El Santo del día es el espacio donde encuentras la reseña histórica de los santos guardados en la memoria de la Iglesia Católica.

Este programa cuenta cómo cada uno de ellos ayudaron a la humanidad durante su vida. 

Conoce los Santos de esta semana del 19 al 25 de Abril

19 de Abril

SANTA INÉS DE MONTEPULCIANO

Una vez terminadas las Vísperas, se apresuró a encerrarse en su austera celda, se arrodilló y comenzó a orar con tal fervor, que sin darse cuenta, pasó la noche en vela en la misma posición y cuando en la mañana –en vista de que no salía con la presteza de siempre–, la abadesa fue a buscarla, y al trasponer el umbral, la encontró embebida en su meditación; aunque la llamó varias veces por su nombre, no respondió, entonces la sacudió hasta que Inés de Montepulciano reaccionó y exultante de gozo se encaminó hacia la catedral en donde todas las monjas ya la esperaban. Con su llegada comenzó la anhelada ceremonia en la que ella y varias novicias más, debían hacer su profesión religiosa. Cuando le tocó el turno, Inés de Montepulciano se adelantó hasta el altar en el que la aguardaba el obispo y al pronunciar sus votos, una abundante lluvia de copos blancos –semejantes al maná–, que empezó a caer milagrosamente, transformó su tosco hábito en una resplandeciente capa albina y en poco tiempo, se formó una mullida alfombra que abarcó toda la iglesia; al mismo tiempo, el ambiente se impregnó de un delicado aroma que solamente desapareció cuando Inés de Montepulciano salió del templo.

Desde su más tierna infancia, Inés Segni (nacida el 28 de enero de 1268, en Gracciano Vechio, junto a Montepulciano, Italia), aprendió a orar y pasaba la mayor parte del día rezando con tal fruición, que a sus padres les costaba convencerla para que comiera y durmiera. Por eso ante su insistencia, sus padres le concedieron permiso para ingresar a un convento en el que la pobreza absoluta era su principal regla y por ello las monjas vestían un tosco hábito al que la gente despectivamente llamaba “El Saco”. En poco tiempo la pequeña Inés, con su devoción, obediencia y observancia rigurosa de las duras reglas del claustro, se convirtió –cuando apenas contaba nueve años–, en referente y ejemplo para las monjas adultas y por eso, seis años más tarde, después de profesar sus votos la hermana Margarita, su maestra, a la que le habían encomendado la apertura de un monasterio en Proceno (una población cercana a Orvietto), se la llevó como su asistente y en esta misión, sor Inés de Montepulciano, –apellido con el que la conoce la historia–, demostró su innata destreza y autoridad para organizar y administrar.

Así las cosas, cuando su tutora regresó a su sede, la hermana Inés de Montepulciano, con escasos quince años, fue nombrada superiora del nuevo convento, lo que de hecho la convirtió en la abadesa más joven de la historia de la Iglesia, y sorprendentemente cientos de muchachas atraídas por su carisma, vistieron el hábito dominico, Orden a la que adhirió su claustro. En los siguientes 23 años, dirigió ese cenobio con precoz sabiduría, acrisolada discreción, tierna firmeza y era el vivo ejemplo de sus monjas porque siempre realizaba las tareas más duras, les servía con humildad, lavaba sus pies, sólo comía pan y agua, dormía en la celda más estrecha sobre el frío suelo –aun en invierno– y usaba un tronco como almohada. A pesar de que no contaba con recursos para el sostenimiento de la comunidad, la despensa siempre estaba llena y los alimentos alcanzaban, además, para calmar el hambre de los desvalidos que nunca faltaban en la puerta.

