla, los dormitorios, los salones, el comedor y la cocina, luego ordenaron que las monjas se alinearan en el patio y soltaron la jauría que comenzó a olerlas de abajo arriba y cuando llegaron adonde estaba la refugiada, pasaron de largo como si no existiera. Entonces los esbirros nazis se dieron por vencidos y así esa médica judía se salvó de las garras de la muerte y camuflada entre las hermanas, vivió el resto de la Segunda Guerra Mundial.

Juan Calabria (nacido el 8 de octubre de 1873, en Verona, Italia) quedó huérfano a muy temprana edad por lo cual tuvo que trabajar para ayudar a su madre en la manutención de sus seis hermanos, pero definitivamente su capacidad intelectual, su acendrada piedad y su devoción por la Virgen María, estaban muy por encima de sus habilidades físicas, por lo que el padre Pietro Scarpini, párroco de la iglesia de san Lorenzo, en vista de que no tenía recursos para estudiar, y conocedor de su vocación sacerdotal, decidió prepararlo para su ingreso al seminario y durante tres años le enseñó humanidades, filosofía y teología; cuando estuvo a punto presentó sus exámenes con resultados sorprendentes, lo que le facilitó la entrada y su magnífico rendimiento académico hacía presagiar que se ordenaría rápidamente, pero obligado a prestar el servicio militar, perdió dos años, al cabo de los cuales retornó robustecido espiritualmente, porque en el ejército puso en práctica su capacidad evangelizadora, dado que fue incluido en un contingente que se encargaba de recoger y atender a quienes vivían en las calles y así afiló la fe, la misericordia y el amor por los pobres y los abandonados, rasgos que luego de ser ordenado sacerdote el 11 de agosto de 1901, se convirtieron en la brújula de su vida.

Desde sus tiempos de seminarista (debido a un encuentro providencial con un pequeño gitano que tiritaba de frío en la calle y al cual después de recogerlo, lo instaló y cuidó en su cuarto), Juan Calabria tenía un hospicio para niños abandonados, en su propia casa, que era atendido por su madre y sostenido económicamente por el conde Francesco dei Conti Pérez, pero como ella enfermó y el número de chicos necesitados aumentó considerablemente, en 1907, Juan Calabria tuvo que abrir un albergue llamado “La Cittadella della Caritá” y para atenderlos, fundó –en su parroquia de san Esteban–, la Congregación de los Pobres Siervos de la Divina Providencia, cofradía que al poco tiempo amplió con una rama femenina que se encargaba de las niñas y con la Familia de los Hermanos Externos, que eran laicos comprometidos a los que les asignó la creación y dirección de casas de acogida y hospitales en toda Italia y luego en otros países y continentes.

Al mismo tiempo y dado que era vicario de la rectoría de San Benito del Monte, Juan Calabria aprovechó su influencia para crear hogares en Verona y el resto del país, en los que hospedaba y formaba a jóvenes con vocación religiosa, pero de escasos recursos económicos. Durante la Segunda Guerra Mundial, en todos sus establecimientos fueron acogidos y protegidos cientos de judíos, que tras salvar sus vidas, lo lloraron amargamente el día de su muerte el 4 de diciembre de 1954 y muchos de ellos testificaron durante su proceso de canonización que concluyó el 18 de abril de 1999, cuando fue proclamado santo, por el papa san Juan Pablo II. Por eso hoy, 8 de octubre, fecha de su festividad, pidámosle a san Juan Calabria, que nos sensibilice ante el dolor ajeno.

