Evangelio de hoy Domingo 23 de agosto
«Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará»
Mateo 16, 13-20
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 16, 13-20
En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Él les preguntó:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Jesús le respondió:
«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.
Palabra del Señor
Reflexión del evangelio
Edificar sobre la roca: la fe como fundamento para la reconstrucción interior
Las crisis irrumpen en la existencia como verdaderos terremotos: sacuden la estabilidad diaria, derrumban certezas y desmoronan proyectos que parecían definitivamente consolidados. Sin embargo, cuando la vida se mueve y los esquemas humanos se agrietan, la declaración de fe de Pedro («Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo») emerge no como una abstracción teórica, sino como el único suelo firme sobre el cual es posible volver a levantarse.
La crisis como sacudón de certezas
Toda crisis —sea la pérdida de un ser querido, un quiebre afectivo, una enfermedad, un fracaso económico o la vivencia real de una catástrofe— es en esencia un movimiento sísmico interior. Altera la rutina y destruye la ilusión de control absoluto, dejando al descubierto la extrema fragilidad de las seguridades materiales. Ante el impacto del desmoronamiento, la reacción primaria suele ser la angustia y el temor a que la vida haya quedado arruinada sin remedio.
La verdadera reconstrucción empieza por dentro
Levantar muros o reconstruir espacios físicos es solo la dimensión externa del proceso. La tarea más ardua y significativa es siempre la restauración interior:
Restaurar la tranquilidad: Recuperar la serenidad cuando el miedo y la incertidumbre saturan los pensamientos.
Renovar la confianza: Apostar de nuevo por la vida, las personas y los proyectos aun después de haber atravesado un quebranto profundo.
Reorganizar el corazón: Comprender que las estructuras externas son transitorias, mientras que el sentido de la existencia se sostiene en lo invisible.
La fe como cimiento indestructible
La solidez de la que habla el Evangelio no proviene de la infalibilidad o autosuficiencia humana, sino del punto de apoyo elegido. Cimentar la vida sobre la roca de la fe implica saber que, aunque la tierra tiemble y se desplomen las expectativas, la propia historia no queda destruida. La fe no evita que las tormentas o las crisis ocurran, pero sí otorga la fortaleza y la esperanza necesarias para emprender la reconstrucción con la certeza de no estar a la deriva.






