Evangelio de hoy Jueves 17 de septiembre
«Tu fe te ha salvado, vete en paz»
Lucas 7, 36-50
Lectura del Santo Evangelio según Lucas 7, 36-50
En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo:
«Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora».
Jesús respondió y le dijo:
«Simón, tengo algo que decirte».
Él contestó:
«Dímelo, Maestro».
Jesús le dijo:
«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?».
Respondió Simón y dijo:
«Supongo que aquel a quien le perdonó más».
Le dijo Jesús:
«Has juzgado rectamente».
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:
«¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco».
Y a ella le dijo:
«Han quedado perdonados tus pecados».
Los demás convidados empezaron a decir entre ellos:
«¿Quién es este, que hasta perdona pecados?».
Pero él dijo a la mujer:
«Tu fe te ha salvado, vete en paz».
Palabra del Señor
Reflexión del evangelio
La mirada de Dios: De las etiquetas del juicio a la misericordia que transforma
Dios no observa a las personas a través del filtro del juicio ni de las etiquetas del pasado, sino como una promesa constante de restauración y una oportunidad de vida nueva. En el encuentro entre Jesús, Simón el fariseo y la mujer pecadora, se confrontan dos formas radicalmente opuestas de mirar la fragilidad humana: la mirada del prejuicio distante y la mirada de la misericordia sanadora.
La mirada del juicio frente al ojo de la esperanza
Simón recibe a Jesús en su casa, pero mantiene una distancia cautelosa. Desde su autosuficiencia y orgullo espiritual, evalúa los gestos ajenos y reduce a la mujer a su condición de pecadora. Para la lógica del prejuicio, el pasado de una persona la define para siempre y anula su valor. Por el contrario, la mirada de Jesús no clasifica ni condena; descubre en el ser humano atribulado la capacidad de levantarse, amar y renacer.
El orgullo espiritual y la contrición del corazón
La mujer no pronuncia una sola palabra en todo el relato. Su postura se expresa a través de lágrimas, gestos de profunda humildad y el perfume derramado a los pies de Cristo. Esas lágrimas no brotan de la desesperación, sino de un proceso de conversión: es el dolor de las faltas pasadas transformado en la gratitud de sentirse acogida. Simón, al considerarse justo y sin necesidad de corrección, mantiene un corazón rígido. Creerse superior a los demás paraliza la capacidad de experimentar la verdadera gracia.
Amar en la medida en que fuimos perdonados
La enseñanza de la parábola de los dos deudores demuestra que el amor genuino es el fruto directo de la misericordia recibida. Quien reconoce la magnitud de sus propias fragilidades y experimenta la gratuidad del perdón, adquiere la capacidad de amar y comprender al prójimo sin exigencias ni dureza.
Transformar la conducta diaria exige abandonar el rol de jueces para asumir la actitud de Cristo. Mirar a quienes nos rodean no desde el historial de sus desaciertos, sino como personas necesitadas de afecto, escucha y oportunidad, es el camino para edificar relaciones auténticas y en paz.






