Evangelio de hoy sábado 1 de agosto
“ Siempre hay personas buenas ”
Mateo 14, 1-12
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 14, 1-12
En aquel tiempo, oyó el tetrarca Herodes lo que se contaba de Jesús y dijo a sus cortesanos:
«Ese es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él».
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado, por motivo de Herodías, mujer de su hermano Filipo; porque Juan le decía que no le era lícito vivir con ella. Quería mandarlo matar, pero tuvo miedo de la gente, que lo tenía por profeta.
El día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó delante de todos y le gustó tanto a Herodes, que juró darle lo que pidiera.
Ella, instigada por su madre, le dijo:
«Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey lo sintió, pero, por el juramento y los invitados, ordenó que se la dieran, y mandó decapitar a Juan en la cárcel.
Trajeron la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven y ella se la llevó a su madre.
Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron, y fueron a contárselo a Jesús.
Palabra del Señor
Reflexión del evangelio
Luz que ilumina y sal que da sentido
A menudo escuchamos que estamos llamados a ser luz del mundo y sal de la tierra, pero pocas veces nos detenemos a pensar qué significa esto en la vida cotidiana. Ser luz no es destacar por vanidad, sino tener la capacidad de iluminar los rincones oscuros de quien nos rodea: llevar paz al que está en problemas, ser consuelo para el angustiado y convertirse en esa «luz de la casa» que transforma el ambiente con su sola presencia. Ser sal, por su parte, es aportarle sabor a la existencia, mantener viva la capacidad de asombro, la alegría y el deseo constante de hacer el bien.
El verdadero riesgo de la rutina y de los momentos difíciles no es solo la prueba en sí, sino el peligro de dejarnos apagar o perder el sabor.
El cuidado de nuestra luz y nuestro sabor
Existen circunstancias, ambientes y relaciones que poco a poco van erosionando la paz interior. A veces, por encajar en un grupo, por dinámicas de pareja desequilibradas o por el desgaste de la universidad y el trabajo, cedemos lo más valioso que tenemos: nuestra fe, nuestros valores y nuestra alegría. En lugar de iluminar el entorno, permitimos que las sombras externas apaguen nuestro brillo; en lugar de sazonar la vida de los demás, dejamos que el cinismo o el desánimo nos hagan perder el gusto por vivir.
Cuando escuchamos a alguien decir que «la vida ya no le sabe», nos enfrentamos al dolor de una sal que ha perdido su esencia. Por eso es vital cuidar de qué nos rodeamos y a qué le entregamos el corazón.
Permanecer conectados a la Fuente
Ninguna lámpara ilumina si no está conectada a la corriente, y ninguna vida mantiene su sabor si se aísla de la fuente del amor y la sabiduría. Atravesar las tormentas de la vida es inevitable, pero la diferencia radica en cómo las navegamos. Afianzarse a la fe y al amor de Dios no nos exime de los problemas, pero sí nos garantiza que no naufragaremos en medio de la tempestad.
Ser luz y sal implica una decisión diaria: la decisión de no cansarse de hacer el bien, de proteger la alegría interior ante la adversidad y de recordar que, aun en la noche más oscura, una pequeña llama es suficiente para vencer las tinieblas. Que la vida cotidiana sea siempre un reflejo de esa esperanza que renueva, contagia e ilumina a quienes caminan a nuestro lado.
