Evangelio de hoy miércoles 21 de octubre
«Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá”»
Lucas 12, 39-48
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 12, 39-48
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa.
Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».
Pedro le dijo:
«Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?». Y el Señor dijo:
«¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas?
Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes.
Pero si aquel criado dijere para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles.
El criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos.
Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá».
Palabra del Señor
Reflexión del evangelio
La grandeza de la pequeñez: Descargar el ego para descansar en Dios
El Evangelio de Mateo (11, 25-30), proclamado en la memoria de Santa Laura Montoya, retoma una de las paradojas fundamentales del discipulado: en el Reino de Dios, el grande es el pequeño. Frente a una cultura que impone la autosuficiencia y la necesidad constante de demostrar superioridad, la propuesta de Jesús invita a desarmar el orgullo para encontrar serenidad y aprender a vivir desde la humildad del corazón.
Redefinir la pequeñez: Dejarse ayudar sin complejos de inferioridad
Ser pequeño en clave evangélica no significa subestimar los propios talentos ni caer en la falsa modestia de quien se cree incapaz. Jesús no anula las facultades humanas; al contrario, potencia las capacidades de la persona para conducirla a su máxima plenitud en el amor:
La actitud del humilde: La verdadera pequeñez consiste en reconocer los propios límites, mantener la docilidad para aprender y tener la sencillez de dejarse sostener, corregir y acompañar en el camino.
El peligro de la soberbia: Quien se cree autosuficiente y repite «yo puedo solo, no necesito a nadie» termina acumulando tensiones, angustias y cargas emocionales que desembocan en el agotamiento físico, anímico y espiritual.
Vaciar el ego para acoger los secretos del Padre
La revelación de Dios no llega a quienes están colmados de su propia importancia, sino a quienes tienen el corazón despejado:
La ceguera del ego: Cuando una persona está llena de sí misma —imponiendo su criterio en el hogar, la pareja o el trabajo bajo la premisa de «aquí se hace lo que yo digo»—, se vuelve incapaz de escuchar a Dios y a los demás.
Apertura a la gracia: El pequeño capta la sabiduría divina precisamente porque está vacío de vanidad. Esa disponibilidad interior permite comprender los sufrimientos ajenos, entablar un diálogo sano en las relaciones y recibir la luz del Espíritu Santo.
Descargar el peso de la vida en los brazos de Dios
El cansancio y el agobio existencial nacen con frecuencia del afán de controlar cada circunstancia personal y familiar. Ante ese desgaste, la invitación de Cristo ofrece una salida liberadora:
El alivio de confiar: Reconocer con sinceridad que no se tienen todas las respuestas permite soltar las cargas que pesan sobre el alma y depositarlas en las manos de quien verdaderamente puede llevarlas.
El yugo suave de la mansedumbre: Acoger el estilo paciente y humilde de Jesús desarma las actitudes defensivas o violentas, transformando los errores en oportunidades de aprendizaje y perdón mutuo.
Asumir la pequeñez es renunciar a la pretensión de ser el centro para permitir que Dios habite en el corazón. Solo quien se despoja del peso del ego experimenta el descanso interior, dejando que sea el amor misericordioso del Padre el que engrandezca verdaderamente su vida.



