Bendecidos para Bendecir
Sábado de Santidad.
En este segundo sábado cuaresmal, reflexionamos sobre la santidad como un don y una misión. Ser santos no es un privilegio de unos pocos, sino una llamada universal. Como nos recuerda el Papa Francisco en Gaudete et Exsultate: “Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo nuestro testimonio en las ocupaciones de cada día” (GE 14).
Este sábado de santidad, preguntémonos: ¿Cómo podemos vivir la santidad en nuestra familia y con nuestros hermanos?
La bendición de Dios es un signo de su amor y protección. Desde el Antiguo Testamento, la bendición es un acto sagrado que transmite vida y gracia. En Números 6,24-26, encontramos la gran bendición sacerdotal:
“El Señor te bendiga y te guarde;
el Señor haga resplandecer su rostro sobre ti y tenga de ti misericordia;
el Señor alce su rostro sobre ti y te conceda la paz.”
Recibir la bendición de Dios nos fortalece, pero también nos compromete a ser fuente de bendición para los demás. Como hijos suyos, debemos aprender a bendecir a nuestra familia, a nuestros amigos y a todos los que nos rodean.
La familia es el primer lugar donde aprendemos a ser santos. Como padres, hijos y hermanos, estamos llamados a bendecirnos unos a otros con nuestras palabras y acciones. Todos somos hijos, nacidos en una familia terrenal y, a la vez, hijos de Dios. Jesús nos enseñó a dirigirnos a Dios como “Padre nuestro” (Mateo 6,9), recordándonos nuestra identidad y misión como hijos.
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¿Cómo podemos santificarnos en nuestra vida cotidiana como hijos?
La gratitud y el respeto a nuestros padres es una forma de santificarnos. “Honra a tu padre y a tu madre” (Éxodo 20,12) es un mandamiento que nos invita a vivir en amor y respeto. Como hijos, podemos ser testimonio de fe y amor en nuestro hogar.
En este sábado de santidad, recordemos que la santidad se construye en lo cotidiano, en el amor sincero y en la bendición mutua. Que nuestras vidas reflejen la bendición de Dios y seamos luz para los demás.
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Por: Por Cristian Molina G






