Evangelio de hoy Miércoles 19 de agosto
«Los últimos serán primeros y los primeros, últimos»
Mateo 20, 1-16
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 20, 1-16
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo:
“Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido”.
Ellos fueron.
Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:
“¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?».
Le respondieron:
“Nadie nos ha contratado”.
Él les dijo:
“Id también vosotros a mi viña”.
Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz:
“Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”.
Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.
Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo:
“Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.
Él replicó a uno de ellos:
“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.
Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».
Palabra del Señor
Reflexión del evangelio
El lugar de Dios en el corazón: de las falsas seguridades a la gracia
Continuando con la escena del joven rico, la imagen del camello pasando por el ojo de una aguja confronta una de las inclinaciones más humanas: la tendencia a poner nuestra seguridad en las riquezas, el estatus o las posesiones. Ante la perplejidad de los discípulos, quienes se preguntan con angustia quién podrá salvarse, surge una afirmación que sostiene toda la fe cristiana: «Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios».
De este pasaje se desprenden claves fundamentales para examinar qué sostiene nuestra vida y qué lugar ocupa Dios en la cotidianidad:
Las riquezas como «dioses con minúscula»
El mensaje del Evangelio no es una condena contra los bienes materiales ni una exaltación de la miseria por sí misma. El riesgo real de la riqueza —sea económica, de prestigio o de conocimiento— surge cuando deja de ser un medio para convertirse en un fin que desplaza a Dios del centro del corazón.
El apego que divide: Las posesiones se vuelven un obstáculo cuando generan pleitos familiares por herencias, desprecio hacia los demás por marcas o estratos, o reacciones desmedidas ante pérdidas materiales insignificantes.
Apegos visibles e invisibles: No solo los bienes económicos acaparan la atención; también nos enriquecemos falsamente de vanidad, ansias de control, orgullo o victimismo. Cuando la identidad depende de lo que se posee o de la propia imagen, el corazón se vuelve incapaz de recibir lo esencial.
La salvación como don y no como mérito humano
Frente al espanto de los discípulos, la respuesta de Jesús desarticula la idea de que la salvación se compra, se acumula o se gana mediante esfuerzos puramente humanos.
Más allá del cumplimiento formal: La santidad no consiste en una carrera de acumulación de méritos, ritos o sacrificios realizados por miedo al castigo. Practicar la fe desde el temor o el cumplimiento mecánico ahoga la libertad interior.
La primacía de la gracia: Nadie se salva a sí mismo. Las prácticas comunitarias y de piedad tienen valor cuando nacen de un corazón arrepentido y conmovido por el amor, no de un listado de normas cumplidas por ansiedad. Como expresaba San Agustín, la gracia divina requiere la apertura libre del ser humano para transformar su fragilidad desde dentro.
La paradoja del ciento por uno y los últimos que serán primeros
Ante la inquietud de Pedro sobre las renuncias asumidas para seguir al Maestro, la promesa es contundente: Dios nunca se deja ganar en generosidad. La renuncia a las falsas seguridades no deja la vida vacía, sino que la abre a una abundancia de paz, libertad y sentido que las cosas materiales no pueden comprar.
La lógica del Reino invierte los criterios del mundo:
El éxito humano vs. el valor interior: Frente a un entorno que prioriza la fama, el poder acumulado y las apariencias, ante Dios prevalecen la humildad, la fidelidad silenciosa y la capacidad de servir.
Un corazón libre: Se puede contar con bienes materiales y mantener un espíritu desprendido y generoso; del mismo modo que se puede carecer de ellos y vivir preso del resentimiento. Lo determinante es cultivar la libertad interior para poner el amor y la compasión por encima de cualquier objeto o ambición personal.






