Evangelio de hoy Miércoles 12 de agosto
“Allí estoy yo en medio de ellos.”
Mateo 18, 15-20
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 18, 15-20
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
En verdad os dijo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.
Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
Palabra del Señor
Reflexión del evangelio
La corrección fraterna: la pedagogía de salvar al otro y desarmar el orgullo
La vida comunitaria y las relaciones humanas no están exentas de roces, desacuerdos y desaciertos. El pasaje sobre la corrección fraterna en el Evangelio plantea un itinerario progresivo y delicado para abordar el conflicto, estableciendo un principio fundamental: el objetivo primordial al señalar una falta jamás debe ser la humillación, el juicio público o la imposición de poder, sino el deseo genuino de salvar al hermano y restaurar la convivencia.
De este mensaje se derivan tres aprendizajes centrales para la vida cotidiana, familiar y comunitaria:
Salvar antes que condenar: de la rigidez a la acogida
A menudo, las comunidades, grupos de trabajo o entornos familiares caen en la tentación de transformar la falta del otro en un motivo de señalamiento y condena. Cuando se juzga a alguien por su aspecto, su origen, sus prácticas o sus errores pasados, la convivencia se degrada hasta convertirse en un ambiente excluyente y rígido.
La propuesta evangélica exige una pedagogía de la delicadeza:
Abordar el problema a solas: Proteger la dignidad del otro antes de exponerlo ante los demás.
Superar las etiquetas: Evitar calificar o encasillar a las personas por sus historias difíciles, pues las equivocaciones del pasado no determinan el valor ni la capacidad de una persona para salir adelante.
Aprender a acoger: Entender que la verdadera fraternidad busca sanar las heridas y ofrecer refugio, imitando la actitud de quien prefiere tender una mano antes que dictar una sentencia.
La humildad ante la propia «jugada» y la apertura a la corrección
La vida confronta a cada individuo de forma constante, exigiendo asumir la responsabilidad de las decisiones personales: ante cada dilema, la realidad espera cuál será la propia respuesta o la propia «jugada». En este proceso, uno de los mayores obstáculos para la maduración personal es el orgullo.
Levantar un monumento al propio ego impide escuchar advertencias oportunas. Aceptar una crítica constructiva con madurez y sencillez no es signo de debilidad, sino de inteligencia emocional y de apertura. Contar con personas cercanas capaces de señalar los desvíos con caridad es una salvaguarda indispensable para mantener la sobriedad, la empatía y los pies en la tierra.
La fuerza de la unión y la oración compartida
Cuando el diálogo directo no rinde frutos de inmediato y la persona parece persistir en una actitud destructiva, el camino no es la indiferencia ni el desprecio. La respuesta del pasaje invita a recurrir a la unión comunitaria y a la oración sostenida.
La declaración de que «donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» subraya que la presencia de lo divino y la verdadera transformación se manifiestan en la concordia. Unir voluntades y plegarias por quien atraviesa momentos oscuros o manifiesta terquedad es un acto de solidaridad profunda. La vida en común exige no desentenderse del dolor ni de los errores del prójimo, sino sumar fuerzas para sostener la fragilidad ajena con la certeza de que el diálogo, la paciencia y el afecto siempre tienen mayor poder transformador que el juicio implacable.






