El Santo del día es el espacio donde encuentras la reseña histórica de los santos guardados en la memoria de la Iglesia Católica.

Este programa cuenta cómo cada uno de ellos ayudaron a la humanidad durante su vida. 

Conoce los Santos de esta semana del 26 de Julio al 1 de Agosto

26 de Julio

SAN JOAQUÍN Y SANTA ANA

En aquel año, como en los anteriores, Joaquín viajó con sus vecinos desde Nazaret a Jerusalén, con el fin de participar en la fiesta de la Dedicación del Templo, en la que tradicionalmente todos los israelitas llevaban sus primicias al Señor, y cuando Joaquín se adelantó para entregar su ofrenda, el airado sacerdote Isacar lo recriminó por tener la insolencia de presentar sus dones a sabiendas de su esterilidad, lo cual indicaba que la falta de descendencia –según la tradición judía–, era un castigo divino y por lo tanto sus regalos no hallaban gracia a los ojos de Dios; entonces le ordenó que abandonara el templo del cual salió Joaquín tan avergonzado, que no quiso regresar a casa sino que huyó al territorio en el que sus pastores apacentaban sus rebaños; bañado en lágrimas, se rasgó sus vestiduras, se mesó sus barbas, se echó ceniza en la cara y arrodillado oró sin pausa, no ingirió alimentos, ni concilió el sueño en varias semanas, al cabo de las cuales y rodeado de un inmenso resplandor, se le apareció un ángel del Señor y le anunció que su esposa Ana –de avanzada edad– le daría una hija a la que impondría el nombre de María, pero debería consagrarla a Dios (de acuerdo con la promesa que le habían hecho a Yahvé, años atrás, si les concedía la gracia de tener un hijo): no comería, ni bebería nada impuro, viviría en el templo bajo la égida de los sacerdotes y sólo saldría de –allí según dijo el mensajero–, para engendrar al Hijo del Altísimo. Ese mismo día, Ana, que en su casa lloraba la ausencia de su marido y gemía ante Dios por su infertilidad, fue visitada por el mismo ángel que le transmitió un mensaje idéntico y le ordenó que lo esperara en la Puerta Dorada, cercana al templo; cuando llegó Joaquín, acudió con él a darle gracias a Dios, delante de Isacar, el sacerdote que había expulsado a su esposo de aquel lugar sagrado.

Joaquín y Ana constituían un matrimonio próspero, que en Nazaret llevaban una vida piadosa y ejemplar. Ambos compartían sus riquezas con el templo y los pobres, acogían a los extranjeros, ayudaban a las viudas y a los huérfanos, cumplían rigurosamente sus deberes religiosos y con ese comportamiento intachable se ganaron el respeto de la comunidad que los acataba y consultaba en los asuntos comunales. Mas no todo era color de rosa, pues hacía más de 20 años que rogaban a Dios que les concediera descendencia pero –de acuerdo con las creencias del pueblo–, la reticencia divina era señal inequívoca de que había un pecado oculto y por eso Yahvé los castigaba con la esterilidad. Sin embargo, Joaquín y Ana no se daban por vencidos y a la par que continuaban haciendo el bien, insistían con vehemencia en su petición, mediante la oración y la observancia de todos los preceptos de la ley mosaica. Aunque la esperanza se resquebrajó después de que Isacar echara del templo a Joaquín –por cuya mente cruzó la idea del suicidio– pudo más su confianza en el Altísimo, que los recompensó con el anuncio de su enviado y el cumplimiento de la profecía en su debido momento.

Desde el comienzo de su gestación, el matrimonio se trasladó a Jerusalén, en donde nació la Virgen María y cuando ella cumplió los tres años, reafirmaron su promesa: desde ese momento la niña vivió en el templo bajo el cuidado y la guía de los sacerdotes que le inculcaron los más acendrados principios de la ley judía y llegó a ser una aventajada alumna en el conocimiento e interpretación de las Sagradas Escrituras; al cruzar el umbral de los 14 años, le fue entregada en matrimonio a José. Entretanto, Joaquín y Ana, que en ese lapso la acompañaron devotamente en su proceso educativo, fueron envejeciendo en olor de santidad y –según la tradición–, murieron antes de los esponsales de la Virgen María.

