A veces rezar se siente como hablarle a una pared. Repites palabras que no sientes para cumplir con un Dios que imaginas como un juez aburrido. Pero, ¿y si la oración no fuera convencer a Dios de algo, sino dejar que Él te convenza a ti? Deja de usar frases hechas. Háblale como le hablas a tu mejor amigo después de tres cervezas: con la verdad, con la duda, incluso con el reproche. Dios prefiere una queja sincera que una alabanza hipócrita.
Señor dame la valentía de habitar mi propio silencio sin intentar llenarlo con ruidos piadosos, música de fondo o distracciones digitales. Me aterra el vacío porque en él emergen las preguntas que he intentado callar con el activismo. Ayúdame a sentarme con mi propia sombra, a escuchar los gritos de mis heridas no sanadas y los susurros de mis deseos más profundos. Que no huya de mí mismo, porque si no soy capaz de estar conmigo, ¿cómo podré estar realmente contigo? Que el silencio sea el crisol donde se queme la paja de mis justificaciones y solo quede el oro de tu presencia constante.
«La Caminata de los Sentidos» Sal a caminar 10 minutos sin auriculares. No digas palabras. Solo fíjate en tres cosas que veas y di: «Tú estás aquí». Tu oración hoy es tu atención.
“Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mi me lo hicieron” Mateo 25,40
Por: Cristian Molina G.