“El Hijo del hombre será entregado, lo condenarán a muerte, lo crucificarán y al tercer día resucitará” Mateo 20,18-19
Ayúdame a perdonar, no desde la superioridad moral de quien se siente perfecto, sino desde la humilde conciencia de mi propia y profunda fragilidad. A menudo perdono como quien concede una gracia real, manteniendo una distancia de orgullo con el ofensor. Quítame esa arrogancia. Que al mirar el error ajeno pueda reconocer las semillas de ese mismo error en mi propio corazón. Que mi perdón sea el de un mendigo que ayuda a otro mendigo a encontrar el camino hacia el pan. Que no guarde facturas pendientes ni cicatrices infectadas; que aprenda a soltar la ofensa para que mis manos queden libres para volver a abrazar sin reservas ni condiciones.
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