El Santo del día
31 de diciembre
San Silvestre
Oración a San Silvestre
Oh San Silvestre, fiel servidor de Dios y ejemplo de sabiduría y bondad, te pedimos tu intercesión en nuestras vidas. Tú, que guiaste a la Iglesia con prudencia y dedicación, ayúdanos a encontrar el camino hacia la paz y la unidad. Concede a nuestros corazones la gracia de la perseverancia en la fe, y la fortaleza para superar los obstáculos en nuestro camino espiritual. San Silvestre, modelo de rectitud y compasión, ruega por nosotros para que, siguiendo tu ejemplo, podamos vivir vidas llenas de fe y servicio a los demás.
Amén.
Una noche del año 311, mientras ingresaba a la casa de Silvestre, en donde se hospedaba desde su llegada de Antioquía, el indulgente evangelizador san Timoteo, fue apresado y ajusticiado sin juicio previo porque con su elocuencia y unción, le había arrebatado al culto de los dioses oficiales de la ciudad una ingente cantidad de romanos, actividad eminentemente subversiva que las autoridades procuraban eliminar a toda costa. Tras su ejecución, sus restos fueron escondidos por Silvestre, acción por la que él (según consta en las Actas de San Silvestre, consignadas en el Catálogo Liberiano y en el Pontifical Romano), también fue detenido y presentado ante el prefecto Tarquino Perpena, que lo conminó a devolverle las reliquias del mártir y a depositar las supuestas riquezas que le había legado, en los templos paganos, en donde, además –so pena de muerte–, debía ofrecer sacrificios de animales a lo que Silvestre se negó rotundamente y aprovechó para contraatacarlo por su empecinada persecución contra los cristianos.
A continuación lo invitó a abrazar la fe cristiana, insinuación que enfureció tanto al avieso Tarquino, que lo mandó a encarcelar con la amenaza de que si persistía en su contumacia lo condenaría a muerte, pero antes de ser llevado a la mazmorra, Silvestre lo previno diciéndole que si él, no cambiaba de opinión, moriría esa misma noche, sentencia que se cumplió durante la cena en la que una espina de pescado que se atravesó en su garganta le cobró la vida a Tarquino Perpena, frente a sus impotentes invitados. La noticia sobre el cumplimiento de este vaticinio se regó por toda la ciudad y las aterrorizadas autoridades no tuvieron más remedio que dejar en libertad a Silvestre, al día siguiente.
San Silvestre (nacido en Roma en el año 270), era hijo de Rufino, un piadoso comerciante que le encomendó su formación al virtuoso presbítero Cirino, quien lo educó dentro de los más genuinos principios cristianos que Silvestre absorbió como una esponja y puso en práctica dentro de la comunidad católica en la que se forjó en pocos años una maciza reputación de líder carismático, condición que avalada por su sólida preparación filosófica y teológica, le mereció el reconocimiento del papa san Marcelino, que lo ordenó sacerdote a los 30 años, hecho que le facilitó su ingente labor evangélica que incluía la celosa custodia de las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo a las que guiaba a los peregrinos que regularmente hospedaba en su casa y el rescate de los cadáveres de los mártires a los que daba cristiana sepultura en las catacumbas.
Precisamente en cumplimiento de esa misión (tras recuperar los despojos de san Timoteo de Antioquía), fue detenido por el prefecto Tarquino Perpena, cuya muerte ocurrida horas después de que Silvestre se la pronosticara, le confirió el prestigio y la ascendencia suficientes para ser elegido papa en el 314, en reemplazo de san Melquiades, pontífice al que le había tocado en suerte el triunfo del emperador Constantino sobre Magencio, en el 312 y la subsiguiente promulgación del Edicto de Milán (en el 313), mediante el cual cesaban las persecuciones y le garantizaba la libertad a los cristianos para profesar su fe.
Desde su llegada al trono de san Pedro, Silvestre se dedicó a robustecer a la Iglesia, con la construcción de las basílicas romanas, que aún son las principales de la fe católica: la de san Juan de Letrán (junto al palacio Lateranense, residencia papal donada por Constantino a su antecesor), que es la cátedra oficial del papa; la de san Pedro, en la colina vaticana; la de san Pablo Extramuros; las de san Lorenzo, Santa Cruz de Jerusalén, Santa Inés y muchos templos más en la misma Roma y en otras ciudades italianas. A la par, Silvestre estimuló la realización de varios sínodos a través de los cuales reorganizó las instituciones eclesiales de Roma, Alejandría, Palestina, Laodicea, Cartago, Ancira y Cesarea y en esas comarcas consiguió la extinción del donatismo (herejía que pretendía la expulsión de los pecadores del seno de la madre iglesia).
Además estructuró las bases de los cánones litúrgicos: decretó que sólo el obispo podía preparar el santo crisma y administrarlo a los confirmados; reglamentó la vestimenta talar para los oficios religiosos y los tiempos que debían esperar los postulantes para acceder a las órdenes menores y mayores y declaró al domingo como Día del Señor y por lo tanto de obligatorio descanso; así mismo Silvestre obtuvo de Constantino el retorno de los cristianos desterrados y la restitución de sus bienes enajenados; la exclusión de los clérigos de la justicia ordinaria; la emancipación de los esclavos por mediación de la Iglesia; la educación religiosa obligatoria para los niños y la derogación de las leyes imperiales que hasta entonces regían el matrimonio y su traspaso a la jurisdicción eclesiástica.
Pero sin lugar a dudas el mayor logro de Silvestre fue la realización en el año 325, del Concilio de Nicea –el primero de carácter ecuménico–, en el que se fijaron los plazos para celebrar la Pascua, se constituyeron las bases del derecho canónico y se afirmó la divinidad de Cristo, que dio lugar al Credo Niceno que –aún hoy y sin cambiarle una sola coma–, es la confesión de nuestra fe, que renovamos los católicos en todas las eucaristías. Después de 23 años, de fructífero pontificado san Silvestre murió en olor de santidad, extenuado por su titánica labor, el 31 de diciembre del año 335 y fue el único de los primeros 33 papas que no murió mártir. Por eso hoy, día de su festividad, pidámosle a san Silvestre, que a través del credo, nos ayude a reafirmar diariamente nuestra fe.






