Papá, tu presencia es el mejor regalo.
Este domingo 15 de junio de 2025, en Colombia, haremos una pausa para celebrar a una de las figuras más importantes de nuestra vida, el papá. Más allá de los regalos o los almuerzos especiales, este día es una oportunidad para reconocer ese amor, a menudo silencioso, pero siempre presente, que nos ha formado y nos ha dado la fuerza para enfrentar el mundo. Es un amor que, visto desde la fe, tiene un eco celestial en la figura de San José, el padre terrenal de Jesús.
Cuando pensamos en un padre, a menudo nos viene a la mente el hombre de acción: el que enseña a montar en bicicleta, el que arregla las cosas en casa, el que trabaja incansablemente para que no falte nada. Pero la paternidad es mucho más que eso. Es el abrazo que calma el miedo en medio de la noche, la mirada de orgullo en una graduación, el consejo firme pero lleno de amor ante una encrucijada de la vida.
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En la historia de nuestra fe, tenemos un ejemplo increíble de esta paternidad vivida desde la humildad y el servicio: San José. ¿Qué padre ha tenido una misión más grande? Imagina por un momento su situación: un hombre bueno, un carpintero de pueblo, que de repente se encuentra en el centro del plan más extraordinario de Dios. Su prometida, María, iba a tener un hijo que no era suyo. En una sociedad regida por leyes estrictas, su primera reacción pudo ser de confusión, de dolor, incluso de enojo. Pero el Evangelio de Mateo nos dice que era un «hombre justo» y, en lugar de exponerla a la vergüenza, decidió protegerla. Fue en ese momento de crisis personal donde demostró su grandeza. Y es ahí, en el silencio de su oración y su duda, donde Dios le habló en sueños, pidiéndole que confiara: «José, (…) no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo» (Mateo 1,20).
La respuesta de José no fue una promesa al aire, fue un «sí» rotundo con sus acciones. Tomó a María, emprendió el duro viaje a Belén, buscó desesperadamente un lugar para que naciera Jesús y, sin dudarlo, lo protegió huyendo a Egipto. José nos enseña que ser padre es, ante todo, un acto de fe y de custodia. Es confiar, proteger y estar presente, incluso cuando no se entienden del todo los planes.
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Cada vez que un padre se levanta de madrugada para ir a trabajar, cada vez que renuncia a algo que quiere por el bien de sus hijos, cada vez que ofrece su hombro para que lloremos o celebra nuestros triunfos como si fueran suyos, está reflejando ese amor protector de San José.
En este Día del Padre, celebremos a esos hombres que, con sus fortalezas y también con sus debilidades, han sido para nosotros un pilar. Demos gracias no solo por lo que hacen, sino por lo que son.
Un mensaje para ti, Papá:
Gracias. Gracias por tu presencia, que siempre ha sido el mejor de los regalos. Gracias por las risas, por los sacrificios que quizás nunca lleguemos a comprender del todo y por enseñarnos que el amor se demuestra más con hechos que con palabras. Tu vida ha sido un testimonio de entrega y, en tus ojos, hemos podido ver un destello del amor incondicional de Dios.
¡Feliz Día del Padre!
Por: Cristian Molina Gallego.