Dado que la fama de su santidad se extendió por todas partes, sus paisanos le pidieron con vehemencia que fundara otro convento en su ciudad, petición a la que accedió Inés de Montepulciano y en 1306, abrió sus puertas el convento de Montepulciano, en el que se quedó definitivamente. Rodeada del apoyo y fervor de sus conciudadanos, en el claustro floreció la fe y reverdecieron las vocaciones porque alrededor de Inés de Montepulciano se suscitaban milagros a granel. Sus permanentes éxtasis, raptos místicos, coloquios con Jesús y la Virgen María, la luminosidad que irradiaba, el aroma que emanaba su cuerpo y las rosas que florecían espontáneamente en donde se arrodillaba Inés de Montepulciano, atrajeron a peregrinos de todo el país que acudían a ella en pos de salud, consejo, consuelo, dirección espiritual y a pesar de su humildad y discreción, siempre recibía a todos por igual.

Naturalmente que su austera vida llevada al extremo la fue debilitando hasta que el 20 de abril de 1317, santa Inés de Montepulciano, murió apaciblemente a los 49 años en su amado convento de Montepulciano. Fue canonizada por el papa Benedicto XIII, en 1726. Por eso hoy, 19 de abril, día de su festividad, pidámosle a santa Inés de Montepulciano, que fortalezca nuestro amor a Jesús Crucificado.

20 de Abril

SAN TELMO

En vista de la dureza de los sermones en los que condenaba la laxitud moral y el desenfreno del ejército del rey Fernando III de Castilla (El santo), que intentaba expulsar de España a los moros, algunos oficiales se conjuraron para desenmascarar al “santo de papel”, como lo llamaban ellos. Entonces enviaron a una hermosa prostituta para que lo sedujera y ella en actitud provocativa entró a su tienda de campaña, ligera de ropas. El padre Pedro González Telmo, sin perder su aplomo, desparramó un haz de leña sobre su cama, le prendió fuego, se tendió sobre el lecho ardiente e invitó a la mujer para que se acostara a su lado; como era lógico, la ramera salió despavorida y los militares que esperaban afuera el desenlace, al entrar a la carpa vieron al capellán arrodillado sobre las brasas, tocándolas con su frente y entonando salmos. Al cabo de un rato se incorporó sin quemaduras y con su hábito intacto, mientras los tizones continuaban encendidos sin chamuscar las sábanas.

Pedro González Telmo (nacido en Frómista, España, en 1190), desde muy niño fue confiado a su tío el obispo de Palencia, que al notar su fluidez verbal y su aguda inteligencia, lo educó con esmero; se graduó como doctor en Teología y Sagradas Escrituras, lo que de hecho le abría el camino hacia una promisoria carrera eclesiástica, que comenzó –luego de ordenarse sacerdote–, como canónigo de la catedral; al poco tiempo, asumió el cargo de Deán –segundo de a bordo del obispo–, pero el día de su posesión oficial, mientras desfilaba por las calles de Palencia, su caballo se encabritó, lo arrojó a un lodazal y aunque salió ileso, su ego quedó tan magullado, que renunció al mundo e ingresó al convento de los dominicos, como fraile raso. En adelante, fue el más modesto de los monjes y se destacó por su obediencia y humildad. Pero dada su elocuencia, sus superiores enviaron a fray Telmo a predicar y las plazas quedaban pequeñas para su audiencia, por ello fue designado capellán del ejército del rey, hasta que aquella amarga experiencia con la prostituta, le dejó claro, que estaba en el lugar equivocado.

Fray Telmo, como lo llamaba cariñosamente el pueblo, encaminó entonces su evangelización hacia los marineros y pescadores, población que era muy numerosa, supersticiosa y abandonada; en poco tiempo los organizó en cooperativas, los confesaba en los muelles, asistía y curaba milagrosamente a los enfermos, celebraba eucaristías a la orilla del mar, bendecía a los marineros antes de salir a sus faenas y cuando estaban en peligro en alta mar los navegantes invocaban su protección y Telmo inmediatamente era visto en las proas de los barcos calmando las tormentas. Una vez predicando a una multitud a la orilla del río Miño, se desató tremendo temporal y Telmo levantó sus manos, las nubes se abrieron y el sitio en donde estaban permaneció seco, pero en el área circundante llovió a cántaros, hubo inundaciones, casas descuadernadas y árboles descuajados.

