El Santo del día es el espacio donde encuentras la reseña histórica de los santos guardados en la memoria de la Iglesia Católica.

Este programa cuenta cómo cada uno de ellos ayudaron a la humanidad durante su vida. 

Conoce los Santos de esta semana del 4 al 10 de Julio

4 de Julio

SANTA ISABEL DE PORTUGAL

Aunque alrededor de su tumba ubicada en el Monasterio de Santa Clara, en Coimbra, se suscitaban milagros a granel desde hacía más de trescientos años y su devoción estaba tan extendida, que los templos, ermitas y santuarios erigidos en su honor, abundaban especialmente, en Portugal y España y no obstante los testimonios de sus prodigios, los contundentes argumentos, la recurrente petición de sus devotos y el constante reclamo de las dinastías reinantes de los dos países que procedían de su linaje, la canonización de santa Isabel de Portugal, siempre fue desestimada por la curia romana sin razón alguna.

Con la llegada de Urbano VIII al trono de san Pedro, se acentuó la reticencia, porque a juicio de este papa, los pontificados precedentes habían sido demasiado generosos en la concesión de estos galardones celestiales y para contener la avalancha de solicitudes de elevación a los altares, promulgó una bula que contenía rigurosos requisitos y múltiples filtros para decantar a los candidatos, pero aún así, los postuladores de la causa de santa Isabel de Portugal, seguían insistiendo en su propósito y entre ellos el más vehemente era el rey Felipe IV de España, a quien –por cortesía–, el santo Padre le recibió una completa documentación y una imagen de la venerada reina, pero no le prometió nada. Al poco tiempo, Urbano VIII fue atacado por unas misteriosas fiebres malignas –como las llamaban en aquella época– y médicos de toda Europa acudieron a su llamado pero nada pudieron hacer. Todos esperaban un desenlace fatal, menos el pontífice, que aferrado a la vida y después de agotar todas las alternativas, se acordó de la afamada Isabel de Portugal, hizo que le llevaran su imagen, y –por si acaso– se encomendó fervientemente a su intercesión; esa noche se durmió beatíficamente y al día siguiente despertó sano y con el vigor de un adolescente. Inmediatamente ordenó su canonización, –que se hizo efectiva el 25 de mayo de 1625–, porque su curación milagrosa, era para él, suficiente prueba de su santidad.

Isabel (nacida el 11 de febrero de 1270, en Zaragoza, España), era la hija del rey Pedro III de Aragón y sobrina-nieta de santa Isabel de Hungría, por eso recibió el nombre de su tía-abuela y la misma educación que ella, caracterizada por la oración como sello personal, la austeridad, el constante ayuno y duras penitencias que contrastaban con la opulencia de la corte de la que Isabel se sustraía discretamente sin dejar de representar su papel de princesa, y justamente esa moderación fue la que llamó la atención de todos los príncipes europeos que buscaban consorte, pero su padre prefirió al joven rey Dionisio de Portugal, que le entregó una jugosa dote –que incluía varios señoríos, con sus respectivos títulos– y en 1282, fue desposada y entronizada como reina de los lusitanos a los que en poco tiempo les robó el corazón al convertirse en protectora de la Iglesia y de los pobres: construía monasterios, templos, hospitales, albergues para huérfanos, hospicios para indigentes, ancianos, mujeres abandonadas y les repartía con largueza dinero, alimentos y ropa.

Toda esta labor la realizaba sin pedirle permiso a su esposo, quien con su aparente condescendencia pretendía enmascarar sus recurrentes infidelidades de las que Isabel se daba cuenta pero aceptaba en silencio y con una admirable dignidad que sorprendía a todos, pues aceptaba gustosa a los hijos ilegítimos del rey y los educaba cristianamente, lo que derivó más tarde en una agresiva rebeldía de Alfonso, el hijo mayor de ambos, que estaba celoso por la aparente preferencia de su padre hacia uno de los hermanos bastardos y cuando tuvo edad suficiente, le declaró la guerra. En la víspera del enfrentamiento, Isabel de Portugal, llegó hasta el campo de batalla y haciendo gala de su talante diplomático, de su autoridad maternal y de su influencia conyugal, evitó la confrontación y los reconcilió, pero esa paz no duró mucho; como la situación se repitió durante dos largos años, invariablemente la reina mediaba para impedir el derramamiento de sangre y solamente la muerte del rey, en 1325, puso fin al litigio.

