Libertad y Libertinaje
Cuando la confusión duele en el Alma.
Vivimos en una época en la que se valora la libertad como uno de los máximos valores humanos y con toda razón, pero también en la que se ha deformado el auténtico sentido de la misma. Como católicos, estamos convencidos de que la libertad es un don de Dios. No hemos sido creados para la esclavitud ni para que se nos imponga algo, sino para amar libremente, para elegir el bien mediante el convencimiento y no por obligación. Ahora bien, cuando la libertad es ultrajada y se convierte en libertinaje no solo se desvía el norte; sino que muchas veces se nos pierde incluso la paz.
¿Qué es de hecho la libertad?
No es solo la «posibilidad de hacer lo que uno quiere». Tal postura resulta demasiado superficial y engañosa. La libertad, en el sentido más auténtico, es la facultad de elegir el bien, de decidirse por el amor, de entregarse a la verdad.
San Juan Pablo II decía: «la libertad no es hacer lo que uno quiere, sino tener el derecho a hacer lo que debe». Este «deber» no es una imposición exterior, sino la verdad que brota del corazón del hombre, hecho para el bien, para el amor, para la comunión.
Si elegimos libremente aquello que nos edifica, que nos hace crecer como personas, como hijos de Dios, como hermanos; estamos haciendo un buen uso de nuestra libertad. En cambio, si usamos el regalo, el don, para lastimarnos, para límites egoístas, para adiciones o placeres, estamos cometiendo el error de destruir lo que tenemos de más valioso.
Entendemos por libertinaje la ilusión de libertad. Libertinaje no es lo mismo que libertad, aunque puede dar esta impresión, porque el libertinaje conduce a caminos muy distintos. Es vivir sin límites, sin normas, teniendo en cuenta solo la satisfacción. Vivir como libertinos implica asumir el protagonismo del “yo” por encima de los demás; busca el placer sin compromiso, el éxito sin esfuerzo, la satisfacción inmediata sin pensar en el mañana.
Santa Teresa de Jesús decía: «La libertad es un gran don de Dios; pero cuando no se sabe hacer uso de ella se convierte en un gran peligro».
El libertinaje promete felicidad, pero es capaz de dejar soledad, vacío, bofetadas de vida, heridas emocionales, rupturas familiares, adicciones, traiciones. A veces, lo notamos solo cuando es demasiado tarde, cuando el corazón ya está cansado de buscar y no se encuentra.
Podemos hacernos la siguiente pregunta ¿Qué consecuencias tiene el libertinaje en la cotidianidad?, la respuesta, la podemos apreciar de muchas maneras:
En las relaciones afectivas: cuando el amor se convierte en mero deseo, en conveniencia, sin compromiso y sin fidelidad. Al principio podría parecer divertido, pero cuando falta el respeto, la entrega, la verdad, termina con corazones triturados y confianza destrozada.
En la sexualidad: cuando se da sin un sentido profundo, sin apertura al amor verdadero, sin apertura al don de la vida. Podría parecer liberador, pero muchas veces nos lleva al vacío, a emplear al otro como objeto, a la pérdida de la dignidad.
En la vida laboral o económica: cuando nos empeñamos en buscar el éxito a cualquier precio, sin ética, sin cuidar a los demás, pasando por encima del otro. El alma se opone y la paz desaparece.
En el uso del tiempo o la tecnología: cuando la vida se reduce a ser un esclavo de las pantallas, de las distracciones, buscando cualquier estímulo fútil, sin sentido. Al final, el alma es aquejada por la inquietud, vacía, incapaz de estar en silencio, incapaz de encontrarse con Dios.
Lo que más entristece el libertinaje es que, en lugar de hacer felices, suele causar sufrimiento. Nos aleja de aquello que, verdaderamente, nos da plenitud: el amor verdadero, la amistad sincera, el hogar, la fe. Nos convertimos entonces en esclavos de nuestros propios deseos.
San Agustín, que conoció muy bien ese tipo de caminos, lo expresó en estos términos tan claros: “A mí, que me diste libertad, yo me había de atar con las cadenas del placer, solo al volver a Ti, Señor, fui realmente libre”.
Pero nos preguntamos ¿Hay salida?, al libertinaje y la respuesta es ¡Siempre!
La misericordia de Dios es mayor que cualquier error. No importa cuántas veces hemos confundido libertad con libertinaje, siempre es posible volver. El hijo pródigo vuelve a casa. La samaritana ha encontrado la verdad. María Magdalena fue perdonada y amada profundamente. Y tú, yo, cualquiera de nosotros, podemos también experimentar esa libertad verdadera. La Confesión es el lugar donde recuperamos nuestra dignidad; la Eucaristía nos alimenta para vivir con sentido; la oración nos recuerda quiénes somos; la comunidad cristiana es el lugar donde aprendemos a amar bien, a vivir en verdad.
Hoy, más que nunca, necesitamos redescubrir la belleza de la verdadera libertad: la libertad de amar, la libertad de servir, la libertad de dar la vida por el otro. No tengamos miedo a los límites porque los límites determinados por el amor no encierran, en primer lugar, protegen; preservan del mal y nos preparan para un bien mayor.
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Por: Por Cristian Molina G






