Hoy 26 de abril de 2025 es el día que despedimos al Papa Francisco
Ciudad del Vaticano, 26 de abril de 2025 — Todavía no sé cómo poner en palabras lo que vivimos hoy en la Plaza de San Pedro. Estuve ahí, entre miles de personas, despidiendo a Francisco, el Papa que me enseñó a creer otra vez en una Iglesia cercana, humana, llena de ternura.
Llegué cuando todavía era de noche. El aire estaba frío, y la plaza apenas iluminada. A mi alrededor había gente de todos lados: una familia de Paraguay, unos jóvenes italianos que rezaban en voz baja, una anciana mexicana que llevaba una foto enmarcada de Francisco sonriendo. No necesitábamos hablarnos: todos sabíamos por qué estábamos allí.
Cuando el ataúd de madera clara apareció frente al altar, se hizo un silencio tan profundo que hasta las gaviotas del Tíber parecieron callarse. Era un féretro humilde, sin lujos, exactamente como él habría querido. Sobre él, un Evangelio abierto y una cruz sencilla. Nada más.
Durante la homilía, el cardenal Re dijo algo que me atravesó el alma:
«Francisco fue un pastor que no se avergonzó de tocar las heridas del pueblo, que no tuvo miedo de abrazar la fragilidad.»
Yo cerré los ojos, y por un instante volví a ver a ese Francisco que se agachaba a besar los pies de migrantes, que abrazaba a los enfermos, que pedía perdón por los errores de la Iglesia.
Recordaron también sus palabras del primer día como Papa, cuando nos pidió:
«Recen por mí.»
Hoy, esa frase sonaba distinta. Más urgente, más eterna. Y sí, todos allí —creyentes, no creyentes, escépticos, heridos— rezábamos por él.
Cuando terminó la misa y comenzaron a llevar su cuerpo hacia las Grutas Vaticanas, nadie se movió. La plaza entera rompió en aplausos, como si quisiéramos abrazarlo una vez más, como si quisiéramos decirle que su vida no había pasado en vano.
Yo levanté la vista al cielo, donde las nubes se abrían tímidamente, y pensé:
«Gracias, Francisco. Por no hablar solo de Dios, sino por mostrarme Su rostro.»
Y mientras regresaba entre la multitud, supe que, de algún modo, su voz seguiría guiándonos, sus gestos seguirían enseñándonos, y su oración —la que nos pidió tantas veces— nos acompañaría hasta el final.
«Recen por mí.»
Lo seguiremos haciendo, Papa querido. Siempre.