9 de octubre

SAN LUIS BELTRÁN

A medida que hablaba sobre la pasión y muerte del Salvador, las sentidas palabras de fray Luis Beltrán, calaban profundamente entre los nativos que abarrotaban el centro del caserío de la isla de San Vicente, mientras un silencio fervoroso reinaba en el ambiente. Sin hacer ruido, el imponente cacique del lugar y su séquito se acercaron, se quedaron a prudente distancia y también fueron atrapados por el mensaje. Al terminar su sermón, el mandamás se acercó a fray Luis y le pidió que le explicara cómo era la cruz de la que hablaba; entonces el santo sin decir palabra se acercó a un frondoso árbol que estaba en el centro de la plaza, se recostó contra su abarcadura imitando a Jesús Crucificado y al instante el tronco, como si fuera de plastilina, se fue ahuecando. Al retirarse, quedó impresa en la corteza una larga cruz acanalada de las mismas proporciones y estatura del monje. Ni qué decir que el cacique y todos los presentes cayeron de rodillas, se hicieron bautizar en el acto y convirtieron este sitio en lugar de peregrinación.

Luis Beltrán i Eixarch (nacido el 1° de febrero de 1526, en Valencia, España), por el influjo de su piadosa familia, cuya madre era descendiente de san Vicente Ferrer, quiso imitar en todo a este santo y por eso a muy temprana edad, ya ayunaba, se sometía a una rigurosa penitencia, dormía en el suelo y oraba todo el tiempo. De ahí que a nadie tomó por sorpresa el hecho de que sin cumplir los 15 años, se fugara para convertirse en ermitaño, pero ese impulso fue cortado por los enviados de su padre que, aunque lo llevaron de regreso a casa, con ello solo aplazaron su vocación religiosa que se hizo realidad en 1544, cuando ingresó al convento de los dominicos, de Valencia, claustro en el que por su virtud, austeridad y dedicación al estudio, obtuvo los méritos suficientes para ser ordenado sacerdote, en 1547 y dado su ejemplo, al poco tiempo, Luis Beltrán fue nombrado maestro de novicios, luego prior del monasterio de santa Ana de Albaida, al cual gobernó con su admirable ejemplo y sus sermones conmovedores, con los que se ganó la designación de predicador de la Orden, pero su mira estaba puesta en las misiones y en 1562, logró su objetivo: viajó a América y desde Cartagena de Indias, san Luis Beltrán, desplegó su celo evangélico, que lo llevó por manglares, selvas atiborradas de fieras, serpientes venenosas, insectos ponzoñosos, tribus agresivas e indomables, cuyos brujos y jefes lo envenenaron varias veces, pero los bebedizos jamás hicieron efecto, como por ejemplo el día en el que se bebió una pócima preparada ante él, con la condición de que si no moría, el jefe indio, se convertiría y naturalmente ganó la apuesta.

Al final todos esos pueblos terminaron a los pies de Cristo a causa de su convincente predicación, su vida ejemplar, los constantes milagros y por la férrea defensa que hizo de los indígenas –ante las autoridades virreinales y la corona española–, frente a los abusos de los encomenderos, que también fracasaron en más de cinco intentos de asesinato, de los que siempre san Luis Beltrán, salió indemne gracias a la evidente protección divina.

Se calcula que en sus siete años de evangelización en este continente, san Luis Beltrán logró la conversión y el bautismo de más de 22 mil nativos. Desgastado, macilento, cojo y cuasi ciego, Luis Beltrán retornó en 1569, a España, en donde como Predicador General de los dominicos, recorrió a pie limpio varias provincias, despertó la adormilada fe del pueblo y del clero, por lo cual le asignaron de nuevo el cargo de maestro de novicios y otra vez lo encargaron del priorato de varios monasterios, el último de los cuales, fue el de Valencia que aceptó a regañadientes y con su acostumbrado rigor, Luis Beltrán restituyó el severo espíritu dominico y aunque logró que lo relevaran en 1578, siguieron consultándolo reyes, altos funcionarios, sacerdotes, priores, obispos, cardenales y feligreses que hacían largas filas en su confesionario, pero los estragos de una vida de sacrificio, lo fueron minando y el 9 de octubre de 1581 –fecha que el mismo san Luis Beltrán había vaticinado–, murió en olor de santidad, en la ciudad de Valencia.

Fue canonizado por el papa Clemente X, en 1671. Por eso hoy, día de su festividad, pidámosle a san Luis Beltrán, que nos dé valentía para enfrentar a los enemigos de la fe.

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Realización: Cristian Molina