El arte de vivir en plenitud
Tener estabilidad económica no garantiza una vejez feliz. Existe una diferencia abismal entre ‘tener’ y ‘estar bien’. Descubre el arte de la nueva longevidad.
Hay una idea silenciosa pero persistente que atraviesa nuestra forma de entender la vida: creemos que envejecer bien es cuestión de suerte. Como si llegar a cierta edad con salud, autonomía y bienestar dependiera de factores casi mágicos o, en el mejor de los casos, de la genética. Pero esa creencia, además de cómoda, es profundamente engañosa.
Envejecer no empieza a los 60 años. Empieza mucho antes. Empieza hoy.
Nos han enseñado a pensar la vejez como una etapa lejana, ajena, casi como si perteneciera a “otros”. Sin embargo, cada decisión cotidiana por ejemplo: cómo comemos, cuánto nos movemos, cómo gestionamos el estrés, qué tipo de relaciones cultivamos; van moldeando la forma en que llegaremos a esa etapa que tanto evitamos nombrar.
En nuestro programa “Amigos de tu salud” con el doctor Carlos Sánchez y nuestra gerontóloga invitada Nathalia Hurtado quisimos reflexionar sobre la plenitud y el envejecimiento desde una orilla común, donde todos sin importar la edad, estuviéramos incluidos y percibimos un error: asociar el bienestar con el tener. Tener estabilidad económica, tener propiedades, tener seguridad. Pero basta observar con atención para notar que tener no es lo mismo que estar bien. Hay personas con todo resuelto en lo material que viven atrapadas en la soledad, el vacío o la ansiedad. Y otras, con mucho menos, que logran sostener una vida plena gracias a sus vínculos, su propósito o su manera de habitar el mundo.
Quizás uno de los prejuicios más dañinos es creer que existen enfermedades “propias” de la vejez. Como si cumplir años fuera, en sí mismo, una condena al deterioro. Lo cierto es que muchas de las condiciones que aparecen en edades avanzadas tienen más que ver con la acumulación de hábitos que con la edad en sí. No es lo mismo llegar a los 70 habiendo cuidado el cuerpo y la mente, que hacerlo desde el abandono y hábitos destructivos.
Esto no significa negar los cambios. El cuerpo cambia. Las hormonas cambian. La energía cambia. Pero cambiar no es sinónimo de fallar. Es, simplemente, parte de estar vivo.
Hoy hablamos de una “nueva longevidad”. Vivimos más años que antes, sí, pero la pregunta importante no es cuánto vivimos, sino cómo. Y ahí es donde aparece una responsabilidad que a veces incomoda: el envejecimiento saludable no se improvisa, se construye.
Se construye cuando elegimos movernos, aunque cueste, cuando priorizamos el descanso en lugar de glorificar el agotamiento, cuando alimentamos relaciones que nos sostienen, cuando aprendemos a gestionar lo que sentimos en lugar de acumularlo, cuando nos permitimos tener un propósito, incluso, cuando las circunstancias cambian, pues la vida misma es cambiante.
Envejecer en plenitud no es evitar el paso del tiempo. Es acompañarlo con conciencia.
Tal vez el verdadero desafío no sea detener el envejecimiento, sino reconciliarnos con él. Entender que no hay una línea clara que separe juventud y vejez.
Porque, al final, no se trata de llegar bien a los 60, a los 70 o a los 80. Se trata de vivir de tal manera que cada etapa, incluida la vejez, tenga sentido.
Y eso, aunque a veces lo olvidemos, empieza mucho antes de que nos demos cuenta.
Envejecer bien no es cuestión de suerte, es cuestión de método.
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Por: Tatiana Diaz Zapata
