AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 8 de septiembre de 2021

“Todos somos hijos de Dios”

Este miércoles continuamos con la búsqueda de profundizar nuestra fe tomando como punto de partida la carta del apóstol san Pablo a los gálatas. Esta vez, el Santo Padre nos invita a reflexionar sobre la importancia del bautismo y la dignidad de ser hijos de Dios. 

Con el pasaje del día de hoy podemos afirmar que la fe es quien nos permite ser hijos de Dios en Cristo. (V. 26). «En Cristo» es lo que marca la diferencia en los cristianos, y esto solo sucede en la participación en su redención y en nosotros en el sacramento del bautismo, así comienza. Jesús se convirtió en nuestro hermano y con su muerte y resurrección nos reconcilió con el Padre. Quien recibe a Cristo en la fe es «revestido» de él y de dignidad filial por el bautismo (cf. v. 27).

San Pablo en sus Cartas se refiere varias veces al bautismo. Para él, ser bautizado equivale a participar de manera efectiva y real en el misterio de Jesús. Por ejemplo, en la Carta a los Romanos llegará incluso a decir que, en el bautismo, morimos con Cristo y sepultado con él para vivir con él (cf. 6,3-14). Y esta es la gracia del bautismo: participar de la muerte y resurrección de Jesús. El bautismo, por tanto, no es un mero rito externo. Quienes la reciben se transforman en lo más profundo. 

El Apóstol también  afirma con gran audacia que lo recibido con el bautismo es una identidad totalmente nueva, como para prevalecer sobre las diferencias que existen a nivel étnico-religioso . Es decir, lo explica así: «no hay judío ni griego»; y también en el social: “no hay esclavo ni libre; no hay varón ni hembra ”( Gálatas 3:28). Como puede verse, Pablo afirma la profunda unidad que existe entre todos los bautizados, cualquiera que sea la condición a la que pertenezcan, sean hombres o mujeres, iguales, porque cada uno de ellos, en Cristo , es una nueva criatura. Toda distinción se vuelve secundaria a la dignidad de ser hijos de Dios, quien con su amor logra una verdadera y sustancial igualdad. Todos, por la redención de Cristo y el bautismo que hemos recibido, somos iguales: hijos e hijas de Dios.

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