“Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado” Lucas 18,14
Libérame, Señor, de la envidia, ese ácido invisible que corroe la alegría por el bien ajeno y que amarga el espíritu ante el éxito de los demás. A menudo me comparo y siento que el mundo es injusto porque otros tienen lo que yo deseo. Limpia mi mirada. Que aprenda a celebrar los dones de mis hermanos como si fueran propios, sabiendo que en el cuerpo de Cristo todo es de todos. Que mi seguridad no dependa de ser «más» que nadie, sino de saber que soy único para ti. Que el desierto cure mi necesidad de competencia y me enseñe la libertad de la colaboración y el gozo de la gratitud.