Evangelio de hoy Lunes 10 de agosto
“El que se ama a sí mismo, se pierde.”
Juan 12, 24-26
Lectura del Santo Evangelio según San Juan 12, 24-26
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.
El que ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiere servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará».
Palabra del Señor
Reflexión del evangelio
El grano de trigo: morir al ego para renacer en fecundo amor
La imagen evangélica del grano de trigo que cae en tierra y muere plantea una de las enseñanzas más radicales de la vida cristiana: la fecundidad humana y espiritual no surge de la autoconservación, sino de la capacidad de transformarse y entregarse. Permanecer replegado sobre uno mismo equivale a ser una semilla aislada que, por proteger su estructura, se queda estéril. En cambio, aceptar el proceso de perder la forma original es la única vía para generar nueva vida.
De este pasaje y su desarrollo se desprenden tres claves centrales para la existencia cotidiana:
La paradoja de la entrega y el desprendimiento
En una cultura obsesionada con retener, acumular y proteger el ego, la propuesta de «perder la vida para ganarla» parece una contradicción inaccesible. Sin embargo, los testimonios de entrega radical —como el de los mártires— recuerdan que el amor verdadero exige siempre una cuota de renuncia.
Morir a uno mismo no significa anular la propia dignidad ni buscar el sufrimiento por sí mismo, sino desarmar las pretensiones del orgullo, las exigencias del propio interés y la necesidad constante de tener la razón. Cuando una persona decide servir y amar sin condiciones, experimenta una libertad profunda que el egoísmo jamás puede ofrecer.
El peligro de la rigidez: superar el «yo soy así»
Uno de los mayores obstáculos para el crecimiento personal y espiritual es la resistencia al cambio, expresada con frecuencia en justificaciones como «yo soy así y no voy a cambiar». Esta postura de rigidez impermeabiliza el corazón y bloquea cualquier posibilidad de maduración.
La semilla que se niega a romper la cáscara: Se conserva intacta, pero no ofrece ni frutos ni sombra a nadie. Suele traducirse en actitudes amargadas, distantes o intransigentes.
La apertura a la transformación: Aceptar que la fe y las experiencias de la vida modifiquen el carácter permite romper el cascarón de la terquedad. Dejar que la gracia y el afecto transformen la existencia convierte a la persona en un árbol firme, capaz de abrigar, escuchar, perdonar y ser refugio para quienes la rodean.
La promesa del servicio y la compañía divina
El compromiso de seguir este itinerario de transformación no queda en el vacío. La declaración de Jesús es categórica: «Donde esté yo, allí también estará mi servidor». Quien asume el riesgo de salir de sí mismo para servir a los demás no camina en la soledad ni en el desamparo; habita en el mismo espacio espiritual donde reside la paz y la presencia divina.
Transformar la existencia en un fruto fecundo requiere gestos diarios y concretos: un abrazo, una palabra de perdón, la capacidad de pedir ayuda y la disposición constante a aprender. Romper las inercias del egoísmo es el único camino para que la vida no se quede en un mero adorno exterior, sino que se convierta en una fuente inagotable de bien para el mundo.