Una vez fallecido su esposo, mientras su hijo Alfonso ascendía al trono sin oposición alguna, Isabel de Portugal vistió el hábito de las clarisas, construyó el Convento de Santa Clara en Coimbra y se recluyó en él, sin profesar sus votos extremos, lo que le permitió seguir administrando sus bienes en favor de las muchachas sin futuro, los pobres, los enfermos y los abandonados a los que diariamente atendía, cuidaba, consolaba y protegía; mas once años después, las nubes de otra guerra fratricida se cernieron sobre su paz, pues su hijo Alfonso IV y Alfonso XI, rey de Castilla –su nieto por parte de Constanza, su otra hija– se enfrascaron en una agresiva disputa territorial que los puso en pie de lucha y entonces Isabel de Portugal abandonó su retiro, se puso en camino y tras varios días de marchas forzadas en las que hubo de soportar las inclemencias del clima y las asperezas del terreno, llegó enferma a Estremoz, en donde estaban acampados los dos bandos, pero aunque no alcanzó a reunirlos formalmente, ambos acudieron a su lecho de muerte y le prometieron deponer las armas, lo cual hicieron tras su fallecimiento, ocurrido esa noche del 4 de julio de 1336. Por eso hoy, día de su festividad, pidámosle a santa Isabel de Portugal, que nos dé paciencia y argumentos para resolver las diferencias familiares.

5 de Julio

SAN ANTONIO MARÍA ZACCARÍA

Ya era tarde y alumbrado por la vacilante llama de un candil, el joven Antonio María Zaccaría apuraba el paso tratando de combatir el frío que calaba sus huesos y de evitar a los ladrones que merodeaban a la caza de los escasos transeúntes que temerariamente se aventuraban a esa hora por las intrincadas callejuelas de Pavía, ciudad de Italia. De pronto en medio de la penumbra surgió un débil quejido que aceleró su corazón porque en principio sospechó que era una trampa, pero la misericordia aprendida de su madre se impuso y se fue directo al sitio del que provenía el lamento y se encontró junto al vano de un muro a un aterido muchacho cuasi desnudo, entonces se despojó de su capa, cuidadosamente lo envolvió en ella, se lo llevó para su pensión y después de depositarlo en su cama, se limitó a acompañarlo porque no sabía qué más podía hacer para aliviar su situación y el hecho de sentirse tan impotente le hizo replantear su auspicioso futuro como profesor universitario.

Antonio María Zaccaría (nacido a finales de 1502, en Cremona, Italia), quedó huérfano de padre antes de cumplir dos años, razón por la cual su hermosa madre Antonieta Pescarolli –que apenas contaba 18 años– rehusó varias ofertas matrimoniales y se concentró con abnegación en la formación cristiana de su pequeño hijo, Antonio María, quien con precoz devoción y aguda inteligencia se consagró a la oración y al estudio; antes de cumplir los quince años, estuvo listo para adelantar en Pavía los estudios superiores de filosofía y lenguas clásicas, materias que superó con honores a los 18 años y justamente tras la ceremonia de graduación, cuando retornaba a su casa meditando sobre su porvenir, rescató al aterido joven, pero su ignorancia sobre cómo paliar su dolor, le hizo ver con claridad que la medicina era la mejor opción de servicio a los más desvalidos y entonces se dirigió a Padua en cuya universidad se graduó en 1524 –a los 22 años– y volvió a Cremona, en donde se convirtió en el médico de los pobres, a cuyo servicio estaba las 24 horas sin recibir nada a cambio. Aún así, se sentía insatisfecho porque además de los males del cuerpo que sufrían sus desamparados, era más deplorable la salud de sus almas; entonces después de completar su preparación sobre teología y Sagradas Escrituras, fue ordenado sacerdote en 1528.