En su viaje a Tierra Santa, en el siglo IV, santa Elena –madre del emperador Constantino– redescubrió la casa de san Joaquín y santa Ana (que en los albores del cristianismo fue un lugar de peregrinación, porque allí descansaban los restos de ambos esposos) y sobre ella, construyó una iglesia que con diferentes nombres: Santa María, Santa María Ubi Nata Est, Santa María en Probática, Santa Probatica y Santa Ana, recibió peregrinos de todo el mundo hasta el siglo IX, en el que los invasores musulmanes la destruyeron y en su lugar erigieron una escuela, pero para entonces la devoción a san Joaquín y santa Ana ya era muy popular y estaba tan extendida, que en Europa, abundaban los templos consagrados a estos esposos ejemplares. Por eso hoy, 26 de julio, día de su festividad, pidámosle a san Joaquín y a santa Ana, que nos enseñen a confiar en Dios incondicionalmente.

27 de Julio

SAN PANTALEÓN

Aunque cada 26 de julio, el milagro se replicaba puntualmente desde hacía más de un siglo en el Real Monasterio de la Encarnación, en Madrid, la Inquisición sospechaba que algo extraño ocurría y se propuso dilucidar el asunto de una vez por todas. Y eso fue lo que hizo el juez ordinario inquisidor Miguel Herrero Esquera, arzobispo de Santiago de Compostela, que ordenó el 28 de enero de 1724, la apertura de un proceso sobre la licuefacción de la sangre de san Pantaleón, cuya redoma llegó al convento madrileño de las Agustinas Recoletas, en 1616, por intermedio de la novicia, Aldonza Zúñiga, que la recibió de su padre el virrey de Nápoles, Juan de Zúñiga, quien a su vez la había sustraído del plasma contenido en la reliquia que reposa en la catedral de Ravello en Italia. Una rígida comisión (compuesta por un notario, la superiora del convento sor Agustina de Santa Teresa, Juan de Alancastre, obispo de Cuenca, el calificador de la Inquisición, Agustín de Castejón y los doctores de la corte, Fernando Montesinos y Juan Tornay) asistió durante diez años a la revalidación del fenómeno y una vez terminado el plazo, sus integrantes tuvieron que recomendar el cierre del expediente ante la incuestionable realidad del milagro que aún hoy se renueva conforme a la costumbre y congrega a miles de peregrinos procedentes de todo el mundo.

Pantaleón (nacido en la segunda mitad del siglo III, en Nicomedia, ciudad del Asia Menor), por ser hijo de Eustorgio, un opulento senador romano, recibió una esmerada educación humanística y tras concluir sus estudios de medicina –con Eufrosino, médico personal del emperador Diocleciano–, se dedicó con abnegación a curar gratuitamente a los pobres de la ciudad, lo cual le ganó el respeto y la admiración de toda la población, pero le granjeó la enemistad de sus colegas que vieron menguada su clientela. No obstante su altruismo, Pantaleón mantenía un tren de vida consecuente con su calidad de noble, hasta que conoció al sacerdote Hermolao, quien lo impresionó por su santidad y luego de bautizarlo le dijo que si bien es cierto era excelente curando las enfermedades del cuerpo, Dios quería que se dedicara a curar los males del alma, a lo cual se entregó sin ambages desde ese momento. Su fervor y permanente oración pronto comenzaron a obrar milagros a granel y por mediación de sus enconados colegas –que estaban a punto de arruinarse–, el chisme le llegó al emperador Galerio Maximiano, del que Pantaleón era su médico personal.

Tras regarse la noticia de que le había devuelto la vista a un amigo de su padre –quien quedó convencido y se bautizó–, fue llevado a la presencia de Galerio y delante de él repitió la dosis, al curar a un paralítico; entonces el emperador trató de convencerlo para que apostatara de su fe, pero Pantaleón se mantuvo firme, por lo que el emperador lo mandó a torturar: luego de flagelarlo, le pusieron hierros candentes sobre sus carnes y su piel permaneció intacta; lo echaron a rodar atado a una rueda dentada que no le hizo mella; lo sumergieron en un caldero de plomo hirviendo y salió indemne; con una piedra al cuello fue arrojado al mar y flotó; las fieras a las que fue lanzado en el anfiteatro, en vez de atacarlo lamieron sus manos y cuando Pantaleón las bendijo, se retiraron. Por fin el 27 de julio del año 304 pudieron decapitarlo junto al tronco podrido de un olivo, la sangre regó su raíz e inmediatamente el árbol reverdeció y unos cristianos piadosos pudieron recoger una parte del precioso plasma, el mismo que empieza a licuarse el 26 de julio, permanece en estado líquido todo el día siguiente, fecha en la que se conmemora su ejecución y en el transcurso de la noche, vuelve a convertirse en un polvo color marrón. Por eso hoy, 27 de julio, día de su festividad, pidámosle a san Pantaleón que aunque nos sometan a duras pruebas, permanezcamos fieles al amor de Nuestro Señor Jesucristo.

