Santa Laura Montoya
Vida, misiones y el legado vivo de las Lauritas
Una mujer de cuarenta años, un hábito empapado por el aguacero y una mula abriéndose paso por trochas donde ni las autoridades se atrevían a entrar. Si buscas la estampa de una Santa de porcelana protegida tras un retablo, la Madre Laura rompe por completo el molde. Mientras en los salones de Medellín murmuraban que su empeño misionero era una locura femenina condenada al fracaso, a ella le quemaba por dentro una sola certeza: nadie tiene derecho a dar por perdida el alma de quien sufre en el olvido. Santa Laura Montoya no esperó caminos pavimentados, recursos de sobra ni aprobaciones cómodas para salir al encuentro de los pueblos indígenas; entendió que la verdadera evangelización empieza cuando dejas los privilegios atrás y aprendes a mirar al otro con la dignidad de quien contempla al mismísimo Cristo llagado.
Una vocación intrépida en el corazón de la selva
Nacida en Jericó (Antioquia), la Madre Laura conoció desde temprana edad el dolor de la orfandad y la estrechez económica. Siendo una brillante educadora, experimentó una inquietud interior que no cabía en las aulas tradicionales: anunciar el amor de Cristo a las comunidades indígenas, marginadas y consideradas por muchos sectores de la época como inalcanzables.
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En 1914, sobreponiéndose a severas incomprensiones sociales y eclesiásticas, se internó en las densas selvas de Dabeiba a lomo de mula. No llegó con afán de dominio, sino con la pedagogía del respeto: aprendió sus lenguas, valoró sus costumbres y dignificó a cada persona desde una auténtica caridad evangélica.
Las «Lauritas»: de las misiones locales al mundo
Para sostener este apostolado fundó la congregación de las Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena, conocidas popularmente como las Hermanas Lauritas. Lo que inició como una pequeña expedición femenina navegando ríos inhóspitos germinó rápidamente en una obra continental y universal.
Hoy, la presencia misionera de las Lauritas abarca más de veinte países en América, África y Europa mediante acciones concretas:
- Inculturación del Evangelio: Inserción respetuosa en comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas, promoviendo la fe desde sus propias matrices culturales.
- Promoción humana y justicia: Programas de alfabetización, dispensarios médicos y defensa activa de los derechos fundamentales de los sectores más vulnerables.
- Cercanía en las periferias existenciales: Acompañamiento pastoral a migrantes, desplazados y familias marginadas en barriadas urbanas y territorios apartados.
El grito que sigue encendiendo corazones
Canonizada en 2013 como la primera santa colombiana, su mística brotó de una contemplación incesante del Calvario. Su célebre aspiración —«¡Tengo sed de almas para Dios!»— recuerda a la Iglesia contemporánea que evangelizar no consiste en teorizar, sino en caminar hacia las fronteras del sufrimiento humano para sembrar dignidad, ternura y esperanza viva.
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Por: Cristian Molina G.