Por sugerencia de su director espiritual, Antonio María Zaccaría se trasladó a Milán, ciudad que por su cosmopolitismo, le ofrecía un campo de acción más amplio y allí se vinculó a la “Eterna Sabiduría” (que era una cofradía compuesta por religiosos y laicos dedicados a la oración y a la contemplación) y en ella conoció a los sacerdotes Bartolomé Ferrari y Giacomo Morigia, con los que en 1530, Antonio María Zaccaría, instituyó la Orden de los Clérigos Regulares de San Pablo –conocidos como los Barnabitas, porque su primera sede fue una iglesia dedicada a san Bernabé– para enfrentar la peligrosa expansión del protestantismo y por eso sus miembros administraban los sacramentos, celebraban eucaristías y predicaban en las calles, plazas e iglesias y se sometían a rudas penitencias en público, con el fin de sacudir la adormecida piedad católica y al clero indiferente que observaba la invasión luterana con los brazos cruzados; entabló relaciones con la condesa de Guastalla, Luisa Torelli, con quien en 1535, fundó la orden de las Hermanas Angelicales de San Pablo (congregación compuesta por monjas que desarrollaban su labor apostólica rescatando a las mujeres de la calle, socorriendo a los ancianos, a los huérfanos y a los enfermos) y para completar esa acción envolvente Antonio María Zaccaría, reunió a un grupo de seglares y con ellos creó, el movimiento: “Casados devotos de san Pablo”, llamados también: “Laicos de san Pablo”, organización con la que pretendía reverdecer los valores cristianos dentro de las familias.

Dado el éxito de estas tres comunidades que recuperaron el espíritu católico, Antonio María Zaccaría fue acusado ante la Inquisición, –por un sector clerical cuyos privilegios puso en peligro–, de ser el líder e instigador de doctrinas locas, fanáticas y sediciosas, pero tras dos procesos dispendiosos fue absuelto y recibió el respaldo papal y la completa aprobación de su obra. Asimismo, Antonio María Zaccaría, instauró la devoción de las cuarenta horas de adoración al Santísimo Sacramento y para que fuera constante, las rotaba semanalmente por todas las iglesias de la ciudad. Tan ingente actividad minó su salud, pero aún así tuvo fuerzas para servir de mediador en el conflicto que la población de Guastalla enfrentaba por el interdicto papal (sanción que en la práctica significaba que a sus habitantes les estaba vedado asistir a los oficios religiosos, recibir los sacramentos y darle cristiana sepultura a sus muertos) que logró levantar, pero en el camino de regreso, Antonio María Zaccaria se sintió sin fuerzas y pidió ser llevado adonde su madre en Cremona, en cuyos brazos falleció a los 37 años, el 5 de julio de 1539. Fue canonizado en 1897, por el papa León XIII. Por eso hoy, día de su festividad, pidámosle a san Antonio María Zaccaría, que nos enseñe a ser sensibles ante el dolor ajeno.

6 de Julio

SANTA MARÍA GORETTI

Esa gélida noche de Navidad de 1929, cuando ya las luces del templo de la población de Corinaldo se habían apagado, el párroco descansaba y el ama de llaves de la casa cural, Assunta Carlini terminaba de asear la cocina y se preparaba para recogerse en su habitación, sintió que tocaban la puerta y pensó en algún aterido vagabundo que buscaba la caridad proverbial del sacerdote y como tenía orden de abrir a quien fuera y mucho más en invierno, entreabrió el portón y en medio de la semipenumbra reconoció el imborrable rostro de Alessandro Serenelli, que acababa de salir de la cárcel después de purgar una condena de 27 años por el asesinato de su hija María Goretti. En un instante revivió toda la agonía que estoicamente soportó su niña ese lejano 5 de julio de 1902 y aturdida permaneció en un denso e interminable silencio que fue roto por la voz vacilante del criminal que le preguntó: “Señora Assunta, ¿me reconoce?”; ella –repuesta de su desconcierto– le respondió con voz segura y firme: “Sí, claro que te recuerdo ¡y muy bien!”; Alessandro, azorado, bajó la cabeza y humildemente le dijo: “¿Me perdona?” y Doña Assunta, tiernamente le replicó: “Si Dios te perdonó y mi hija también lo hizo antes de morir, ¿cómo no he de perdonarte yo?” A continuación lo abrazó, le preparó comida y cama y al otro día –tras confesarse ambos– tomados de la mano, comulgaron juntos.

