Evangelio de hoy Sábado 8 de agosto
“Brille vuestra luz ante los hombres.”
Mateo 5, 13-19
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 5, 13-19
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».
No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.
Palabra del Señor
Reflexión del evangelio
La fe como grano de mostaza: intercesión y poder para transformar la realidad
El encuentro entre el padre desesperado y Jesús pone de manifiesto la tensión entre la fragilidad humana y la fuerza de la confianza. Un hombre se arrodilla no para pedir por sí mismo, sino para suplicar por el sufrimiento de su hijo. Ante la incapacidad de los discípulos para sanarlo, Jesús interviene con autoridad, revelando que el verdadero obstáculo en la vida cotidiana no es la magnitud de los problemas, sino la tibieza y la escasez de nuestra fe.
De esta enseñanza se desprenden tres ejes clave para reflexionar y aplicar en la vida cotidiana:
La fuerza de la intercesión por los demás
La actitud del padre arrodillado enseña el valor de la oración de intercesión. En muchas ocasiones, quienes sufren a nuestro alrededor —por enfermedad, depresión, adicciones o angustia— carecen de las fuerzas o de la claridad para buscar ayuda por sí mismos.
Interceder significa ponerse en el lugar del otro, asumir su dolor como propio y acudir en su búsqueda. Salir del propio egoísmo para pedir por la familia, los amigos o los vecinos vulnerables es un acto de amor maduro que abre caminos de restauración allí donde antes solo había desesperanza.
La palabra con autoridad frente al desaliento
Las palabras de Jesús a la «generación incrédula» expresan el desgaste que produce la falta de compromiso y la apatía espiritual. A menudo caemos en la rutina de creer a medias, actuando sin convicción o esperando resultados sin involucrarnos de corazón.
Sin embargo, la respuesta de Jesús al pedir «tráiganmelo» demuestra que la compasión prevalece sobre el cansancio. Su palabra no es un mero discurso, sino una fuerza con autoridad real para liberar de ataduras, sanar heridas y devolver la paz. Creerle a Dios implica confiar en que su palabra tiene la capacidad de actuar eficazmente sobre las circunstancias más oscuras.
Mover las montañas del desánimo
Cuando los discípulos preguntan en privado por qué no pudieron sanar al joven, la respuesta es contundente: «por su poca fe». Para ilustrarlo, Jesús recurre a la imagen del grano de mostaza, una de las semillas más pequeñas, pero capaz de convertirse en un árbol firme.
No se trata de cantidad, sino de calidad: Dios no exige una fe perfecta, ciega o gigantesca; pide una confianza auténtica, pura y firme, por pequeña que sea.
Trasladar los montes: Las «montañas» representan aquellos obstáculos que parecen inamovibles en la vida: rencores antiguos, adicciones, crisis familiares o miedos paralizantes. Una fe sencilla pero bien arraigada no se rinde ante la aparente imposibilidad de los problemas, sino que sabe que, cuando ponemos nuestro esfuerzo en manos de Dios, nada es verdaderamente imposible.