28 de Julio

SANTA MARÍA JOSEFA ROSSELLO

La señora Monleone desolada y con lágrimas en los ojos le insistía para que se quedara con ella y a cambio le ofrecía que a su muerte toda la herencia sería suya, pero Benedicta Rosello, que durante siete años había cuidado con especial devoción al esposo paralítico de la matrona, no estaba dispuesta a sacrificar su vocación religiosa con la que había soñado desde niña y ya libre, solicitó su ingreso al convento de las Hijas de Nuestra Señora de la Nieves –comunidad consagrada a la atención de los pobres y desvalidos, ideal que compartía plenamente–, pero fue rechazada porque no tenía dinero para pagar la dote que allí se exigía. De regreso hacia su casa, le sorprendió el creciente número de mujeres jóvenes que deambulaban o dormitaban en los umbrales y mientras pensaba sobre la suerte de ellas, se chocó con el obispo de Albissola, Agustín de Mari, que distraído también miraba el mismo espectáculo y entonces el prelado –que la conocía desde pequeña– a modo de excusa, le dijo que estaba sobrecogido por lo que le sucedía a esas niñas y lamentaba que las autoridades no hicieran nada al respecto. En ese momento Benedicta descubrió qué era lo que Dios quería para ella y le dijo que estaba dispuesta a encargarse de las muchachas; sin dudarlo el prelado aceptó y le ofreció una casa semiabandonada –propiedad de su diócesis– para albergarlas. Inmediatamente Benedicta puso manos a la obra.

Benedicta Rossello Dedone (nacida en Albissola, Italia el 27 de mayo de 1811), era la cuarta hija de una familia numerosa y no obstante su aguda inteligencia, apenas pudo recibir una educación básica, porque pasaba la mayor parte de su tiempo ayudándole a su madre en la atención y cuidado de sus hermanos menores, aunque ello no era obstáculo para cultivar su devoción a la Santísima Virgen y pasar prolongados períodos de oración ante Jesús Crucificado. Al cumplir 16 años, ingresó a la Orden Terciaria Franciscana, pero su vocación se vio truncada por la necesidad de que ella contribuyera a la economía familiar, por eso aceptó el puesto de enfermera y siete años después al morir su paciente, el señor Monleone, intentó en vano volver a la vida religiosa y ahí sucedió el providencial encuentro con el obispo Agustín de Mari, del que se derivó, el 10 de agosto de 1837, la fundación, de las Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia, orden que se dedicó a rescatar de la calle a las jóvenes abandonadas y a las que habían caído en las garras de la prostitución.

Al hacer sus votos de castidad y pobreza adoptó el nombre de María Josefa y en su condición de superiora, no tardó en abrir varias casas, escuelas y hospitales y en 1846, tras serle aprobada la congregación por el gobierno eclesiástico, se fue extendiendo por toda Italia dejando como matriz a la Casa de la Providencia de Savona, desde la que amplió su radio de acción con la apertura de una hospedería para seminaristas pobres, luego un seminario y redondeó su labor con la liberación de jóvenes africanas esclavizadas, por las que pagaba crecidos rescates. Todo ello lo lograba, María Josefa Rosello, sin tener recursos.

A pesar de estar ahogada por las deudas, no dio su brazo a torcer y afortunadamente todo cambió cuando poco antes de morir, la señora Monleone le legó su apreciable fortuna, con la que pudo pagar todas las acreencias, fundar nuevos establecimientos y enviar a 15 monjas para abrir en Buenos Aires (Argentina), su primera casa en América. Tras cuarenta años de regentar la orden y con 66 hospicios funcionando, a María Josefa Rosello empezó a fallarle el corazón, se fue paralizando y murió en santa paz, el 7 de diciembre de 1880. Fue canonizada por el papa Pío XII, el 12 de junio de 1949. Por eso hoy, 28 de julio, día de su festividad, pidámosle a santa María Josefa Rossello que nos ayude a encontrar el camino para servirle a Dios.