María Goretti, (nacida el 16 de octubre de 1890, en Corinaldo, Italia) era la segunda hija de un matrimonio de aparceros, que por su precaria situación económica tuvo que mudarse a la insalubre aldea de Ferriere di Conca, en la que a causa de la malaria murió su padre, Luigui; por lo tanto su madre, Assunta, tuvo que salir a trabajar al campo y entonces María –de diez años–, asumió el papel de segunda mamá y además debía atender a un viudo que vivía en otra ala de la casa con su díscolo hijo, Alessandro. La piadosa niña, cuya única distracción era rezar el rosario y su mayor anhelo, hacer la primera comunión, pudo lograrlo, gracias a la ayuda de la esposa del dueño de la hacienda y desde ese momento hizo un voto de castidad personal y le prometió a la Virgen que jamás pecaría.

La incipiente belleza de María Goretti, comenzó a trastornar al brioso vecino de 18 años, que no la perdía de vista y aprovechaba cualquier ocasión para acosarla, pero como ella lo rechazaba con vehemencia, el mozalbete humillado urdió un plan para violarla y la oportunidad se presentó el 5 de julio de 1902, cuando María Goretti aún no había cumplido los doce años. Esa tarde, su madre se encontraba en el campo, y la niña ocupada en sus oficios, no se percató de su presencia. Alessandro Serenelli la arrastró hacia la cocina y como le ofreció resistencia, le propinó 14 puñaladas, la dejó allí tirada y se refugió en su habitación. Al cabo de un rato, llegó doña Assunta y con el padre del chico la llevaron al hospital de la localidad cercana de Nettuno y luego de operarla –a sangre fría, porque no había anestesia– María Goretti pasó la noche en medio de una lenta y penosa agonía y al otro día, el 6 de julio, expiró con el rosario en su mano, luego de confesarse, comulgar, recibir la extrema unción y perdonar a su asesino, quien fue capturado y condenado a 30 años de prisión. Ya arrepentido, al salir de la cárcel, Alessandro Serenelli, ingresó a la Tercera Orden de San Francisco y de la mano de doña Assunta –luego de testificar sobre su pureza en el proceso de beatificación–, asistió a la canonización de santa María Goretti, el 24 de junio de 1950, cuando en la Plaza de San Pedro se reunieron 500 mil personas para presenciar el acto presidido por el papa Pío XII. Por eso hoy, día de su festividad, pidámosle a santa María Goretti, que oriente a nuestra juventud hacia la pureza y la castidad.

7 de Julio

SAN FERMÍN, OBISPO Y MÁRTIR

Cuando el gobernador Valerio salió de la ciudad francesa de Beauvais, por orden del emperador Diocleciano, el pueblo (aprovechando la debilidad de Sergio, su reemplazo), se volcó en masa sobre la prisión y sin oposición de la guardia, sacó de allí a Fermín –que estaba preso a la espera de su ejecución– y lo llevó en procesión a la plaza en donde el obispo lleno del Espíritu Santo, pronunció un sermón tan memorable que ese mismo día se convirtieron más de mil personas y en los días siguientes, en el campo de Diana –un lugar de rituales paganos–, predicó con tal unción, que en cuestión de cuarenta días, el número de bautizados se cuadruplicó. Entretanto en los atrios de los vacíos templos romanos, los sacerdotes ocupaban su tiempo maquinando la forma de sacarlo de circulación porque estaba acabando con su religión, que era la del estado. En vista de que prácticamente toda la población ya pertenecía a Cristo, Fermín organizó algunas iglesias con sus respectivos presbíteros y se encaminó hacia Amiens, un erial evangélico, que reclamaba un buen cultivador de almas.

Fermín (nacido –más o menos– en el año 272, en Pamplona, España), era hijo de Firmo, un alto, ecuánime y respetado funcionario del imperio romano, que un día caminaba hacia el templo de Júpiter en compañía de su esposa Eugenia, para ofrecer los sacrificios prescritos por una ley del emperador Diocleciano, cuando por casualidad escucharon al padre Honesto, un predicador cristiano que los sedujo con su mensaje, por eso lo invitaron a su casa en donde el misionero les compartió la Buena Nueva del evangelio y quedaron tan convencidos que al poco tiempo fueron bautizados. Convertidos en devotos seguidores del sacerdote, le encomendaron la educación de su hijo, y Fermín, con su capacidad y disposición para asimilar y transmitir las Sagradas Escrituras sorprendió al clérigo; por ello al cumplir 18 años, lo mandó a catequizar y en varios pueblos cercanos obtuvo numerosas conversiones. Cuando consideró que ya estaba suficientemente preparado, el padre Honesto se lo envió al obispo Honorato de Tolouse, quien después de examinarlo, quedó maravillado de sus dotes, entonces lo ordenó sacerdote a los 22 años y en esa misma ciudad, el padre Fermín, logró en pocos meses lo que muchos otros misioneros no habían conseguido en años.

