En el mes de las misiones hoy queremos rendirle un merecido homenaje a todas esas personas que deciden entregar su vida entera, a evangelizar y a amar a todo quien lo necesite.
Ser misionero es ante todo ser un testigo de Dios y de su obra en cualquier lugar del mundo. Para ellos, las incomodidades y los riesgos valen la pena, pues su existencia sólo cobra sentido al visitar comunidades vulnerables que necesitan de su presencia.
Para valorarlos aún más sería interesante ponernos en sus zapatos: ellos dejan atrás todo lo que es suyo; su familia, sus amigos, su tierra, y se van a los lugares más recónditos y humildes a desempeñar la labor que Dios les encomendó, ¡qué valientes son!. No olvidemos nunca que nosotros también podemos ser de una u otra manera misioneros en nuestro día a día; esa es una tarea que todos como Cristianos tenemos.
Gracias, queridos misioneros y misioneras de nuestra iglesia… ¡Qué bendición que ustedes existan!
Por: Olga Umaña
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