29 de Julio

SANTA MARTA

Ya habían transcurrido cuatro días y Marta, sumida en el más profundo dolor por la muerte de su hermano Lázaro, oraba y enviaba mensajeros a Jesús pidiéndole que viniera, pero Él continuaba lejos con sus discípulos, quienes temerosos por su vida (pues corría el rumor de que los judíos querían apedrearle), permanecían callados porque preferían que se mantuviera a salvo de la ira de los sacerdotes. De pronto el Señor se levantó y les dijo: “Vamos a Betania que Lázaro, nuestro amigo, duerme; pero voy a despertarlo”. Y se puso en marcha. Cuando Marta supo la noticia salió a esperarlo y al verlo se postró de rodillas a la par que le decía: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero yo sé que Dios te concederá todo lo que le pidas”. Jesús le replicó: “Tu hermano resucitará” y ella le respondió: “Sé que resucitará cuando la resurrección, el último día”, a lo que el Señor agregó: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre, ¿crees esto?”; Marta le contestó: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el hijo de Dios que tenía que venir al mundo”.

Esa afirmación de Marta (hermana de Lázaro y de María, que vivían en Betania, cerca de Jerusalén), es la declaración de fe más contundente sobre la legitimidad de Jesús como el Mesías y por lo tanto pilar fundamental de la doctrina cristiana. Tal afirmación era de prever en una las personas más cercanas al Salvador, quien en todo momento reafirmó su entrañable amor por los tres hermanos, lo cual corroboró al llorar ante la tumba de Lázaro antes de resucitarlo. Por eso Marta, que fungía de dueña de casa y siempre estaba afanada atendiendo al maestro y a sus discípulos, tuvo la suficiente confianza para pedirle a Jesús que reconviniera a su hermana María, quien por escucharlo a Él, la dejaba sola con las tareas domésticas a lo que el Señor le respondió: “Marta, Marta, tú te preocupas por muchas cosas, y sólo es necesaria una. María ha escogido la parte mejor, y nadie se la quitará”. Entonces Marta comprendió que la prioridad de todo cristiano es Jesús.

Las huellas de santa Marta se pierden después de la muerte de Jesús, pero según la tradición, durante la primera persecución, huyó con sus dos hermanos. Una vertiente afirma que recalaron en Chipre en donde Lázaro terminó siendo el obispo de Kitión y allí murieron los tres después de un arduo y fructífero trabajo de evangelización; otra versión asegura que se embarcaron hacia Provenza (Francia) y en un buque sin velas ni timón ni remos, lograron arribar milagrosamente a Marsella, en donde convirtieron a toda la población. Santa Marta, que continuó predicando por toda la región, murió en Tarascón y allí construyeron una magnífica iglesia en su honor en la que existe un venerado sepulcro que –supuestamente–, contiene sus reliquias y tiene una larga historia de milagros. En Roma, junto al Vaticano se erigió otra iglesia, en su honor. Dada su diligencia y hospitalidad, santa Marta, fue declarada patrona de los hoteleros y por eso la residencia en donde se alojan los cardenales en Roma –que está ubicada al lado de la Basílica de San Pedro, se llama Casa de Santa Marta y en ella vive el papa Francisco. Por eso hoy, 29 de julio, día de su festividad, pidámosle a santa Marta, que despierte en nosotros la solidaridad cristiana, para dar acogida y amparo a quienes no tienen techo.

30 de Julio

PEDRO CRISÓLOGO

En el siglo V, en Rávena –que a la sazón era la capital del imperio romano de occidente–, la población se debatía entre mantenerse en la Iglesia Católica o profesar algunas de las herejías de moda: la de los nestorianos que sostenían que en Jesús había dos naturalezas: humana y divina, pero separadas, y los monofisistas, para los que, en Jesús, sólo existía la naturaleza divina; pero la maravillosa elocuencia del arzobispo Pedro Crisólogo inclinaba la balanza porque en sus sermones defendía con vehemencia, devoción y profundidad, la doctrina de la Iglesia que sustentaba la idea de que el Salvador poseía las dos naturalezas íntimamente fundidas, sin fisura alguna y por eso era Dios y hombre; era tal su unción, que los feligreses en sus eucaristías renovaban su fidelidad a la Iglesia Católica y salían arrepentidos y bañados en lágrimas de alegría y piedad. En vista de eso, el abad Eutiques, líder de los monofisistas, quiso atraerlo a su causa, pero el arzobispo lo desarmó respetuosamente diciéndole en una carta que no tomaría parte en ese asunto porque: “En cuanto a mí, el amor de la paz y la verdad, no me permiten intervenir en cuestiones de fe, sin el consentimiento del obispo de Roma”.