Entonces dado su liderazgo y fecundidad apostólica, Fermín fue elevado al orden episcopal, cuando apenas contaba 24 años y se convirtió en el primer obispo de su ciudad natal, Pamplona. Una vez evangelizada la ciudad y organizada su diócesis con suficientes sacerdotes e iglesias, Fermín sintió la necesidad de volver a las misiones y tomó la senda de Amiens, (Francia) de donde había recibido noticias sobre su resequedad espiritual y la violencia de sus autoridades contra los predicadores cristianos. Precisamente esa resistencia era el mayor incentivo para emprender esta cruzada, pues creía que en regiones como ésta se manifestaba con mayor vigor la gloria de Dios y no se equivocó, porque a su llegada –precedida de su fama de hombre santo y de la fogosidad de su palabra– Amiens, cayó a los pies de Fermín, y en cuestión de semanas, más de la mitad de la ciudad se había convertido, pero eso no lo pudieron soportar los cogobernadores, Sebastián y Longino, quienes lo apresaron y temiendo que volviera a ocurrir lo de la población de Beauvais, lo hicieron decapitar durante la noche y dentro de la cárcel, el 25 de septiembre del 303, cuando apenas contaba 31 años. Por eso hoy, día de su festividad, pidámosle a san Fermín, obispo y mártir, que nos enseñe a proclamar la palabra de Dios, sin miedo.

8 de Julio

SAN ISAÍAS, PROFETA

El rey Ezequías estaba a punto de tirar la toalla y pagar el tributo que Senaquerib exigía para no invadir la ciudad sitiada desde hacía varios meses, pero esa noche el profeta Isaías le insistía en que continuará confiando porque Yahvé le había prometido que el soberano de Asiria, no entraría en la capital de Judá. De pronto un mensajero penetró resollando a la sala del trono para comunicarle al monarca que en el campamento enemigo se escuchaban gritos y lamentos. Ezequías y el profeta salieron apuradamente y desde la muralla observaron cómo los asirios empezaban a desmantelar las tiendas y cuando despuntó el sol, el ejército rival en desordenada formación, comenzó a retirarse, pero dejó en la explanada miles de cadáveres de soldados que habían sucumbido debido a una epidemia de disentería desatada una semana antes, pero cuya existencia ocultaron en ese lapso para no envalentonar al pueblo que estaba encerrado dentro de esos muros. Desde ese momento, Ezequías, no volvió a mover un dedo sin consultar a Isaías.

Isaías, nacido aproximadamente en el año 760 antes de Cristo, era de estirpe real, pero reclutado por Dios cuando contaba veinte años; empezó su vida pública el mismo año en que su primo el rey Ozías murió y la emprendió contra los reyes disolutos y la opresiva clase pudiente de Israel que adoraba a otros dioses, se enriquecía a expensas de los más pobres y les vaticinaba –según la palabra del Señor–, que si no enderezaban el camino, el país sería devastado y el pueblo llevado al exilio. Pero al mismo tiempo anunciaba que: “He aquí que la Virgen concebirá y dará luz un niño a quien llamarán Dios con nosotros” en alusión clara al Mesías, que nacería setecientos años después y que redimiría al mundo e instauraría el reino de Dios para todos.

A lo largo de su libro, fue dejando señales inequívocas sobre nuestro Señor Jesucristo. Por ejemplo: en el capítulo 53, describe con tal vivacidad la pasión y muerte del Salvador, que da la impresión de que los hechos se desarrollan con base en el texto de Isaías, como si fuera un guión cinematográfico. Con razón san Jerónimo llamó a Isaías: “El Evangelista del Antiguo Testamento” y los judíos lo reconocen como el “Profeta Mayor”.