Los prodigios de Telmo se convirtieron en el pan de cada día y fueron tantos, que tras su muerte (ocurrida el 14 de abril de 1246), se contabilizaron 208 milagros en su proceso de beatificación. Fue canonizado por el papa Benedicto XIV, en 1741. Por eso hoy, 20 de abril, día de su festividad pidámosle a san Telmo, que nos enseñe a vencer el ego –como lo hizo él–, para entregarnos a Dios.

21 de Abril

SAN ANSELMO, DOCTOR DE LA IGLESIA

Después de resolver los asuntos pendientes de la Iglesia de Inglaterra, se daba por descontado que el Concilio Nacional de Westminster, reunido en 1102, debía finalizar, pero antes de clausurarlo, Anselmo el arzobispo de Canterbury, que presidía la sesión, instó a los obispos reunidos a que se pronunciasen contra la esclavitud –algo impensable para la época– y obtuvo de ellos la condenación sobre la venta de los esclavos como animales y en el mismo documento, se exhortaba a los señores feudales a que los tratasen con indulgencia, respeto y misericordia; además en la declaración se hacía constar que ellos también eran hijos de Dios y por lo tanto, acreedores de la salvación. Este revolucionario manifiesto fue el primero de su género en la historia.

Aunque su padre (un noble rico), pretendía que fuera militar o se dedicara a la buena vida –como todos los de su clase–, la mente joven de Anselmo, (nacido en Aosta, Italia, en 1033), daba vueltas todo el tiempo sobre la naturaleza de Dios y la reconciliación entre fe y razón. Y a desentrañar ese misterio, que fue su gran obsesión, dedicó toda su existencia, lo que le valió el título de Doctor Magnífico de la Iglesia. A los 27 años ingresó al convento de los benedictinos en Bec y después de tres años de duro aprendizaje sucedió en el cargo de prior a su mentor, Lanfranco, cuando éste fue nombrado abad –con dominio sobre varios claustros en Europa e Inglaterra–, luego lo reemplazó en esas funciones en la abadía al ser consagrado Lanfranco, arzobispo de Canterbury y a la muerte de su maestro, lo sustituyó también como primado de Inglaterra.

Una vez instalado en 1093 como arzobispo de Canterbury, Anselmo tuvo que empezar a luchar con denuedo para mantener a la Iglesia independiente de la voracidad de los reyes, primero, de Guillermo el Rojo y luego, de Enrique I, que intentaron adueñarse de las rentas de todas las abadías, monasterios, iglesias y catedrales y para alcanzar su cometido, los monarcas se arrogaron el derecho de nombrar a sacerdotes, abades, priores, obispos y arzobispos afectos a sus intereses, sin contar con el papa, a quien por derecho propio, correspondía estas designaciones. Anselmo se paró en la raya y aunque fue desterrado en varias oportunidades, siempre volvía con más bríos, hasta que pudo meter en cintura a Enrique I, que so pena de excomunión, se comprometió a respetar los fueros del papa y de su representante en Inglaterra.

Mientras todo esto ocurría, Anselmo desplegaba, además, su aguda inteligencia para crear una doctrina sobre la esencia y naturaleza de Dios y sobre la fe y la razón, que compiló en dos libros monumentales: El Monologión y El Proslogión, que se constituyeron en la base de la filosofía escolástica sobre la que se movió la Iglesia a partir de ese momento. Abrumado por sus responsabilidades y por el deterioro físico causado por los permanentes ayunos, se fue paralizando hasta que la muerte lo sorprendió el 21 de abril de 1109, miércoles Santo; el papa Clemente XI, lo canonizó y al mismo tiempo lo declaró Doctor Magnífico de la Iglesia en 1720. Por eso hoy, 21 de abril, día de su festividad, pidámosle a san Anselmo, que nos ayude a comprender, que la fe, que pasa a través de la razón, nos pone en la presencia de Dios.

