Evangelio de hoy Jueves 20 de agosto
«Allí será el llanto y el rechinar de dientes.»
Mateo 22, 1-14
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 22, 1-14
En aquel tiempo, Jesús volvió a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:
“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”.
Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.
El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.
Luego dijo a sus criados:
“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”.
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo:
“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”. El otro no abrió la boca.
Entonces el rey dijo a los servidores:
“Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.
Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».
Palabra del Señor
Reflexión del evangelio
El banquete de la fe: Del compromiso formal a la vestidura del corazón
La fe no nace de un listado de exigencias impositivas, sino de una invitación abierta a celebrar la alegría del amor. En la parábola del banquete de bodas, la iniciativa proviene enteramente del anfitrión: Dios prepara la fiesta, convoca a la mesa y sale al encuentro de cada persona antes de cualquier mérito o esfuerzo previo.
El peligro de la indiferencia y la postergación
El mayor obstáculo para responder a esta llamada raras veces es una oposición abierta; con mayor frecuencia es la indiferencia silenciosa. Posponer la vida espiritual tras el ajetreo de las ocupaciones diarias, las ambiciones materiales o el pretexto de que «habrá tiempo después» adormece gradualmente la sensibilidad interior. Cuando lo urgente desplaza constantemente a lo esencial, la existencia corre el riesgo de convertirse en una rutina vacía donde los espacios de paz y sentido quedan relegados.
Una fiesta para todos y la actitud del corazón
Frente al rechazo de los primeros convidados, la respuesta divina no es cancelar la celebración, sino decretar su apertura universal. La invitación llega a los cruces de los caminos para convocar a todos, buenos y malos por igual. Esto recuerda que la vida de fe no es un espacio exclusivo reservado para personas impecables, sino un hogar donde cualquier persona, sin importar sus errores o su pasado, puede encontrar acogida y restauración.
Sin embargo, ingresar al banquete exige llevar el vestido de bodas: ese atuendo interior que representa la actitud sincera con la que se acude a la fiesta. Cumplir con los ritos por compromiso social, por costumbre o por aparentar ante los demás equivale a estar presente físicamente pero ausente en el alma. La auténtica vivencia espiritual no radica en las apariencias externas ni en los formalismos, sino en la disposición real para revestirse de coherencia, humildad y gratitud.
Aceptar el llamado exige decidirse a habitar el presente sin excusas. El banquete de la vida y del perdón ya está servido; la decisión de participar plenamente con un corazón renovado depende de cada uno.