Así era Pedro (nacido en el 380, en Imola, Italia) a quien el pueblo le adjudicó el apellido de Crisólogo –que significa: hombre de palabras de oro–, porque desde muy niño se destacó por la lozanía y elegancia de su lenguaje y por la profundidad cristiana de sus mensajes, destreza que adquirió mediante una admirable dedicación a los estudios humanísticos y de las Sagradas Escrituras al lado del obispo Cornelio de Imola, que lo ordenó diácono y lo retuvo como su secretario. En esa condición, viajó a Roma con el prelado, quien por encargo del emperador Valentiniano III y de su madre Gala Placidia, debía interceder ante el pontífice para que ratificara al candidato que ellos y el pueblo habían elegido en reemplazo del recién fallecido arzobispo de Rávena. El papa Sixto III, que la noche anterior había tenido un sueño en el que san Pedro le señalaba a un sabio tonsurado, al ver a Pedro Crisólogo lo reconoció y tras ordenarlo sacerdote y consagrarlo obispo, lo nombró arzobispo de Rávena. En medio del escepticismo de la población, el nuevo prelado comenzó su magistratura, pero pronto se ganó la admiración del revoltoso pueblo, el respeto del emperador y la obediencia de los sacerdotes.

En adelante su labor evangélica reverdeció la piedad de toda la ciudad, incluidos el emperador y su madre y desde lejanas regiones empezaron a llegar peregrinos atraídos por su santidad, austeridad, caridad y especialmente por el contenido de sus sermones en los que Pedro Crisólogo, con gracia, simpleza y sutileza, deshojaba los textos sagrados, explicaba las parábolas, el padrenuestro, los sacramentos, la devoción a la Santísima Virgen e invitaba a los feligreses con firme ternura al arrepentimiento y a la oración. Agotado por el extenuante magisterio, Pedro Crisólogo, murió el 30 de julio del 450 y el papa León I “El Magno”, lo inscribió en el libro de los santos diez años después. De su vasta colección de preciosos y bien elaborados sermones –que nunca excedían los 15 minutos– se conservan 180, que a lo largo de la edad media, fueron fuente de inspiración para todos los predicadores y de consulta obligada en cuestiones doctrinales. Es tal la valía de estos documentos, que en 1729, fue declarado Doctor de la Iglesia, por el papa Benedicto XIII. Por eso hoy 30 de julio, día de su festividad, pidámosle a san Pedro Crisólogo que nos enseñe a ser fieles a la Iglesia, así como él lo fue.

31 de Julio

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1 de Agosto

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

La larga fila disminuía a medida que cada uno de los pobres recibía la ración acostumbrada en la portería del convento de los redentoristas de Nocera y cuando el sol se acercaba al cenit, una anciana desvalida llegó con dificultad a la puerta, en el momento en que las provisiones se le habían acabado; desolada prorrumpió en llanto y entre sollozos reclamó la presencia de san Alfonso María de Ligorio, que regularmente la atendía y a más de consuelo, siempre le daba una generosa ayuda con la que ella y su nieto sobrevivían durante el mes, pero luego de esperar un buen rato bajo el sol calcinante, salió el portero del monasterio y le informó que Alfonso María de Ligorio estaba en Nápoles; entonces la mujer, resignada, secó sus lágrimas, emprendió el regreso a casa pero al pasar por la iglesia decidió entrar a ella para pedirle a Dios que supliera sus necesidades y de rodillas, embebida en la oración, perdió la noción del tiempo, hasta que sintió que le tocaban el hombro y al levantar la vista vio a su lado a Alfonso María de Ligorio que la miraba dulcemente y a continuación le ayudó a levantarse, la acompañó hasta la puerta y tras entregarle una bolsa con el dinero suficiente para abastecerse de comida durante los tres meses siguientes, volvió a entrar al templo sin darle la oportunidad de que le agradeciera. Noventa días después, cuando sus provisiones se agotaron, la anciana volvió al convento y en su puerta estaba esperándola con la consabida bolsa de dinero, Alfonso María de Ligorio, que acababa de llegar de Nápoles.