22 de Abril

SANTA MARÍA EGIPCIACA

Al año siguiente, tal como lo habían convenido, el sacerdote Zósimo llegó la noche del Jueves Santo, a la ribera del Jordán con un pequeño cáliz y la hostia consagrada, pero aunque no vio a nadie, siguió escudriñando pacientemente hasta que las nubes descorrieron su velo y dejaron al descubierto una esplendente luna llena que espejeaba en el río y así el monje pudo percibir que en la otra orilla se perfilaba la delgada silueta de María Egipciaca. Cuando ella lo avistó, bendijo el cauce, entró en él, lo atravesó caminando y al tocar tierra, levantó al ermitaño que había caído de rodillas ante el prodigio y le dijo que era ella quien debía prosternarse para recibir la preciada eucaristía, que esperaba con fruición desde hacía 365 días. Luego de comulgar, oraron juntos hasta el amanecer y al despedirse, María Egipciaca le pidió a Zósimo que volviera dentro de un año, pero al sitio en el que se habían visto por primera vez.

Ese lugar del que hablaba María, era un risco al que Zósimo había subido dos años antes, en busca de la soledad necesaria para adelantar su retiro habitual de Semana Santa; estando allí, observó una magra figura, que al verlo, huyó hacia una cueva cercana. El monje se fue en su búsqueda, pero desde adentro escuchó una voz que le decía: “Padre, soy una pecadora penitente y estoy desnuda, lánzame tu manto para cubrirme y entonces saldré para conversar contigo”. Ya arropada por la capa, emergió una mujer huesuda y envejecida, a la que el ermitaño le preguntó quién era; ella le dijo: “Oremos primero y luego te cuento”. Mientras rezaban, su cuerpo comenzó a irradiar una hermosa luz blanca y se elevó del suelo. Zósimo permaneció en silencio y maravillado; al cabo de un rato descendió y le contó que se llamaba María de Egipto y que desde los doce años se dedicó en Alejandría, a la prostitución, pero no por dinero sino por deleite carnal.

Cuando cumplió 30, se sumó –por curiosidad y placer– a un grupo de peregrinos que iban a adorar la Veracruz en Jerusalén y al llegar allí, trató de penetrar a la iglesia del Santo Sepulcro, pero una fuerza invisible la detuvo varias veces; entonces arrepentida de su vida pecaminosa se postró ante la imagen de una Virgen cercana y le prometió con todo su corazón, que si la dejaba entrar, se retiraría a orar y a hacer penitencia por el resto de sus días. En efecto, pudo ingresar y adorar la Santa Cruz; tras confesarse y comulgar, emprendió el camino y luego de vadear el Jordán, se adentró en el desierto y nunca más volvió a cruzarse con ser humano alguno, hasta que después de 47 años de desnudez, soledad, penitencia y silencio, se encontró con Zósimo, que le prometió volver en la Semana Santa venidera.

El Jueves Santo siguiente, que correspondió al año 421, Zósimo volvió con la Sagrada Eucaristía al risco en el que hablaron por primera vez y encontró el cadáver incorrupto de María Egipciaca (con ese nombre está inscrita en el Libro de los Santos), envuelto en la manta que él le había regalado y a su lado, escrito en la arena, un mensaje en el que le contaba que había muerto el Viernes Santo anterior, el mismo día de su despedida, y que por favor, devolviera su cuerpo a la tierra; mientras oraba por ella y pensaba en cómo podría cavar su fosa sin herramientas (dice Sofronio su biógrafo, que fue patriarca de Jerusalén en el siglo VI), apareció un león majestuoso que se acercó mansamente, lamió los pies de la santa y a continuación abrió con sus garras una fosa profunda en la que el monje pudo depositar a santa María Egipciaca. En poco tiempo su tumba se convirtió en lugar de peregrinación y de milagros a granel. Por eso hoy, 22 de abril, día de su festividad, pidámosle a santa María Egipciaca, que nos enseñe a arrepentirnos de corazón, para alcanzar la salvación.

