Evangelio de hoy Sábado 7 de noviembre
«Dios conoce vuestros corazones»
Lucas 16, 9-15
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 16, 9-15
En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos:
«Ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.
El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto.
Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?
Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero».
Los fariseos, que eran amigos del dinero, estaban escuchando todo esto y se burlaban de él.
Y les dijo:
«Vosotros os las dais de justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones, pues lo que es sublime entre los hombres es abominable ante Dios».
Palabra del Señor
Reflexión del evangelio
La autenticidad ante Dios: Despojarse de las máscaras y la trampa de los dos señores
El pasaje de Lucas (16, 9-15) expone la radicalidad del seguimiento cristiano frente a las justificaciones humanas: la imposibilidad de servir a Dios y al dinero, y la inutilidad de sostener fachadas ante la mirada divina. Inspirada en la advertencia de Santa Teresa de Jesús —quien recordaba que todos los males provienen de no tener los ojos puestos en Cristo—, la reflexión invita a renunciar a la simulación y al afán de acaparar para abrazar la libertad de quien se sabe amado en su verdad de carne y hueso.
La ilusión de acaparar: No se puede tener «pan y pedazo»
El corazón humano suele caer en la trampa de querer conciliar dos mundos opuestos, intentando asegurar la vida en Dios mientras mantiene las seguridades en el apego material o afectivo:
Fidelidad en lo cotidiano: Quien no aprende a ser recto y transparente en lo pequeño difícilmente sostendrá la fidelidad en las responsabilidades mayores. El dinero y los bienes temporales no son un fin en sí mismos, sino instrumentos que deben ponerse al servicio del bien y de la fraternidad.
Mendigar seguridades pasajeras: La codicia no se reduce únicamente a las finanzas; abarca también la necesidad enfermiza de acaparar afecto, mendigar aprobación ajena y retener relaciones por conveniencia.
La recompensa del desprendimiento: Intentar servir a dos señores termina quebrando interiormente a la persona. En cambio, cuando se tiene la valentía de ordenar las prioridades y soltar aquello que ata, la gracia actúa de inmediato: la mente recupera la lucidez, el cuerpo experimenta alivio y el corazón ensancha su capacidad de amar sin condiciones.
La futilidad de la fachada: Dios ama la realidad, no el disfraz
La reacción de los fariseos ante las palabras de Jesús revela la resistencia del orgullo humano: al sentirse confrontados en su apego a las riquezas, responden con la burla y el desprecio, pretendiendo mostrarse justos ante la multitud:
El juicio divino frente a los criterios del mundo: Lo que la sociedad suele aplaudir como un éxito sublime —la ostentación, el estatus y el aplauso fácil— resulta abominable ante los ojos de Dios cuando está cimentado en la hipocresía.
El afán de vivir vidas prestadas: Evocando la intuición de Miguel de Unamuno sobre el hombre concreto de carne y hueso, resulta paradójica la obsesión contemporánea por desear la vida, la figura o el éxito de otros exhibido en redes sociales. Dios no ama construcciones idílicas ni disfraces de perfección; ama a la persona real, con sus límites, caídas y autenticidad.
Soltar las apariencias: Mantener máscaras frente a los demás consume la energía vital y resulta completamente inútil ante Dios, quien escruta y conoce el fondo de los pensamientos y las intenciones.
La mirada fija en Jesús y la comunión del Sagrario
Pretender encontrar en la Iglesia una comunidad de personas perfectas es un error que engendra desencanto; la verdadera coherencia encarnada solo le pertenece a Jesucristo:
Caminar sostenidos por la misericordia: El creyente no se apoya en su propia fuerza moral, sino en la certeza de ser rescatado por pura gracia. Reconocerse frágil permite que sea el Señor quien vaya moldeando el corazón a su medida.
La presencia viva en el Sagrario: Más allá de las distancias geográficas, de los conventos o de las comunidades particulares, el sagrario sigue siendo el mismo centro de vida en cualquier rincón del mundo. Es allí, a los pies de Jesús sacramentado, donde el discípulo aprende a mirarlo, a renovar su interior y a recibir el impulso para seguir encarnando el Evangelio en la historia concreta de cada día.
Al revisar los espacios donde te desenvuelves a diario, ¿qué apariencia, expectativa ajena o «máscara» sientes que el Señor te está invitando a soltar hoy para vivir con mayor transparencia ante Él?




