Evangelio de hoy Miércoles 9 de septiembre
«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.»
Lucas 6, 20-26
Lectura del Santo Evangelio según Lucas 6, 20-26
En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía:
«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.
Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.
Pero ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!
¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre!
¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!
¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas».
Palabra del Señor
Reflexión del evangelio
Dios desde abajo: La humildad que eleva nuestra fragilidad
El pasaje de las bienaventuranzas en el Evangelio de Lucas revela una postura divina desconcertante: al «levantar los ojos hacia sus discípulos», Jesús se coloca simbólicamente en el lugar más bajo para mirar y dignificar a la humanidad desde la extrema sencillez.
La mirada de Cristo y el misterio del abajamiento (kenosis)
Dios a nuestra altura: Frente a la tentación de concebir a Dios únicamente en las alturas o distante, la kenosis de Cristo demuestra que Él se abaja voluntariamente para salir al encuentro del ser humano. No mira con desprecio, sino desde la cercanía de quien se hace pequeño.
La única forma válida de mirar hacia abajo: A imagen del testimonio de San Pedro Claver y las reflexiones del Papa Francisco, la única ocasión en que es legítimo mirar a otra persona desde arriba es cuando se le extiende la mano para levantarla de su caída.
Las bienaventuranzas: la gracia que actúa en la debilidad
La riqueza de reconocer la necesidad: Los pobres, los hambrientos y los que lloran son proclamados dichosos porque no se apoyan en autosuficiencias vanas. Reconocer la propia fragilidad abre la puerta a la verdadera consolación divina.
Presentarse con las manos vacías: A la manera de Santa Teresita del Niño Jesús, la fe madura no acude a Dios presumiendo méritos ni perfecciones, sino exponiendo las limitaciones cotidianas para que la gloria de Dios transforme la nada en tierra fecunda.
El peligro de la comodidad y el aplauso humano
La trampa de la autosuficiencia: Las advertencias dirigidas a los ricos y a los que se sienten saciados señalan el riesgo de adormecer la vida espiritual tras seguridades materiales o búsquedas de prestigio.
La fidelidad por encima del reconocimiento: Buscar que todos hablen bien de nosotros suele conducir a comprometer la verdad. El discípulo auténtico prefiere la coherencia evangélica antes que la aprobación fácil del entorno.






