“Si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a ustedes el Reino de Dios” Lucas 11,20
Enséñame, Maestro, a lavar los pies de quienes no podrán devolverme el favor, de quienes ni siquiera se darán cuenta de mi servicio. A menudo sirvo buscando el reconocimiento o la gratitud, lo cual es solo otra forma de alimentar mi ego. Que mi entrega sea anónima, callada y desinteresada. Que aprenda a agacharme ante la necesidad ajena sin mirar quién es el que la padece. Que el agua y la toalla sean los emblemas de mi autoridad como cristiano. Ayúdame a descubrir que la verdadera grandeza consiste en hacerse pequeño, y que el único lugar donde un cristiano puede estar por encima de los demás es para levantarlos del suelo.