En el Viernes Santo, el silencio de Dios no es vacío, es un silencio que habla al corazón, Jesús ha muerto y por un momento, parece que todo se apaga. No hay palabras, no hay milagros… solo silencio. Pero en ese silencio, Dios nos enseña algo poderoso: que incluso en el dolor, en la espera y en la oscuridad, Él está presente.
Hoy, ese silencio sigue hablando fuerte. Nos invita a escuchar más con el corazón que con los oídos, a detenernos en medio del ruido del mundo y descubrir que el amor de Dios sigue vivo, aunque a veces parezca escondido.
“El silencio de Dios no es ausencia, es espacio para que su amor hable más fuerte.”
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