23 de Abril

SAN JORGE, MÁRTIR

Diocleciano sonreía con delectación al ver la docilidad que mostraba Jorge camino al templo romano, pues ello suponía una aplastante victoria personal sobre los temibles y odiados cristianos, pero estaba equivocado de medio a medio. Al entrar en el santuario pagano, frente a la gigantesca estatua de Júpiter, Jorge proclamó que Jesucristo era el verdadero Dios y que los que estaban allí eran simplemente muñecos de yeso; en el acto, todas las efigies de los dioses se desmoronaron con estruendo sobre sus nichos. Entonces el emperador que se sintió burlado, montó en cólera y lo condenó a muerte.

Gracias a la influencia de su padre, un poderoso terrateniente de la ciudad de Lydia, Jorge, (nacido en Capadocia en el 280), pudo ingresar al ejército romano y por su aguda inteligencia y destreza física, fue promovido al rango de tribuno, a sus escasos 20 años –con mando sobre una legión–, lo que no pasó desapercibido para Diocleciano que lo introdujo en su estado mayor y al poco tiempo lo designó comandante de su guardia personal. En esas, el emperador promulgó un edicto mediante el cual autorizaba la persecución de los cristianos y a la par, exigía que sus soldados y oficiales declararan su filiación religiosa e hicieran sacrificios a los dioses en todos los templos del imperio. Jorge de Capadocia, al que su madre había educado como cristiano desde niño, se negó a abjurar de su fe y así lo proclamó ante el monarca. Entonces por orden del tirano lo sometieron a las más refinadas torturas: lo azotaron y pusieron hierros candentes en sus carnes, fue sumergido en un tonel de cal viva, luego en otro de plomo fundido y en uno más, lleno de clavos erizados, lo machacaron entre dos enormes piedras, le hicieron tomar veneno, lo ataron a una rueda dentada con garfios que arrancaban su piel y de todos estos lances, siempre salía indemne, porque sus heridas sanaban inmediatamente.

Como era lógico, tales prodigios aumentaron la popularidad de san Jorge y generaron un gigantesco aluvión de conversiones que amenazaba con engullirse el imperio; por eso, Diocleciano, –como último recurso–, le prometió honores, títulos y oro si iba con él hasta el templo romano –al que ladinamente se dejó conducir el mártir– y el emperador al verse ridiculizado ante el pueblo que se agolpaba en el recinto, ordenó su decapitación, que se ejecutó el 23 de abril del 303, luego de atar al santo a la cola de un caballo y arrastrarlo por toda la ciudad.

Un vez muerto san Jorge y canonizado en el 494 por el papa Gelasio I, se convirtió en el santo más popular de oriente y 800 años después, los cruzados se encomendaron a él y trajeron a occidente su devoción y sus milagros. Europa se rindió a sus pies y de la noche a la mañana se transformó en el santo más reconocido de la cristiandad, tanto que en su honor se instituyeron varias órdenes honoríficas de enorme prestigio entre las cuales la de la Jarretera –fundada por Eduardo III de Inglaterra en 1348 y que aún existe–; muchas ciudades y países lo proclamaron como su santo Patrono: Génova, Milán, Moscú, Florencia, Valencia y Barcelona; Rusia, Inglaterra, Portugal, Grecia, entre otros. Por eso hoy, 23 de abril, día de su festividad, encomendémonos a san Jorge para que nos enseñe a proclamar con valentía el nombre de Jesucristo, como Nuestro Señor y Salvador.

24 de Abril 

SAN FIDEL DE SIGMARINGA, MÁRTIR

Diariamente el ejército austriaco (que por esa época dominaba a Suiza), molía a palos a los grisones –habitantes de un cantón suizo ubicado al norte del país–, por el solo hecho de ser protestantes. En una ocasión en que la paliza había rebasado los límites, el padre fray Fidel de Sigmaringa salió en defensa de los calvinistas: detuvo a los militares, curó a los heridos, les dijo a los demás que volvieran en paz a sus casas y les garantizó su seguridad poniendo su vida de por medio; a continuación, regañó con tal vehemencia a la sorprendida soldadesca católica, que los oficiales lo acusaron ante sus superiores de ser simpatizante del otro bando.