Isaías fue el faro que durante medio siglo iluminó al pueblo judío –a lo largo de los reinados de Ozías, Jotán, Acaz y Ezequías–, y en ese lapso se erigió como el paladín de la justicia social y en su mensaje –que parece escrito para la sociedad actual– conminaba a los poderosos a que fueran justos para pagar a los asalariados, que compartieran sus riquezas con los pobres y que practicaran la caridad y la misericordia con los más desvalidos: viudas, huérfanos, ancianos, extranjeros y siervos. La tradición afirma que al poco tiempo de haber asumido el poder el rey Manasés (que gobernó 55 años y se le considera como uno de los más perversos de la historia de Israel), Isaías lo atacó frontalmente y en respuesta el malvado monarca ordenó su muerte, entonces el profeta huyó y cuando estaban a punto de capturarlo se escondió en un tronco hueco, pero fue en vano, porque sus persecutores al darse cuenta, serraron el árbol con Isaías adentro y lo partieron en dos. Por eso hoy, día de su festividad, pidámosle a san Isaías, que nos dé fortaleza para defender con valentía y entereza, a los débiles y a los desamparados.

9 de Julio

NUESTRA SEÑORA DE CHIQUINQUIRÁ

Desde hacía dos siglos y medio, los milagros eran el pan de cada día e irrigaban la piedad de toda la meseta cundiboyancese, pues nadie salía con las manos vacías después de orar ante su imagen. Así las cosas, el general Manuel Serviez consideró que Nuestra Señora de Chiquinquirá, podría ser su Juana de Arco (que lo libraría de la persecución de los españoles en su retirada hacia los Llanos en donde pretendía juntarse con las tropas patriotas) y secuestró la efigie el 21 de abril de 1816: la metió en un cajón, la cubrió con lonas de campaña y se la llevó consigo. Pero el acarreo del enorme cuadro –de 125 centímetros de ancho, por 111 de alto– se le convirtió en un estorbo porque, por razones de seguridad, no podía enviarlo en la vanguardia ni dejarlo en la retaguardia y el tenerlo dentro del grueso de la tropa, ralentizaba la marcha, y en vista de que los realistas le pisaban los talones tuvo que dejar la imagen en el Alto de Saname, en las cercanías de Cáqueza, el 8 de mayo; pero aunque se libró de esa incómoda ayuda divina, no se pudo liberar de la excomunión que ya pesaba sobre él –dictada por la arquidiócesis de Santafé de Bogotá–, desde el día anterior, por su acto sacrílego. Recogida la imagen por las tropas del Pacificador Morillo, fue devuelta a Chiquinquirá, el 25 de julio de ese mismo año.

Esa historia de prodigios había comenzado en 1560, cuando don Antonio de Santana, un español que recibió toda la región de Sutamarchán y de Chiquinquirá como encomienda, erigió una rústica capilla y pidió al cura doctrinero, Andrés Jadraque, que le consiguiera una imagen de la Santísima Virgen del Rosario para ponerla en la ermita, entonces el sacerdote se la encargó al pintor Alonso de Narváez –peninsular que vivía en Tunja– y tres años después ya la pintura presidía el altar del oratorio, en donde continuó hasta 1574, año en el que debió ser retirada, porque las goteras de la desvencijada iglesia la habían descolorido de tal manera, que de la Santísima Virgen, san Antonio de Padua y san Andrés, apóstol, –que la flanqueaban en el lienzo–, apenas se distinguían sus desvaídas siluetas. Entonces el cuadro fue arrumado en el cuarto de una casucha usada por la servidumbre y lo emplearon como recipiente de espigas de trigo, hasta que a María Ramos (la esposa abandonada del hermano de Antonio Santana, que vino de España a buscarlo y lo encontró viviendo con otra mujer), le otorgaron ese rancho como vivienda y de casualidad halló el cuadro de Nuestra Señora de Chiquinquirá, al que rescató, lo desempolvó, lo colgó de la pared y todos los días oraba ante él, pidiéndole a la Virgen que se dejara ver.

Un día al término de su rosario matinal, María Ramos olvidó cerrar la puerta y Miguel, el hijo pequeño de una india que pasaba por allí, le llamó la atención a su madre sobre la luminosidad que salía de la choza, y al entrar vio el cuadro sobre el suelo pero adosado a la pared y los colores de las figuras estaban renovados, lucían resplandecientes y de la Santísima Virgen surgía una brillante luz cegadora. Muy pronto la noticia se regó por toda la región y empezaron a desmenuzarse los milagros. Desde entonces –y de hecho–, se convirtió en la advocación de la Santísima Virgen, más venerada del país y como reconocimiento a esta popular devoción, el 9 de julio de 1919, el gobierno nacional proclamó a Nuestra Señora de Chiquinquirá, Santa Patrona de Colombia y el presidente de la república, Marco Fidel Suárez, le ciñó la corona de Reina de Colombia. Por eso hoy, día de su festividad, pidámosle a Nuestra Señora de Chiquinquirá que proteja al país y lo guíe hacia la paz que soñamos y merecemos.

