Evangelio de hoy Miércoles 16 de septiembre
«¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación?»
Lucas 7, 31-35
Lectura del Santo Evangelio según Lucas 7, 31-35
En aquel tiempo, dijo el Señor:
«¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación? ¿A quién son semejantes?
Se asemejan a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros aquello de:
“Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado”.
Porque vino Juan el Bautista, que ni come pan ni bebe vino, y decís: Tiene un demonio; vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: “Mirad qué hombre más comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”.
Sin embargo, todos los hijos de la sabiduría le han dado la razón».
Palabra del Señor
Reflexión del evangelio
La verdadera sabiduría: Superar la inconformidad y dar frutos de conversión
El reproche de Jesús a una generación caprichosa saca a la luz la inclinación humana a criticar las formas del mensaje divino en lugar de dejarse interpelar por la llamada a la conversión.
La trampa de la inconformidad espiritual
Excusas para evitar el cambio: El rechazo tanto a la austeridad de Juan el Bautista como a la cercanía festiva de Jesús revela que el problema no radica en la forma de predicar, sino en la dureza del corazón. Es habitual criticar las exigencias del Evangelio cuando resultan incomodas o descalificar la gracia cuando resulta demasiado cercana.
El veneno del juicio y la murmuración: Encerrarse en la queja y el chisme continuo sobre la conducta ajena suele ser un síntoma de insatisfacción personal. Quien centra su atención en escudriñar los errores del prójimo desvía el esfuerzo necesario para sanar la propia vida.
La sabiduría demostrada en las obras
Hechos por encima de discursos: La afirmación de que «la sabiduría ha sido reconocida por todos sus hijos» recuerda que la fe no se valida mediante explicaciones elaboradas o posturas teóricas, sino a través de los frutos concretos de bien que se producen en el entorno cotidiano.
Coherencia y libertad interior: Un proceso real de conversión transforma la manera de pensar, juzgar y tratar a los demás. Quien acoge la Palabra deja de exigir que Dios confirme sus propios prejuicios y aprende a vivir con gratitud, alegría y paz.
Cultivar un corazón dócil exige abandonar las protestas estériles y la necesidad de fiscalizar al hermano. Limpiar la intencionalidad del alma permite que la gracia transforme la queja en generosidad y el rumor en gestos de autenticidad.