Alfonso María de Ligorio (nacido el 27 de septiembre de 1696, en Nápoles, Italia), por ser el hijo mayor de José de Ligorio –cabeza de una acaudalada y noble familia napolitana–, estaba destinado a sucederle como líder del clan y por eso recibió una esmerada formación, la cual –apuntalada en su aguda inteligencia–, aprovechó de tal forma, que luego de terminar sus estudios de matemáticas, literatura, geografía, arquitectura, música, pintura, arte y gramática, se matriculó en la Universidad de Nápoles, de la que egresó en 1712, como doctor en Derecho Civil y Derecho Canónico, con notas sobresalientes e inmediatamente comenzó a ejercer su profesión. En poco tiempo el joven abogado se convirtió en el jurisconsulto más eminente de la ciudad porque con sus conocimientos, su elocuencia y la consistencia de sus argumentos, fue invencible durante varios años en los tribunales y por ello a los 24 años, le encomendaron la defensa de la familia Orsini (en un enconado pleito que por unas propiedades sostenía con el duque de Toscana) y la brillante exposición hecha en el juicio por Alfonso María de Ligorio, que le auguraba una resonante victoria, se desmoronó, porque él, confiando en la buena fe de los jueces, firmó un documento sin leerlo previamente y al perder la causa, decidió abandonar su promisoria carrera y se refugió en el convento de los lazaristas en donde, después de varios meses de oración y ayuno, una voz celestial le ordenó: “Deja el mundo y sígueme”, lo que hizo con presteza, tras renunciar a su herencia y dejar su espada –símbolo de su status– ante el altar de la Virgen, en la iglesia de Santa María de la Redención de los Cautivos, de Nápoles.

A pesar de la cerrada oposición de su padre, al cabo de dos meses, Alfonso María de Ligorio obtuvo su permiso para abrazar la vida religiosa; entonces se enfrascó en sus estudios de teología y se adentró en las Sagradas Escrituras con un especial recogimiento reforzado por la oración, el ayuno y la mortificación corporal. Luego de recibir el diaconado, fue comisionado para predicar y el pueblo napolitano, que estaba acostumbrado a escucharlo en el foro judicial, quedó subyugado con su nueva faceta y lo seguía a todas partes.

Tras recibir la ordenación sacerdotal (el 21 de diciembre de 1726), a su predicación en las iglesias, tuvo que agregarle –por encargo del arzobispo–, la dirección de los ejercicios espirituales de todo el clero napolitano y cuando bajaba del púlpito siempre lo esperaba una interminable fila de penitentes a las puertas de su confesionario; luego Alfonso María de Ligorio se iba a visitar a los enfermos en los hospitales, a continuación recorría las calles en las que evangelizaba a los vagos y abandonados; al retornar a su casa se sentaba a escribir hasta la madrugada y el amanecer lo sorprendía orando.

Tal derroche de energía y celo apostólico, le pasó factura a Alfonso María de Ligorio y sus médicos le recomendaron un merecido descanso en una pequeña población llamada Scala, en la que se percató del abandono espiritual de sus habitantes, entonces se olvidó de sus dolencias y se dedicó a rescatarlos, reorganizó el convento local y con sus monjas fundó la Congregación de las Redentoristas, pero como la mies era mucha y los obreros, pocos, en 1732, creó una rama masculina llamada: Congregación del Santísimo Redentor –sacerdotes conocidos hoy como Redentoristas– y la cosecha fue tan fecunda, que en poco tiempo sus casas se abrieron en todo el Estado Pontificio, incluida Roma.

A pesar de las persecuciones que debió padecer, Alfonso María de Ligorio dejó su obra en un punto muy alto cuando –no obstante su empecinada resistencia– fue nombrado obispo de Santa Águeda, en 1762 y una vez allí, alcanzó a enderezar la escorada diócesis cuyos sacerdotes y feligreses vivían sin Dios ni ley y al entregarla 13 años después, su grey era modelo de la Iglesia. En todo ese tiempo, Alfonso María de Ligorio escribió sin cesar, labor que continuó una vez retirado en la casa Redentorista de Pagani, hasta completar 111 libros (entre los cuales están: Las glorias de María, Teología moral, La práctica de amar a Jesucristo, La preparación para la muerte), de los que hasta ahora van más de 21 mil ediciones en 70 idiomas y a los 91 años jubiló su pluma al morir en olor de santidad el 1° de agosto de 1787. Fue canonizado por el papa Gregorio XVI, en 1839 y en 1871, el papa Pío IX, lo declaró Doctor de la Iglesia. Por eso hoy, día de su festividad, pidámosle a san Alfonso María de Ligorio que nos dé el coraje suficiente para renunciar al mundo y seguir a Jesús.

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Realización: Cristian Molina