Evangelio de hoy Lunes 14 de septiembre
«Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito»
Juan 3, 13-17
Lectura del Santo Evangelio según Juan 3, 13-17
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
«Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.
Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios».
Palabra del Señor
Reflexión del evangelio
La grandeza de la humildad: Caridad y confianza en el poder de la Palabra
El relato del centurión romano (Lucas 7, 1-10) enseña que la fe auténtica trasciende títulos o jerarquías, manifestándose en el respeto profundo por los más vulnerables y en una absoluta confianza en la autoridad de Cristo.
La caridad como expresión de la fe
Reconocer la dignidad del prójimo: A diferencia de la mentalidad común de su época —que consideraba a los siervos como simples herramientas de trabajo—, el centurión demuestra afecto sincero por su empleado, abogando activamente por su sanación.
Coherencia en el trato cotidiano: La vivencia del Evangelio se demuestra en la manera de tratar a quienes trabajan con nosotros o están bajo nuestra responsabilidad. El poder se distorsiona cuando falta la justicia, la empatía y la consideración humana.
La humildad ante la presencia de Dios
Despojarse del prestigio: A pesar de poseer autoridad militar y mando sobre cien hombres, el oficial se reconoce pequeñez ante Jesús, declarando no ser digno de que el Maestro entre bajo su techo.
Superar la autosuficiencia: La verdadera grandeza espiritual no radica en el estatus social ni en el control que se ejerza sobre otros, sino en la capacidad de reconocer nuestras propias limitaciones y ponernos en manos de Dios.
Confianza absoluta en la fuerza de la Palabra
Certeza sin exigencias: Acostumbrado al ejercicio del mando, el centurión comprende que la autoridad divina no requiere presencia física ni espectáculos; una sola palabra de Jesús basta para transformar la realidad.
La oración de la Comunión: La Iglesia asume esta misma declaración antes de recibir el pan eucarístico, recordando que nos acercamos al altar no por méritos propios o privilegios, sino confiando plenamente en la misericordia que sana y renueva.