10 de Julio

SAN CRISTÓBAL

En la plaza atestada, los habitantes de Samos no se movían de su sitio, pero como no entendían nada, cuchicheaban, esbozaban sonrisas maliciosas y al cabo de un buen rato, fueron prorrumpiendo en risas mientras Cristóbal, parado en la mitad, se desgañitaba para hacerse entender; como no lo conseguía, comenzó a orar en voz alta pidiéndole a Dios que lo asistiera. De pronto, empujado por una inexplicable fuerza interior, levantó del suelo su enorme bastón y lo clavó en tierra. Al instante empezó a surgir del descomunal báculo una exuberante higuera que al poco rato se doblaba por el peso de sus frutos. A continuación se desató su lengua y emprendió un vigoroso discurso que aunque no era en el idioma nativo de los sorprendidos espectadores, todos comprendieron el mensaje; ese día se convirtió al cristianismo más de la mitad de la población y el prestigio del gigantón se fortaleció mucho más, luego de curar a varios paralíticos y endemoniados, pero su palabra y sus milagros despertaron el odio de Dagón, que era el gobernador romano.

Relicto, hijo de un acaudalado mercader de la ciudad de Tiro o de Sidón y nacido en el siglo tercero, era un fornido guerrero que se fue de su casa –cuando aún era muy joven– en busca de aventuras y después de probar suerte en varias partes buscando un patrón que fuera más poderoso que él, se puso al servicio de un rey de Canaán, pero cuenta la tradición que cuando se enteró de que el monarca temía al demonio, decidió buscar a satanás por ser más fuerte; no obstante al ver que el maligno palidecía ante la cruz, lo abandonó para ir tras el dueño de ese madero que sin duda tenía que ser más grande que el diablo. Vagó por varias regiones indagando sobre en dónde podría encontrar a ese soberano, hasta que al fin le preguntó a un ermitaño que lo catequizó, bautizó y le dijo que a Cristo se le servía ayudando a los demás, entonces lo envió a un río cercano que era muy caudaloso aunque no tan profundo y le encomendó que pasara sobre sus espaldas a los que por razón de su edad o por sus limitaciones físicas, no podían enfrentar la corriente.

Durante mucho tiempo, permaneció en esa labor, anhelando conocer a nuestro Señor Jesucristo, hasta que una mañana un niño frágil apareció junto a su choza, le pidió que lo transportará al otro lado y el gigante accedió gustoso, pero en la mitad del río, el infante se puso tan pesado, que Relicto estuvo a punto de ser arrastrado y ahogado por las aguas; al fin, tras un esfuerzo sobrehumano, ganó la otra orilla y al descargarlo le preguntó quién era y el pequeño se identificó como Cristo y agregó que pesaba demasiado porque cargaba los pecados de todo el mundo; le dijo además, que en adelante se llamaría Cristóbal –que significa: el que lleva a Cristo– y lo mandó a evangelizar. Con ese mensaje llegó a Samos y obtuvo la masiva conversión, que sacudió al gobernador, Dagón.

Ante su negativa de adorar a los dioses romanos, el tirano hizo azotar a Cristóbal, con varillas de hierro y como no cedió, le ciñeron un casco de hierro al rojo vivo y salió ileso; entonces lo acostaron sobre una parrilla candente, pero en vez de quemar sus carnes se fundió el metal y no le hizo mella; a continuación lo amarraron a un árbol y le arrojaron cientos de flechas pero ninguna dio en el blanco. En vista de que nada le hacía daño, Cristóbal fue decapitado y el lugar de su sacrificio se convirtió en sitio de peregrinación en el que se suscitaban tantos milagros –que dice la leyenda–, hasta el mismo Dagón, que había perdido un ojo, se curó y se convirtió al cristianismo. Por eso hoy, 10 de julio, día de su festividad, pidámosle a san Cristóbal, que nos ayude a buscar sin desmayo, a Nuestro Señor Jesucristo, que es el rey más poderoso del universo y el Dios Verdadero.

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Realización: Cristian Molina