“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… y al prójimo como a ti mismo” Marcos 12,30-31
Que aprenda hoy a distinguir entre mi hambre física —esa que se sacia con pan— y el hambre existencial que solo tu Palabra puede nutrir. A menudo confundo mis carencias y trato de llenar con consumo lo que solo se llena con sentido. Que mi hambre de justicia, de trascendencia y de verdad sea más voraz que mis apetitos primarios. Que este ayuno de alimentos sea una parábola viviente en mi cuerpo: que mi estómago rugiente me recuerde que hay un mundo que clama por pan y una humanidad que agoniza por falta de esperanza. Que mi carencia voluntaria me haga solidario con la carencia impuesta de mis hermanos.