Así de justo era Marco Rey Rosemberg (de ascendencia española y nacido en Sigmaringa, Alemania, en 1577), cuyos piadosos padres se convirtieron en los adalides de la fe católica y con esa firmeza criaron a su hijo, en incontenible amor a Jesucristo e infinita devoción mariana. Como era de esperarse, desde pequeño fue vehemente defensor de la justicia y la rectitud moral, por eso estudió leyes con la idea de defender a los más pobres y con honores obtuvo –cuando apenas pasaba de los 25 años–, el título de doctor en derecho civil y en derecho canónigo, algo que ni los abogados más capaces habían logrado a esa edad. Entusiasmado abrió su bufete en Alsacia y al poco tiempo, con sobrados méritos, ya era llamado el “Abogado de los pobres”; pero un día, uno de sus colegas pretendió sobornarlo en un pleito y Marco se sintió tan asqueado, que renunció al mundo y luego de repartir toda su fortuna entre los pobres, se presentó en el convento de los capuchinos.

En 1612, a los 35 años, una vez terminados sus estudios de teología, Marco Rey fue ordenado sacerdote, adoptó el nombre de fray Fidel de Sigmaringa y se sometió a las duras reglas capuchinas con humildad, obediencia sin igual y ayunos permanentes. Sus superiores sabedores de sus dotes, muy pronto lo promovieron a predicador; afilando su suave pero acerada voz, comenzó su andadura misionera en Alemania, pasó por Austria y luego llegó a Suiza. Todos acudían a sus prédicas y mucho más, después de defender a los protestantes, de los abusivos militares austriacos. Claro que en la misma proporción en que su elocuencia restaba seguidores a Juan Calvino, le sumaba enemigos, pero el padre Fidel de Sigmaringa no se arredraba ante nada: a pie limpio, con un hábito raído y sin más equipaje que un crucifijo y un breviario, seguía recorriendo aldea tras aldea y rescatando ovejas extraviadas.

Llegó un momento en que la situación se hizo tan insostenible que sus detractores optaron por tenderle una trampa al invitarlo el 14 de abril de 1622, a predicar en el poblado de Sewis y aunque sospechó que algo tramaban, Fidel de Sigmaringa acudió sin miedo a la cita; en medio del sermón, una bala pasó rozando su cabeza, con calma bajó del púlpito y protegido por un calvinista amigo, Fidel de Sigmaringa salió por una puerta lateral pero la turba lo alcanzó, lo derribó y uno de ellos le asestó con la espada un mandoble que le abrió el cráneo, los demás lo acabaron de triturar con palos y mazas de hierro, hasta dejarlo irreconocible; luego de bendecirlos y perdonarlos, murió. Fue canonizado por el papa Benedicto XIV, en 1746. Por eso hoy, 24 de abril, día de su festividad, pidámosle a san Fidel de Sigmaringa, que nos dé valor para enfrentar a los enemigos de la fe católica.

25 de Abril

SAN MARCOS, EVANGELISTA

El mismo chico que días antes llevaba un cántaro sobre su cabeza y fue seguido por los dos apóstoles hasta su casa en la que el maestro –según sus propias instrucciones–, habría de celebrar la cena pascual, acompañó a Jesús hasta el huerto de Getsemaní y mientras contemplaba la escena en la que Judas entregaba al Hijo del Hombre a los esbirros del sanedrín, uno de ellos lo atrapó y el ágil muchacho se desembarazó de la sábana con la que se cubría y semidesnudo se perdió en la oscuridad, pero repuesto de ese primer impacto, esperó al cortejo agazapado entre unos matorrales y se fue tras él hasta el palacio de Caifás, luego presenció de cerca toda la pasión y muerte de Jesús y compartió con los apóstoles durante los días que siguieron a su resurrección, porque ellos se escondieron en su residencia y allí recibieron las lenguas de fuego el día de Pentecostés, fecha en la que san Pedro lo bautizó. Ese imberbe, que se llamaba Juan Marcos, se encargó posteriormente de escribir el que aparece en el Nuevo Testamento, como el Evangelio de San Marcos.

