Evangelio de hoy miércoles 5 de agosto
“Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.”
Mateo 15, 21-28
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 15, 21-28
En aquel tiempo, Jesús se retiró a la región de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
«Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
«Atiéndela, que viene detrás gritando».
Él les contestó:
«Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».
Ella se acercó y se postró ante él diciendo:
«Señor, ayúdame».
Él le contestó:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Pero ella repuso:
«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».
Jesús le respondió:
«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
En aquel momento quedó curada su hija.
Palabra del Señor
Reflexión del evangelio
De las migajas al banquete: el poder de la fe y la dignidad de ser hijos
El encuentro entre Jesús y la mujer cananea en la región de Tiro y Sidón presenta uno de los episodios más intensos y conmovedores del Evangelio. Una mujer extranjera, al margen de la sociedad y de la religión oficial de su época, se acerca clamando por la liberación de su hija. Ante el silencio inicial y una respuesta aparentemente dura que marcaba las fronteras del pueblo elegido, la mujer responde con una humildad y una audacia desarmantes.
De este diálogo se desprende un mensaje profundo sobre la perseverancia, la autovaloración y la verdadera amplitud del amor de Dios:
La perseverancia que vence el rechazo
Frente a la dificultad, el silencio o una negativa explícita, la reacción más común suele ser el desánimo o el resentimiento. La mujer cananea imita la actitud de quien sabe dónde está la verdadera ayuda: se postra y suplica con sencillez: «Señor, ayúdame».
Ella no se deja frenar por el contexto cultural ni por la etiqueta de «extranjera» o «perro» con la que se solía marginar a su pueblo. Su fe no es rígida ni soberbia; es una fe ingeniosa y humilde capaz de transformar un argumento de exclusión en una oportunidad de gracia. Su insistencia no proviene de la terquedad, sino del amor visceral por su hija y de la certeza de que incluso un pequeño gesto de Dios es suficiente para sanar.
El peligro de conformarse con las migajas
La metáfora del pan y la mesa plantea una interrogante directa a nuestra vida cotidiana: ¿en qué lugar elegimos situarnos?
Comer de las migajas: Significa resignarse a vivir de los desperdicios emocionales, de las sobras de afecto, de hábitos destructivos o de una fe superficial vivida desde el complejo de inferioridad o la culpa. Es sentirnos eternamente «extranjeros» e indignos de la felicidad, el respeto o la plenitud.
Sentarse a la mesa: Implica reconocer la dignidad de ser hijos de Dios. La invitación de la fe no es a recoger los restos debajo de la mesa, sino a ocupar un lugar de pleno derecho en el banquete de la vida, la gracia y la libertad.
Elegir la mesa exige dejar de mendigar dignidad en lugares o relaciones que solo ofrecen sobras, para asumir la identidad de personas valiosas y amadas.
Una fe que rompe fronteras y abre horizontes
El gesto de la cananea trasciende los límites geográficos y culturales de su tiempo. Su respuesta desarma cualquier exclusivismo religioso o social, demostrando que la fe genuina no es patrimonio de un grupo selecto, una nacionalidad o una tradición específica.
Cuando Jesús exclama «¡Mujer, qué grande es tu fe!», no solo atiende su deseo y sana a su hija, sino que valida la apertura de la salvación y el amor divino para toda la humanidad. La fe vivida con autenticidad y entrega tiene el poder de derribar barreras, transformar la realidad propia y recordar que, ante la necesidad del corazón humano, no existen categorías ni exclusiones.






