Evangelio de hoy Jueves 8 de octubre
«Porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre..»
Lucas 11, 5-13
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 11, 5-13
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Suponed que alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice:
“Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; y, desde dentro, aquel le responde:
“No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”; os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?
Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?».
Palabra del Señor
Reflexión del evangelio
La confianza filial y la audacia de soñar: Acudir al Padre sin restricciones
La enseñanza de Jesús en el Evangelio de Lucas (11, 5-13) invita a transformar la oración en un acto continuo de confianza filial, recordando que ante Dios no existen límites de crédito ni reservas para atender a quienes acuden a su presencia.
Acudir al Padre sin medidas ni reservas
La audacia de pedir: Los niños no se imponen barreras al solicitar ayuda o expresar sus necesidades; acuden espontáneamente a sus padres cuando tienen hambre, dolor, miedo o tristeza. De la misma manera, la fe invita a presentar ante Dios los anhelos del corazón sin reservas ni timidez.
Superar la autorrestricción: A menudo el ser humano se veta a sí mismo la posibilidad de acudir al Padre, abrumado por las dificultades o por el peso del propio juicio. Sin embargo, insistir, buscar y llamar a la puerta divina solo puede derivar en ser acogido con perdón, consuelo y la gracia del Espíritu Santo.
Recuperar la capacidad de soñar
De la ilusión infantil al desencanto adulto: En la infancia, la imaginación permite construir mundos enteros y volar alto a través del juego sencillo. Al avanzar hacia la madurez, las expectativas sociales, los condicionamientos de terceros y el pragmatismo desgastan esa libertad interior, sofocando los deseos profundos.
La falta de motivación como pérdida del sueño: La apatía o el desánimo en la vida adulta suelen ser consecuencia directa de haber renunciado a las propias aspiraciones para asumir proyectos ajenos. Perder la capacidad de soñar empequeñece el horizonte y apaga el sentido de la existencia.
Elevar los anhelos hacia Dios
Siguiendo la enseñanza teresiana y la llamada constante a buscar las cosas de arriba, la vivencia espiritual exige romper los esquemas que recortan las alas del alma. Seguir a Cristo no es resignarse a la apatía, sino recuperar el coraje para soñar en grande:
Liberarse de los sueños ajenos: Evaluar si las metas actuales responden a la verdadera vocación y a la felicidad que Dios desea para cada persona, o si obedecen únicamente a la presión del entorno.
Confiar en la grandeza divina: Dado que Dios habita en lo alto, las aspiraciones del creyente deben ser elevadas, audaces y generosas.
Acudir al Padre con la sencillez de un hijo permite sanar las frustraciones del pasado, encender de nuevo la motivación cotidiana y caminar con la certeza de que su amor misericordioso siempre mantiene la puerta abierta.






