Recientemente celebramos el día de Jesucristo sumo y eterno sacerdote, fiesta que honra a Jesús como el mediador supremo entre Dios y los hombres. Se conmemora su sacrificio único en la cruz, su Misterio Pascual y su papel como eterno intercesor, promoviendo la oración por la santificación de los sacerdotes.
Es un día propicio entonces para encomendar nuestros sacerdotes a Dios; aquellos que dejaron padre, madre y amigos para dedicarse a entregar todo su amor y apoyo a diferentes comunidades a través de la Evangelización y de los diversos servicios que prestan a la comunidad a través de la misión que les encomendó Nuestro Señor.
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Ser sacerdote es ser generoso y misericordioso por naturaleza. Ser sacerdote es ver el rostro de Jesucristo en quienes sufren, es entregarse sin medida a las personas más necesitadas para la mayor gloria de Dios .
Es importante recordar que por el bautismo todos somos sacerdotes, profetas y reyes; es decir, a nosotros también nos aplica ese mensaje que viene directo del cielo: viniste a este mundo a dar, no a recibir y ojalá que no pase un día en el que no hayamos servido de cualquier manera a los demás pues, de lo contrario, habrá sido en vano esa jornada.
No olvidemos también orar permanentemente por las vocaciones sacerdotales y religiosas pues hoy más que nunca necesitamos de estos seres para que nos acompañen en el camino hacia la santidad.
Por: Olga Umaña
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