Ser compasivos
La lástima es barata, la compasión te cuesta la vida.
La lástima es un sentimiento de superioridad: «Pobrecito él, menos mal que no soy yo». La compasión, en cambio, es «padecer con». Es bajarte al fango donde el otro está hundido y dejar que tu ropa se manche. Dios no tuvo lástima de la humanidad; se compadeció tanto que se hizo uno de nosotros. Ser compasivo hoy significa dejar de dar consejos desde arriba y empezar a ofrecer el hombro desde el mismo nivel.
Líbrame, Señor, del activismo frenético que usa el «hacer» constante para evitar el «ser» frente a ti. A veces lleno mi agenda de muchas tareas para escapar de la inquietante pregunta por el sentido de mi vida. Corro para no sentir, trabajo para no pensar, hablo para no escuchar. Detenme. Que esta Cuaresma sea un sabotaje a mi necesidad de sentirme útil y necesario. Enséñame que mi valor no depende de mi productividad, sino de mi capacidad de ser presencia y de ser don. Que aprenda a sentarme a tus pies como María, aceptando que la mejor parte es simplemente estar contigo, sin planes, sin resultados, solo en puro acto de entrega y amor. Amén.
Cuando alguien te cuente un problema hoy, no digas «yo que tú…». Calla, imagina que ese problema te está pasando a ti en este momento y solo di: «Estoy aquí contigo».
La compasión te abre, pero el mundo intentará cerrar con «ofertas» más atractivas.
“Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso” Lucas 6,36
Por: Cristian Molina G.