Juan Marcos, nacido en Cirenaica, en el seno de una acaudalada familia (que se trasladó a Jerusalén, compró el huerto de Getsemaní y construyó junto a él una amplia vivienda, en la que se reunía la élite intelectual y religiosa de la ciudad), se familiarizó desde muy temprano con las distintas corrientes del pensamiento judío que imperaban en esa época y como Jesús –que era amigo de sus padres– los frecuentaba, quedó cautivado por su mensaje y se convirtió en su seguidor incondicional, pero debido a su corta edad, no podía acompañarlo en sus recorridos por la ciudad santa y tenía que contentarse con escucharlo cuando se hospedaba en su casa.

Después de Pentecostés, Marcos se integró a la actividad de los apóstoles. En las predicaciones de Jerusalén y en sus recorridos por toda Judea, fue el entrañable compañero de san Pedro, para quien –de acuerdo con lo que afirmó al final de su primera carta–, Marcos es “Mi hijo”. Dado su celo, devoción y entrega, san Pablo y san Bernabé también se lo llevaron en su primer viaje misionero por Antioquía y Asia Menor. Más adelante evangelizó toda la isla de Chipre, con su tío san Bernabé, al que enterró allí y a continuación se puso al servicio de san Pablo, en sus correrías por las ciudades de Colosas, Venecia y Roma, en donde, además, fue intérprete de san Pedro y consuelo y apoyo de san Pablo, cuando ya estaba prisionero. Tras la ejecución de ambos se dedicó a recopilar las enseñanzas de san Pedro y así nació el Evangelio de San Marcos, el primero en registrar de manera fresca, concisa, vívida y detallada, el último año de la vida de Jesús.

Haciendo gala de una extraordinaria capacidad narrativa, recrea en él, los gestos, actitudes y sentimientos de El Salvador; hace énfasis en su humildad, sufrimiento y decisión de redimir a los hombres por medio de la cruz, pero a la par, relata con precisión y vehemencia los milagros que obra el Maestro y lo hace de esa forma con el fin de demostrar que en efecto Jesucristo es el Mesías e Hijo de Dios. El Evangelio de San Marcos –a pesar de ser el más corto–, fue la fuente de la que se nutrieron san Mateo y san Lucas, para escribir los suyos. En 16 capítulos, san Marcos reúne 105 pasajes de los que san Mateo copia 93, y san Lucas 85; de las 746 frases que contiene el Evangelio de San Marcos, 606 son reproducidas por san Mateo y 320 por san Lucas. En su evangelio, san Marcos consigna 19 profecías sobre el Mesías, cumplidas en Jesús; describe 23 milagros, 27 parábolas y 17 dogmas.

Mientras realizaba esta formidable obra, Marcos viajó a Alejandría, ciudad de la que fue su primer obispo y en ella obtuvo una vasta cosecha de conversiones que preocuparon a las autoridades y por eso, el 25 de abril del año 68, durante la fiesta del dios Serapis, aprovecharon la coyuntura para enviarle una enfurecida horda de paganos que arrastró por las calles a Marcos, hasta convertirlo en una masa sanguinolenta a la que luego intentaron cremar, pero sus seguidores rescataron su cuerpo, lo enterraron piadosamente y en el siglo IX, sus restos fueron depositados en una cripta sobre la que construyeron la catedral de san Marcos, en Venecia, ciudad de la que –desde entonces–, es su santo patrono. Por eso hoy, 25 de abril, día de su festividad, pidámosle a san Marcos, que nos ayude a difundir su evangelio.

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Realización: Cristian Molina