El Santo del día
25 de diciembre
Nacimiento del Niño Dios
Oración
Oh Divino Niño Jesús, en esta época de Navidad, recordamos con gratitud tu nacimiento y el regalo de amor que trajiste al mundo. En tu humildad y pureza, nos enseñas el verdadero significado de la vida. Que tu luz ilumine nuestros corazones y nos guíe hacia la paz y la bondad. Concédenos la gracia de vivir con la inocencia y la fe de un niño, y permítenos compartir tu amor con aquellos que nos rodean. Que la alegría de tu nacimiento llene nuestros hogares y comunidades, y que en esta Navidad encontremos esperanza, amor y unidad.
Amén.
Las ovejas pacían apaciblemente y mientras los pastores dormitaban sin sobresaltos –porque en esa noche especial, flotaba en el aire una beatitud inexplicable–, por el camino ascendía pesadamente una montura con una grávida mujer a cuestas y el hombre maduro que la cabestreaba, guiaba cuidadosamente al animal para evitarle algún tropiezo que pudiera afectar a la gestante. A la par escudriñaba el entorno en busca del establo que los habitantes de Belén le habían recomendado para guarecerse y de pronto distinguió en la penumbra, la entrada a la cueva, ingresó a ella, aplanó el forraje –que los zagales tenían almacenado para alimentar a los corderos en invierno–, puso su manto sobre la improvisada cama, tomó en sus brazos a la madre, cuyos dolores de parto eran cada vez más apremiantes y con delicadeza, la depositó sobre ella.
En ese mismo momento, los amodorrados mayorales, fueron despabilados por un lucero rutilante que descendió suavemente, iluminó la gruta, se posó sobre ella y en la noche majestuosamente serena y tachonada de estrellas, rompió el silencio el estentóreo llanto de ese bebé, que partió la historia de la humanidad en dos, y de inmediato irrumpió un coro de ángeles que alababan a Dios y uno de ellos, llegó hasta donde estaban los sorprendidos pastores a quienes les dijo: “No tengáis miedo, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo. En la ciudad de David os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Esto os servirá de señal: Encontraréis un niño envuelto en pañales acostado en un pesebre”.
El pueblo de Dios tuvo que aguardar dos mil años, desde que Yahvé le aseguró a Abraham, que tendría una prole tan nutrida como las estrellas, mil 500 años, contados a partir del éxodo de Israel hacia la tierra prometida y un milenio después de la entronización de David, para que se cumpliera esta sublime promesa, anunciada en todo el Antiguo Testamento: Génesis, Deuteronomio, Números, el segundo libro de los Reyes, Salmos y por los profetas: Miqueas, Zacarías, Jeremías, Daniel, Sofonías, Oseas y especialmente Isaías. Pero valió la pena esta espera, porque con la llegada de Jesús, se abrió la puerta de la salvación para la humanidad oprimida por el pecado y sedienta de la redención que ese niño cristalizaría con su muerte y resurrección, después de enseñarnos que no debemos juzgar a nadie; a perdonar para ser perdonados; que nos mandó –como dice en el evangelio de san Juan, capítulo 15, versículo 12– a que nos amemos unos a otros, como Él, nos ha amado; a poner la otra mejilla a quien nos abofetee y a entregarle la túnica al que nos quite el manto; a tratar a los demás como nos gustaría que nos trataran y a no sacar la paja del ojo ajeno antes de retirar la viga del nuestro; hacer el bien al que nos odia, bendecir a los que nos maldicen y orar por los que nos calumnian; a hacer siempre la voluntad de Dios, tal como lo hizo el mismo Jesús, que en un acto de obediencia incondicional al Padre, ratificó lo que dice en el versículo 13 del capítulo 15, del evangelio de san Juan: “Nadie puede tener amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.
Y aunque hubo muchos mártires que siguieron su ejemplo, nosotros lo hemos olvidado. Por eso su nacimiento que se renueva en cada Navidad, nos recuerda que la vida tiene sentido, si amamos a nuestro prójimo y somos capaces de entregarnos a él y por él; para que eso sea posible, solo tenemos que aplicar el mensaje que el ángel comunicó a los pastores: ser hombres de buena voluntad, para que haya paz en la tierra. ¡Feliz Navidad!






