Evangelio de hoy Lunes 5 de octubre
«Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá.»
Mateo 7, 7-11
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 7, 7-11
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre.
Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!».
Palabra del Señor
Reflexión del evangelio
La parábola del Buen Samaritano: La misericordia como detalle, ternura y cercanía sin fronteras
Frente a la pregunta del maestro de la ley sobre quién es el prójimo, la enseñanza de Jesús desmantela las fronteras culturales, étnicas y religiosas que reducen el amor a un círculo cerrado. La respuesta evangélica no define al prójimo por la afinidad o la cercanía geográfica, sino por la disposición activa de hacerse cercano a quien atraviesa la necesidad.
Redefinir el concepto de prójimo
En el contexto bíblico, el prójimo solía entenderse como el semejante, el miembro de la propia tribu o comunidad. Sin embargo, al poner como ejemplo a un samaritano —considerado extraño y marginado por la mentalidad judía de la época—, Jesús rompe todo sectarismo:
Superar las etiquetas: El prójimo no es únicamente quien comparte la misma condición, el mismo apellido, el origen o las ideas. Prójimo es cualquiera que necesita ayuda, sin distinción de piel, historia o condición de vida.
Mirar dentro del propio hogar: A menudo se busca la proximidad en lo lejano, ignorando que las mayores necesidades de escucha, compasión y cuidado pueden estar ocurriendo dentro de la propia casa.
La misericordia traducida en detalles y ternura
Mientras el sacerdote y el levita observan a la víctima y deciden dar un rodeo para no involucrarse, el samaritano se detiene y actúa. La verdadera compasión no se reduce a un sentimiento abstracto ni a un gesto superficial e impersonal, sino que se expresa en coordenadas de atención y detalle:
Involucramiento real: Acercarse al herido, vendar sus heridas, aplicar aceite y vino, cargarlo sobre la propia montura y trasladarlo a un lugar seguro.
Inversión de tiempo y recursos: Velar por el herido durante la noche, asumir los costos de su recuperación y comprometerse a regresar para asegurar su bienestar completo.
Superar la tosquedad y la indiferencia cotidiana
En la sociedad actual, palabras como «amor» o «misericordia» corren el riesgo de devaluarse o quedar reducidas a rutinas vacías. La misericordia auténtica se manifiesta en la amabilidad del trato diario y en la capacidad de romper la frialdad que caracteriza las interacciones humanas.
Recuperar el sentido del Evangelio exige combatir la violencia de la indiferencia: desde la educación en los pequeños gestos —un saludo sincero, un agradecimiento, una palabra amable— hasta la disposición constante de salir del propio aislamiento para cuidar de los demás. La vivencia de la fe se acredita cuando la compasión deja de ser teoría para convertirse en ternura y auxilio concreto en la historia de cada día.






