Evangelio de hoy Lunes 14 de septiembre
«Mujer, ahí tienes a tu hijo»
Juan 19, 25-27
Lectura del Santo Evangelio según Juan 19, 25-27
En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena.
Jesús, al ver a su madre, y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:
– «Mujer, ahí tienes a tu hijo».
Luego dijo al discípulo:
– «Ahí tienes a tu madre».
Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.
Palabra del Señor
Reflexión del evangelio
Junto a la cruz: María y la firmeza en la hora de la prueba
Al pie de la cruz, la presencia silenciosa de María revela que la fe verdadera no huye ante el sufrimiento, sino que permanece de pie con la convicción de que el dolor no tiene la última palabra.
Permanecer de pie en medio de la prueba
Fidelidad frente al desamparo: Mientras la mayoría huyó por temor o desesperanza, María se mantuvo firme al lado de su Hijo. Su actitud enseña a no desesperar ni rebelarse cuando irrumpen las tormentas, sino a conservar la calma y confiar en los planes de Dios.
El sufrimiento revalorizado: La cruz no representa un castigo ni el olvido divino. Afrontar los momentos oscuros con fe transforma las heridas del alma en un camino de maduración interior y confianza profunda.
La maternidad compartida con la comunidad
El testamento espiritual de Jesús: Las palabras «Mujer, ahí tienes a tu hijo» y «Ahí tienes a tu madre» constituyen el nacimiento de una nueva familia basada en la fe. Al encomendarla al discípulo amado, Cristo la entrega como madre protectora de toda la Iglesia.
El discípulo amado como reflejo personal: En la figura de Juan se encuentra representado cada creyente. María asume el encargo de acompañar de forma especial a quienes atraviesan pérdidas, enfermedades o angustias profundas.
Acoger a María en la intimidad de la vida
Abrir las puertas del corazón: La indicación de que el discípulo la recibió en su casa va más allá de ofrecer un espacio físico; invita a acoger su presencia en la cotidianidad de la familia, el trabajo y las oraciones.
Ser brazos de consuelo: Recordar que la comunidad cristiana encarna los brazos de Cristo en el mundo exige ponerse al servicio del afligido, brindando apoyo concreto al prójimo que lleva cruces pesadas.
Afrontar las dificultades de la mano de María renueva la serenidad para no desfallecer en la prueba, recordando que la cruz no es el destino final, sino la antesala obligada de la resurrección.






