La Ascensión del Señor
"Hasta luego"
A veces, en el trajín de nuestros días, las grandes fiestas de la fe pueden pasar un poco de largo, como si fueran solo una fecha más en el calendario. Pero la Ascensión del Señor es una de esas celebraciones que, si nos detenemos un instante a saborearla, nos llena el corazón de una esperanza distinta y nos recuerda que nuestra vida tiene un eco de eternidad. No es el adiós de un amigo que se va para siempre, sino la promesa de un «hasta luego» lleno de significado.
Jesús, aquel que caminó por Galilea, sanó enfermos y nos enseñó a amar, después de resucitar y pasar un tiempo más con sus discípulos, es llevado al cielo. Los Evangelios de Marcos 16, 19 y Lucas 24, 50-51 nos cuentan este momento, “Dicho esto, Jesús fue levantado ante sus ojos y una nube lo ocultó de su vista. Ellos (los Apóstoles) seguían mirando fijamente al cielo mientras se alejaba. Pero de repente vieron a su lado a dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: «Amigos galileos, ¿qué hacen ahí mirando al cielo? Este Jesús que les han llevado volverá de la misma manera que ustedes lo han visto ir al cielo.» Hechos de los Apóstoles 1, 9-11. No es que Jesús se haya desvanecido como un fantasma; nuestra fe cristiana nos dice que ascendió en cuerpo y alma. Es como si su humanidad, esa que compartió con nosotros, fuera abrazada definitivamente por la gloria de Dios Padre. Pensemos en ello como el momento en que su victoria sobre la muerte se sella con su entrada triunfal en la eternidad.
Lo que la Ascensión nos dice hoy
Con Jesús visiblemente ascendido comienza una nueva etapa, es el tiempo de la Iglesia, de nosotros. Antes de irse, Jesús nos dejó una tarea clara: ser sus testigos «hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8). Así que la Ascensión no es para quedarnos mirando al cielo con nostalgia, sino para arremangarnos y llevar su mensaje de Aunque no lo veamos, Jesús sigue trabajando por nosotros.
Sentado «a la derecha del Padre», como decimos en el Credo, Él está constantemente presentando nuestras vidas, nuestras súplicas, incluso nuestros errores, ante Dios. El Papa Francisco lo explica con una ternura especial: «Jesús sube al Padre para interceder por nosotros, para presentarle nuestra humanidad. Así, ante los ojos del Padre, están y estarán siempre, con la humanidad de Jesús, nuestras vidas, nuestras esperanzas, nuestras heridas» (Audiencia General, 17 de abril de 2014). Saber esto nos da una confianza enorme para acercarnos a Dios.
La Ascensión se celebra cuarenta días después del Domingo de Pascua, así que siempre cae en jueves. Es una fecha con mucha historia,(Fuente: Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia, 2002). Sin embargo, para que más gente pueda participar de la Misa y celebrar juntos, en muchos países está fiesta se traslada al domingo siguiente, el séptimo Domingo de Pascua. Así que, ya sea un jueves o un domingo, es un día para alegrarnos y renovar nuestra fe, para este año 2025 la celebráremos este domingo 1 de junio.
La Ascensión del Señor no es solo una doctrina bonita; es una llamada a vivir con los ojos puestos en el cielo, sí, pero con los pies bien plantados en la tierra. Es saber que nuestra vida tiene un propósito más grande, que estamos llamados a compartir la vida divina. Pero esa mirada al cielo no nos hace huir del mundo, sino que nos da la perspectiva y la fuerza para transformarlo desde dentro, poquito a poquito, con gestos de amor, de justicia y de paz.
Es un recordatorio de que Jesús, aunque entronizado en la gloria, sigue íntimamente unido a cada uno de nosotros. Nos ha dejado una misión, pero también la certeza de su compañía constante a través de su Espíritu. Así que, al celebrar la Ascensión, renovemos nuestra alegría, nuestra esperanza y nuestro compromiso de ser sus manos y su voz en el mundo, hasta que Él vuelva.
Por: Cristian Molina Gallego.





