“Jesús le dice: vete, que tu hijo vive” Juan 4,50
Enséñame, Señor, a compartir no solo mi pan, sino mi tiempo, que es mi posesión más egoísta y la que más protejo bajo llave. He convertido mi agenda en un ídolo al que sacrifico mis relaciones y mi paz interior. Ayúdame a romper la dictadura del reloj y a estar disponible para lo imprevisto, para la interrupción necesaria, para la visita inesperada. Que mi prisa no sea una excusa para la falta de caridad. Que aprenda a vivir con un ritmo humano, pausado, que me permita percibir la presencia de tu Espíritu en los detalles mínimos de la jornada. Que mi tiempo sea tuyo, y por tanto, de todos mis hermanos.