Evangelio de hoy martes 4 de agosto
“La planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz.”
Mateo 15, 1-2. 13-14
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 15, 1-2. 13-14
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y escribas de Jerusalén y le preguntaron:
«¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?».
Y, llamando a la gente, les dijo:
«Escuchad y entended: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre».
Se acercaron los discípulos y le dijeron:
«¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oírte?».
Respondió él:
«La planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz. Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».
Palabra del Señor
Reflexión del evangelio
La verdadera pureza: examinar el corazón más allá de las apariencias
En un mundo profundamente marcado por las formas, la imagen pública y los rituales externos, la enseñanza de Jesús sobre lo que realmente «mancha» al ser humano resulta tan vigente como revolucionaria. Frente a la crítica de los fariseos por no cumplir con la tradición de lavarse las manos antes de comer, la respuesta va directo a la raíz: no es lo que entra por la boca lo que contamina a una persona, sino lo que sale de ella.
Esta reflexión invita a desplazar la atención de lo puramente estético y ceremonial hacia el plano de la ética personal y la verdad interior.
Asumir la responsabilidad de nuestro interior
Es una tendencia natural del ser humano buscar chivos expiatorios fuera de sí mismo. Resulta sencillo culpar al entorno, a las circunstancias, a la crianza o a las malas influencias por nuestros desaciertos, rabias o deshonestidades. Sin embargo, la enseñanza bíblica desarma esa evasiva: la maldad, el rencor o la mentira no entran como un agente externo inevitable, sino que germinan en las decisiones, pensamientos e intenciones que alimentamos en el corazón.
Lo que expresamos a través de nuestras palabras y acciones es simplemente el reflejo de nuestro estado del alma. Si de la boca salen juicios, engaños o destructividad, es síntoma de que el interior requiere sanación y corrección. La verdadera pureza no se mide por la perfección de las apariencias, sino por la honestidad de lo que albergamos en la intimidad del ser.
Superar las máscaras y evitar las guías ciegas
Afrontar la propia verdad suele ser incómodo. Mostrar las grietas, los errores o la fragilidad nos hace sentir expuestos, y por eso a menudo nos refugiamos en máscaras de corrección o en tradiciones vacías. Nos acostumbramos a cumplir con normas externas para proyectar una imagen intachable hacia los demás, mientras por dentro evitamos el trabajo de la autocrítica.
Al mismo tiempo, la advertencia sobre los «ciegos que guían a otros ciegos» alerta sobre el peligro de depositar la confianza en referencias o ideologías superficiales que solo viven de la apariencia. Seguir a guías que priorizan la fachada sobre la justicia y la compasión conduce inevitablemente al estancamiento y al error.
Una invitación a la coherencia
Buscar la transformación interior requiere humildad para mirarse al espejo sin excusas, reconociendo las propias limitaciones para iniciar un cambio genuino. No se trata de rechazar las tradiciones o las normas comunitarias, sino de vaciarlas de cinismo y llenarlas de sentido.
Vivir con pureza de corazón consiste en alinear lo que sentimos, pensamos y decimos, procurando que nuestras palabras sean vehículo de serenidad, verdad y construcción para quienes nos rodean.






