Evangelio de hoy Martes 18 de agosto
«Entonces, ¿quién puede salvarse?»
Mateo 19, 23-30
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 19, 23-30
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos».
Al oírlo, los discípulos dijeron espantados:
«Entonces, ¿quién puede salvarse?».
Jesús se les quedó mirando y les dijo:
«Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo».
Entonces dijo Pedro a Jesús:
«Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?».
Jesús les dijo:
«En verdad os digo: cuando llegue la renovación y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.
Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros».
Palabra del Señor
Reflexión del evangelio
El lugar de Dios en el corazón: de las falsas seguridades a la gracia
Continuando con la escena del joven rico, la imagen del camello pasando por el ojo de una aguja confronta una de las inclinaciones más humanas: la tendencia a poner nuestra seguridad en las riquezas, el estatus o las posesiones. Ante la perplejidad de los discípulos, quienes se preguntan con angustia quién podrá salvarse, surge una afirmación que sostiene toda la fe cristiana: «Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios».
De este pasaje se desprenden claves fundamentales para examinar qué sostiene nuestra vida y qué lugar ocupa Dios en la cotidianidad:
Las riquezas como «dioses con minúscula»
El mensaje del Evangelio no es una condena contra los bienes materiales ni una exaltación de la miseria por sí misma. El riesgo real de la riqueza —sea económica, de prestigio o de conocimiento— surge cuando deja de ser un medio para convertirse en un fin que desplaza a Dios del centro del corazón.
El apego que divide: Las posesiones se vuelven un obstáculo cuando generan pleitos familiares por herencias, desprecio hacia los demás por marcas o estratos, o reacciones desmedidas ante pérdidas materiales insignificantes.
Apegos visibles e invisibles: No solo los bienes económicos acaparan la atención; también nos enriquecemos falsamente de vanidad, ansias de control, orgullo o victimismo. Cuando la identidad depende de lo que se posee o de la propia imagen, el corazón se vuelve incapaz de recibir lo esencial.
La salvación como don y no como mérito humano
Frente al espanto de los discípulos, la respuesta de Jesús desarticula la idea de que la salvación se compra, se acumula o se gana mediante esfuerzos puramente humanos.
Más allá del cumplimiento formal: La santidad no consiste en una carrera de acumulación de méritos, ritos o sacrificios realizados por miedo al castigo. Practicar la fe desde el temor o el cumplimiento mecánico ahoga la libertad interior.
La primacía de la gracia: Nadie se salva a sí mismo. Las prácticas comunitarias y de piedad tienen valor cuando nacen de un corazón arrepentido y conmovido por el amor, no de un listado de normas cumplidas por ansiedad. Como expresaba San Agustín, la gracia divina requiere la apertura libre del ser humano para transformar su fragilidad desde dentro.
La paradoja del ciento por uno y los últimos que serán primeros
Ante la inquietud de Pedro sobre las renuncias asumidas para seguir al Maestro, la promesa es contundente: Dios nunca se deja ganar en generosidad. La renuncia a las falsas seguridades no deja la vida vacía, sino que la abre a una abundancia de paz, libertad y sentido que las cosas materiales no pueden comprar.
La lógica del Reino invierte los criterios del mundo:
El éxito humano vs. el valor interior: Frente a un entorno que prioriza la fama, el poder acumulado y las apariencias, ante Dios prevalecen la humildad, la fidelidad silenciosa y la capacidad de servir.
Un corazón libre: Se puede contar con bienes materiales y mantener un espíritu desprendido y generoso; del mismo modo que se puede carecer de ellos y vivir preso del resentimiento. Lo determinante es cultivar la libertad interior para poner el amor y la compasión por encima de cualquier objeto o ambición personal.






